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Entrevista al poeta Rafael Soler

"El poeta necesita un lector, solo uno, que se reconozca en lo escrito"

Rafael Soler (Valencia, 1947), es, hoy poy hoy, una de las voces más personales del panorama poético español. Una longeva trayectoria en la que, con la ironía, la emoción y la nostalgía, el poeta ha dido atravesando los años, siempre con versos debajo del brazo. Autor de cinco libros de poesía e incluído en numerosas antologías, Soler ha participado en festivale y encuentros literarios alrededor del mundo, corroborando siempre la originalidad de su obra.

P. Poeta, ingeniero y sociólogo. ¿Qué tiene el uno de los otros y los otros del primero?
R. Hay que ser lo que se es, o no ser nada. La bida, que es la vida bien bebida, te va tallando inmisericorde, con sus alegrías y desengaños, y uno acaba siendo lo que le dejan y a veces, muy pocas, lo que quería. Soy, digámoslo así, ingeniero circunstancial por elementales razones nutricias, con la satisfacción de haber podido transmitir mis conocimientos y destrezas como profesor en la Politécnica de Madrid durante más de treinta años. Soy, también, sociólogo vocacional y curioso, asomado a un mundo que no comprendo y parece haberse vuelto loco. Y nací, sin pedirlo ni saberlo, poeta. Me fui enterando poco a poco, siempre bien acompañado por el narrador que también llevo dentro.
 
P. Su trayectoria poética comenzó con Los sitios interiores (sonata urgente), una obra, que fue premiada. Me sorprendió la obra porque me resultó intimista pero sin la asfixia que a veces produce la confidencialidad y sobre todo, porque desde la ordenación del libro hasta el propio lenguaje empleado, parece un ejercicio de evocación de un tiempo perdido…
R. El primer libro que publicas es siempre un exceso consentido y deseado. De manera inesperada, Los sitios interiores fue accésit del premio nacional Juan Ramón Jiménez para libros publicados por autores con menos de cuarenta años. Yo tenía entonces treinta y, en efecto, llevaba a cuestas el canto de un grillo, el primer beso veraniego y una gran añoranza por cuanto iba perdiendo con mi cambio de piel a sujeto presuntamente responsable. Sigo visitando aquellos sitios interiores algunos días con lluvia, por suerte.
 
P. Poéticamente, tras este libro, hubo un silencio editorial de dos décadas, ¿por qué?
R. Tiene escrito Gil Albert: Dicho lo tuyo / para qué seguir / o te repites / o te alambicas. En el ochenta y cuatro, tras cinco años de vértigo, publiqué ese poemario, cuatro novelas, dos libros de relatos, y tuve el reconocimiento de premios importantes en esos géneros. Tocaba volver a los cuarteles, y que el escritor pudiera escucharse.
 
P. En ése tiempo, ¿en qué ha cambiado el poeta?
R. Uf, supongo que en mucho, y posiblemente muy poco. Más lecturas, más caladeros visitados un poco al tantarantán, más fronteras… ¿Crece un poeta? ¿Cambia ese íntimo impulso que le lleva a escribir? Quiero pensar que soy mejor persona, y sigo siendo poeta que se tira a la piscina cuando toca: escribir mucho, dejando que el tiempo salve lo mejor, que suele ser muy poco.
 
P. Ocurre que, diez o veinte años después hay libros que a uno se le caen de las manos. Le ha pasado a los grandes de la literatura. Sin embargo, Los sitios interiores, aún siendo una primera obra, tiene una clara vocación de permanencia.
R. ¿Qué quedará dentro de diez años, o de cincuenta? El poeta necesita un lector, solo uno, que se reconozca en lo escrito. Los sitios interiores es un libro honesto, de militante y sana ingenuidad. Ése es su mérito.
 
P. Luego, en 2008 decide romper ese silencio con Maneras de Volver  (Ed. Vitruvio)…
R.  Ya tocaba. Tenía muchos, muchos poemas escritos en mi particular viaje esperando su momento. Mi esposa Lucía, tan cerca siempre de cuanto hago, me dijo un día: “Rafa, al tajo”. Y el tajo era buscar un editor y volver con los míos gracias al apoyo generoso de Pablo Méndez y su colección Baños del Carmen.
 
