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Entrevista al poeta Miguel d´Ors

"En poesía, el éxito a corto plazo siempre es fruto de un malentendido"

Miguel d´Ors, (Santiago de Compostela, 1946). ¿Realmente hace falta una presentación tratándose de él?. Diremos algunos datos esenciales: Doctor en Filosofía y Letras, profesor de Literatura Española en las Universidades de Navarra y de Granada hasta hace cinco años, que se jubiló. Como poeta - ¿qué decir? -: ha publicado 16 libros de poesía. Por Curso Superior de Ignorancia, ganó el Premio Nacional de la Crítica. Y hoy es reconocido como uno de los renovadores de los temas tradicionales de la poesía y de sus formas. Una poesía de hondura, que no desprecia los metros clásicos, que, de hecho, aparecen como imbuidos en sus obras por los aires nuevos. Lo antiguo aparece como renovado, libre de toda polilla, en los poemas de nuestro entrevistado. 
P. ¿Cómo fue su primer contacto con la poesía?
R. Nací en una familia con tradición intelectual y  literaria. Además, a  mi abuelo materno le gustaba recitar poesías -“Niños que de seis a once,/ tarde y noche, alegremente,/ jugáis en torno a la fuente/ del gran caballo de bronce/ que hay en la Plaza de Oriente...” o “Diligencia de Carmona,/ la que por la vega pasas,/ caminito de Sevilla,/ con siete mulas castañas...”-. Y en el colegio “La Salle” de Santiago los hermanos nos hacían aprender y recitar cosas como el “Romance del infante vengador”, “A un olmo viejo”, “Castilla”, “Mi vaquerillo” o “La canción del pirata”.  
 
P.  Hoy es reconocido como uno de los renovadores de los temas tradicionales de la poesía y de sus formas. Pero no siempre fue así. Un “viejo lobo de libros”, tal y como me dice que le llame, me ha comentado que al principio fue usted “ninguneado” de la cosa literaria; ¿fue así? Él me dice que fue porque usted hablaba de Dios, de la trascendencia del ser humano… temas, en fin, que “no estaban de moda”.
R. En los primeros momentos de mi carrera literaria no creo que hubiese tal “ninguneo”; simplemente, mis libros ni eran especialmente notables ni tuvieron apenas difusión. Sí creo que hubo cierta marginación desde los comienzos de la década de 1980, cuando se me empezó a conocer un poco. Pero no se debía simplemente a la presencia de esos temas, que por otra parte no asomaron en mis libros, creo, hasta Codex 3, y en éste tampoco mucho; contaba también el hecho de que se me asociase, aunque en una de esas asociaciones nebulosas, con un apellido que gracias a mi abuelo y a mi padre estaba vinculado al bando “nacional” de la guerra, con la Universidad de Navarra, con el Opus Dei (al que, soit dit en passant, no pertenezco ni he pertenecido nunca).
 
P. Supongo que el Premio de la Crítica por Curso Superior de Ignorancia ayudó a que cambiaran las cosas ¿no?
R. Exactamente. A partir de ese libro desapareció casi absolutamente esa hostilidad. Ya en junio de 1993, respondiendo a unas preguntas de Gabriel Insausti para la revista Nuestro Tiempo, decía yo que “presumir de marginado a estas alturas sería una memez”. Desde los comienzos de la última década del siglo XX pasé, en uno de esos  movimientos pendulares tan españoles, a ser un poeta sobrevalorado.
 
P. No considera, hoy por hoy, una osadía terminar un libro (Sociedad limitada, Renacimiento, 2010) con un soneto?
R. En absoluto. Y muchísimo menos con semejante soneto.
 
P. Se le encuadra dentro de la poesía de la experiencia. ¿Está de acuerdo? Lo digo porque, a diferencia de aquellos, no leo en usted una excesiva ficcionalización del yo.
R. Para contestar a esta pregunta sería necesario un acuerdo previo sobre el significado preciso del sintagma “poesía de la experiencia”. Porque ¿qué es eso? ¿Monólogos dramáticos al modo de Browning y sus seguidores?, ¿poesía narrativa?, ¿poesía de ambiente urbano?, ¿poesía que se entiende?, ¿poesía autobiográfica?, ¿escrita en primera persona?, ¿de tono conversacional?, ¿editada en ciertas colecciones?... En cuanto a lo de la “ficcionalización del yo”, la mía, desde luego, no es excesiva, gracias a Dios -todo exceso es malo-; pero cuidado, que las lecturas biografistas de mis versos acaban siempre desvariando. Lo que mejor define mi proceder en este punto es aquel verso de Ezequiel Martínez Estrada: “un poco de memoria y otro poco de sueño”.
 
P. Sencillez, ironía, dominio técnico y buen humor son algunas de las notas características que han señalado sobre su poesía. ¿Está de acuerdo?
R. Sí; son algunas.
 
P. Don Eugenio d´Ors, su abuelo, dividía a los poetas entre albaricoqueáceos y melocotoneáceos… ¿En dónde le pondría a usted?
R. Me temo que entre los albaricoqueáceos. Pero en mi opinión don Eugenio d’Ors -“amicus  Plato...”- no era un buen lector de poesía.
 
