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Segunda parte 'Sobre el dantismo'

De los prepotentes

TAGS Arte contemporáneo
Mientras los sabios no nos ofrezcan la verdad, no se podrán quejar de que se les considere unos pensadores mediocres.

Los seres prepotentes, cuando se les contradice, hacen gala de toda su prepotencia y altanería y, en el trato personal, alzan la voz, lo que significa que hacen valer su título y su cargo por encima de cualquier razón, que no será admisible. Junto a la imposición material, es decir, física, pues elevar la voz es el equivalente a la agresión personal trasladada al ámbito dialéctico, presentan una descalificación de las teorías discrepantes de las suyas y de las personas que las defienden. La bajeza y la miseria que representa esa conducta nada dice de sus oponentes —a quienes se intenta impedir el uso de la palabra, habiendo garantizado que nada de cuanto digan será tenido en consideración— ya que todo ello es manifestación de su ser, lo que no implica que no puedan convencer con tales ignominias a sus adeptos incondicionales, tan fieles a la ciencia como los creyentes a su fe.

 

Unos titulados que no terminan de hacer su labor, que consistiría en ofrecer una correcta e irrefutable definición del arte, esto es, fundada razonadamente, niegan valor a las teorías que se oponen a una no teoría no razonada que ellos imponen en virtud de su poder social sin aceptar la menor discrepancia, llegando a establecer en el mundo teórico una dictadura, no de la razón, sino del título. En este mundo confuso, el ideólogo se ha disfrazado de sabio y traslada el contenido y métodos de su pensamiento político a la filosofía alterando la lógica que lleva a la verdad para llevarnos, en el mundo social, a su verdad, que es el fin que perseguía cuando manipuló la argumentación, y denomina estado superior de conciencia a esa falsedad para desmerecer la lógica tradicional y evitar que un pensador moderno pueda recurrir a ella. En sus manos, la filosofía ha sido reducida a un instrumento de la política y  lo que pasa, cuando el autor se siente comprometido políticamente pero no tanto con la verdad, es que se sacrifica la filosofía en aras de un interés.

 

El medio al que recurre el titulado mediocre y orgulloso de su bajeza -de la que hace ostentación como aquel otro hacía de la necesidad virtud- para atacar a sus oponentes es el de ofrecer una explicación científica, cosa que es capaz de hacer hasta el más vulgar de los humanos como característica de su naturaleza cuando quiere descalificar a su vecino sin poseer suficientes razones y, menos aún, formación adecuada. Y el recurso a una nueva disciplina con la que atacar a sus víctimas tiene el mismo defecto que la que les otorga su propio título, que no está suficientemente desarrollada y, nada de cuanto afirme, puede ser considerado como una verdad definitiva, si es que, mediante la razón, fuera posible alcanzar conocimientos no conceptualizables. Y, entonces, queda todo cuanto se afirma de esta forma y con estos medios como la rabieta del niño rey o la del poderoso indignado que emplea toda su artillería para destruir a quien le brinda la verdad, porque la verdad no le gusta y le desmerece frente a sus admiradores.

 

A las verdades del sabio les resulta aplicable lo que los juristas afirman abiertamente de su disciplina, que, con el derecho, se puede defender cualquier cosa. Una persona deshonesta, intelectualmente hablando, decidirá que, en las exposiciones de quienes no piensan como ellos, no hay análisis sino proyección, que no hay crítica sino proyección y que no hay descripción sino proyección. Y no hay que pensar que quien carece de honestidad solo haga proyección, esa sería una simplista interpretación propia de ellos; lo correcto, sería deducir su maldad. Mediante ella, y cargados de astucia, trasforman la descripción que se hace de sus teorías como de algo increíble en fantasía mental, una interpretación que puede resultar socialmente aceptable  —dado que la sociedad prefiere la seguridad de un mundo idealizado, incluida la certeza de las conclusiones de los sabios, a la verdad— y presentan sus críticas mediante metáforas para poder negar cualquier intención que se les achaque y poder cuestionar la capacidad de quien se atreva a descubrir la relación que establecen entre símbolos y hechos. El poder de los sabios se funda en la fe de los ingenuos por lo que cuestionar al sabio significa enfrentarse, no a la verdad, sino a la fuerza que ha recibido de aquellos, trasladando la lucha del campo de la razón al de la fuerza, en el que ganará siempre el número.

 

El sabio es el hechicero moderno y es hechicero porque hechiza, su poder no está en el más allá, está en la tierra, su poder reside en su capacidad para generar dependencias, la sociedad depende de ellos. Sin establecer dependencias, el sabio no sería nada.  Si no fuera tan patente la mediocridad de algunos estos sabios, por sus palabras,  se pensaría que solo ellos tienen capacidad de análisis, que solo ellos saben cómo pensar. En definitiva, los titulados solo ofrecen argumentos y, si quisieran ofrecer verdades, debieran empezar por resolver sus obligaciones pendientes y no por buscar explicaciones a las teorías ajenas en otro territorio pues no demuestran sabiduría sino malicia cuando, no pudiendo resolver algo en un lugar, huyen a otro a resolver otra cosa; salvarán así su imagen solo si nadie pone en evidencia su jugada. La verdad sobre las verdades del sabio que presentamos son las verdades del barquero: Mientras los sabios no nos ofrezcan la verdad, no se podrán quejar de que se les considere unos pensadores mediocres y de que, a falta de humildad personal y de respeto por las opiniones contrarias, con verdad o sin ella, se les tenga por prepotentes. Los humildes y respetuosos merecen toda consideración pues reconocen hacer lo que pueden y no se les puede pedir más.

Mario Rodríguez Guerras

Español, economista. Ha publicado diversos artículos en revistas digitales. Parte para sus escritos de una teoría del arte fundada en principios racionales que es capaz de explicar toda la historia del arte como una evolución predeterminada del pensamiento que genera las formas artísticas.

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