P.  Un libro que, tras veinte años desaparecido, pegó muy fuerte y a mí me siguió sonando – y esta palabra no es baladí – al mismo Rafael Soler de Los sitios…
R. ¡Qué importante, qué difícil tener tu voz! Todo puede ir bien en poesía si no te traicionas y escribes desde tu hondón. El mío es el que es, y me reconozco en lo escrito.
 
P. No soy crítico, por eso siempre pregunto a partir de lo que a mí, como lector me ha resultado una obra. Y Maneras me conmovió enormemente, porque está todo el libro impregnado de melancolía, a veces desgarradora como si fuera un tránsito por aquello que creímos tener y finalmente perdimos…
R. Tengo dicho que “perder es cuestión de método”. Todos somos perdedores, que además de inevitable es muy estético. ¿Melancolía? Prefiero pensar que en el libro hay, sí, nostalgia bien llevada. Hablando de este libro, mi buen amigo y excelente escritor Miguel Herráez comentó que harían falta más de cuatro novelas para acercarse a su contenido. Un exceso, que acierta en una cosa: cada poema nace de un momento único.
 
P.  En su obra poética, he alcanzado a anotar varias palabras que podrían definirla. Si estoy equivocado me corrige, por favor.  Originalidad, hondura, reflexión, emoción…
R. Permítame añadir ironía, que en este escritor es fiel acompañante.
 
P. Y sorprende sobre todo porque se mueve entre los temas universales de la poesía, pero abordándolos de una forma personal, que es una forma poco común.
R. Todo está dicho, y todo está siempre por contar. Depende de dónde pongas la cámara para contar la película de forma diferente, siempre que sea tuya, y funcione a pesar de los golpes de la vida. ¡Ay del poeta que se empeñe en ser original renunciando a ser auténtico!
 
P. Versos sencillos – que no simples -, cargados de contenido y que acaban por explotar en un momento y otro…
R. Impecable definición de un buen poema, sí señor.
 
P. Finalmente, su última entrega poética, Ácido Almíbar. Sabe, me tocó a mí reseñarla para RitmosXXI.com. A lo que escribí entonces me remito: la confirmación de una voz propia.
R. Muchas gracias de nuevo por la reseña, y ahora por este comentario. Con los años menguas un poco de estatura, pero tu voz te acompaña siempre, como las fobias y las dudas. Lo difícil es dar a tu voz la modulación que pide el poema.
 
P. Además de un contenido sumamente evocador acerca del amor, me gustó el contenido: original, sutil… Evita la puntuación en ese poemario, un ejercicio que, sin embargo, no aparece vacío sino perfectamente engarzado…
R. No uso signos de puntuación en mis tres últimos libros de poesía publicados en estos años. Considero que no es necesario, y de hecho todo lo que tengo ahora en el taller sigue por ese derrotero.
 
 
El poeta, el tiempo y la inspiración
P. ¿Qué es la poesía?
R. El resultado de un viaje interior de incierto final. Poéticamente hablando.
 
P. ¿El poeta nace o se hace?
R. Hace falta madera para construir una balsa, y conocer el oficio si quieres llevar a buen término el empeño. También poéticamente hablando.
 
P. ¿Puede existir poesía sin sentimiento; una poesía exenta?
R. No. Rectifico: no, en mi caso.
 
P. ¿Está todo inventado en la poesía?
R. No. Lo mejor está por venir.
 
P. ¿Es la poesía un exilio interior o la repatriación de uno mismo?
R. En mi caso, ambas. Repatriación y exilio son inseparables.
 
P. ¿Cómo saber si un  poema es bueno o malo?
R. Si es ajeno, cuando te dices: “¡me gustaría haberlo escrito yo!”. Si es propio, cuando dices: “pero ¿quién ha escrito esto por mí?”. En ambos casos, Ella sonríe subiéndose el tirante.
 
P. ¿Cree en la inspiración? ¿Qué es? ¿Viene sola o hay que llamarla?
R. Soy muy tópico: la inspiración va a su bola y es un bien escaso. Lo único que está en tu mano es hacer el camino de rodillas: escribir cuanto puedas, ser humilde y perseverar en el fracaso, que es la mejor de las escuelas.
 
 
A.Caro

A.Caro

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