P. Amor. Al leer sus poemas de amor primeros me ha parecido como si los escribiera para una quimera…
R. Y así era. Más exactamente, para varias quimeras.
 
P. Tolkien, Lewis o Chesterton son algunos de los autores que, dicen, le han influenciado. Sin embargo yo veo más a Borges o a Biedma…
R. En rigor eso que “dicen” no lo ha dicho casi nadie; pero bueno. La influencia de Tolkien sobre mí puede cuantificarse en 0,00. No he leído ni una línea suya; me fastidia la llamada “literatura fantástica”. De Lewis sí conozco algo, pero de prosa, y no creo que mis versos hayan recibido nada de él. Chesterton es otra cosa: fue uno de mis grandes deslumbramientos literarios, aunque muchísimo más por su prosa que por su poesía, que está bien, y de la que es cierto que he traducido algo; aunque prefiero a Hardy o a Alice Meynell, por citar sólo dos nombres. A Borges y a Gil de Biedma sí les debo cosas. Como a Manuel Machado, a Antonio Machado, a Alberti, a Neruda, a Vallejo, a Whitman y a otros muchos que no sé por qué casi nadie menciona nunca.
 
P. Y para terminar, el grupo “Númenor” ¿se considera su padre poético?
R. No, qué va. Más bien son hijos que la gente me adjudica. Lo que ocurrió fue que algunos de aquellos chicos, que, sin yo conocerlos, me habían leído con gusto y con cierta afinidad espiritual conmigo, me escribieron alguna carta y me enviaron sus primeros libros. Con algunos he coincidido personalmente después alguna vez, pero no muchas. Con los que he tenido algo más trato son Jesús Beades y Rocío Arana, y a ninguno de ellos lo he visto más de cuatro o cinco veces en toda mi vida; veces en las que, además, hablamos menos de poesía que de otras cosas. O sea que, de ser yo su padre, sería un padre verdaderamente irresponsable y desnaturalizado. Otra cosa es que ellos hayan visto en mí una especie de modelo, pero esto es cosa suya.
 
Ellos sí que han tenido influencias, creo, de Tolkien, Lewis y Chesterton, autores muy frecuentados en los medios del Opus Dei -en donde los escritores conversos y todo lo anglosajón ejercen una fascinación muy curiosa-.
 
P. Lo que sí es evidente es que ha ejercido una fuerte influencia en muchos poetas, por ejemplo  Enrique García-Maíquez, gran poeta y miembro de nuestro Consejo Literario, en la entrevista que le hicimos le calificó, parafraseando a JRJ, de “maestro”.
R. La verdad, no creo haber influído mucho en la poesía de Enrique, que, como hombre muy inteligente que es, y de un grandísimo talento, tiene un criterio muy independiente y gustos literarios a veces muy distantes de los míos. Y que, encima, dedicado como está a escribir columnas, artículos, aforismos, traducciones, blogs propios y ajenos y qué sé yo qué más cosas, ya sólo hace versos de tarde en tarde, y siempre en géneros que requieren poco tiempo: haikus, coplas y así.
 
 
El poeta, el tiempo y la inspiración
 
 
P. ¿Qué es la poesía?
R. Una forma de usar el lenguaje común con más intensidad. O sea: “donner un sens plus pur aux mots de la tribu”.
 
P. ¿El poeta nace o se hace?
R. Ahora creo que las dos cosas.
 
P. ¿Puede existir poesía sin sentimiento, una poesía exenta?
R. La poesía necesita sentimiento. El sentimiento no basta para que haya poesía. El sentimiento no consiste en llorar. El sentimiento, en la poesía, puede ir acompañado de otras cosas.
 
P. ¿Está todo inventado en la poesía?
R. Ja, ja, ja.
 
P. ¿Es la poesía un exilio interior o la repatriación de uno mismo?
R. Qué sé yo. Yo sólo entiendo de adjetivos, acentos, aliteraciones, imágenes, connotaciones y cosas de ese tipo.
 
P. ¿Cómo saber si un  poema es bueno o malo?
R. Leyendo antes unos cuantos millares de poemas buenos.
 
P. ¿Cree en la inspiración? ¿Qué es? ¿Viene sola o hay que llamarla?
R. Sí creo. Es una especie de petición insistente que nos hace algo que quiere ser escrito por nosotros. Viene sola. Y viene cuando le da la gana, así que no vale la pena llamarla.
 
P. ¿Por qué se recuerda a los poetas?
R. Lo más inocente sería responder que por sus buenos poemas, pero me parece imprescindible distinguir entre recuerdo a corto y a largo plazo. En el recuerdo a la larga es en efecto así; en el recuerdo a la corta suele haber otras muchas razones: la presencia del poeta en la “vida literaria” y en los medios de comunicación, las peculiaridades de su vida personal, su militancia política, las canciones que se hayan compuesto con sus textos... El éxito a corto plazo siempre es fruto de un malentendido.
A.Caro

A.Caro

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