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Segunda parte de la entrevista a Ángel Gabilondo

"La construcción de Europa no podrá realizarse si no se hace sobre la educación y la cultura"

A continuación, la segunda parte de la entrevista a Ángel Gabilondo. La primera, aquí
 
P. ¿Cómo calificaría los primeros pasos del Plan Bolonia que usted introdujo?
R. Yo lo que hice fue concluir el proceso de adaptación de los planes de estudio a ese plan que llamamos Plan Bolonia, que técnicamente se llama Espacio Europeo de Educación Superior, que, no nos olvidemos, fue un acuerdo entre los países europeos para buscar sistemas equiparables y comparables en toda la Unión Europea y para propiciar el reconocimiento de títulos y la movilidad. Me correspondió apoyar y favorecer el esfuerzo de todo el sistema universitario para ultimar lo que ya había sido firmado por los ministros de Educación y jefes de Gobierno de Gobiernos anteriores.  Yo no fui ningún introductor.  Se trata de una decisión conjunta de países.
 
Lo que sucedió fue que había muchos sectores que, aprovechándose del Plan Bolonia, concibieron una idea mercantil del conocimiento y no precisamente social. Cuando me correspondió presidir el Consejo de ministros de Educación de la Unión Europea, luché precisamente para lograr una concepción social de la educación, para responder a la diversidad, y propiciar la igualdad de oportunidades y de posibilidades, con el impulso de programas específicos.
 
Ahora, ¿qué ha pasado?. Que ha coincidido con una situación económica muy difícil, lo que ha supuesto una serie de recortes económicos en la educación y hemos de plantearnos si hemos implantado el Plan burocratizándolo en extremo y si las transformaciones metodológicas acabaron siendo muy pedagogistas, y no tanto pedagógicas. La movilidad, por ejemplo, ha sido en muchos casos más teórica que real porque sin medios económicos, la movilidad no existe. Sería partidario de hacer una evaluación de la implantación del Espacio Europeo de Educación Superior, que sigue siendo imprescindible. Evaluación de las propias universidades, sin catarsis ni aspavientos, y viendo si hemos perdido por el camino valores importantes del proyecto. Evaluar para mejorar.
 
P. ¿A qué se refiere?
R. En España tenemos cierta tendencia a despreciar el conocimiento aupando la disposición frente al saber, con el consiguiente peligro de debilitar los contenidos al fin y al cabo. A veces ha sucedido lo contrario: se ha entronizado los conocimientos. Lo que debemos hacer es lograr cierta mesura y equilibrio entre conocimientos, las competencias y los valores. Suelo decir que, por ejemplo, los científicos de Hitler tenían muchos conocimientos pero pocos valores.
 
P. Pero sabe que si se hiciera esa evaluación, con o sin razón a usted le caería más de una colleja.
R. Bueno… no pasaría nada. Yo sabría también explicar mi postura. Pero también es verdad que esto no fue una cosa mía, sino de todas las Universidades, de todos los países, de toda Europa. Aunque insisto en que nosotros hemos dado una orientación que merece evaluarse. 
 
P. ¿Y no habría que revisar el propio Espacio Europeo de Educación?
R. Creo que no porque permite a Europa mantener un discurso propio frente a los que llegan desde Estados Unidos o Asia. Además, que la construcción de Europa no podrá realizarse si no se hace sobre la base de la educación y la cultura.

 
 P. La LOMCE ha reducido un 41% las horas lectivas de filosofía. ¿Sólo ha de estudiarse lo que resulta rentable económicamente?
R. Si fuera así, sería un error. Si vamos por ese camino, estamos muy equivocados.  Sin ser corporativo, creo que la filosofía, por ejemplo, es imprescindible para conocer la realidad, para saber cómo se han generado los conceptos y definido la realidad. Y lo digo por convicción, de verdad. A veces creemos que algunos saberes no sirven para nada porque no son rentables de forma inmediata. Pero si hubiéramos trabajado solo sobre lo que se demanda no se hubiera descubierto ni la electricidad. Creer que el conocimiento no tiene que tener iniciativa, liderazgo y búsqueda es supeditarlo a la pura demanda, más si es demanda de mercado.
 
P. ¿Para qué me sirve la filosofía?
R. Yo recuerdo que, siendo alumno, a Alfredo Deaño un compañero le preguntó eso mismo: ¿para qué sirve la filosofía?. Y le respondió: “Si quiere algo que le sirva, cómprese una navaja suiza de mil usos porque tiene de todo”. Y eso me enseñó que no hay que confundir el sentido de algo con su utilidad. La filosofía es una forma de vida y una forma de entender la vida.
 
P. ¿Cómo decide uno en la vida que va a ser catedrático de Metafísica?
R. Uno no elige tanto como se cree. Es un poco elegido. La vida y los otros te van eligiendo. Ciceron dice que las grandes elecciones de la vida se hacen por la argumentación más que por la demostración. No se basa en un silogismo y “por tanto estudio metafísica”. Es la propia vida la que te va llevando por distintos caminos. Sí es verdad que en mi familia todos los hermanos tenemos un amor por la palabra y desde esa base la vida me fui llevando.
 
"A lo que de verdad aspiro es a ser un buen profesor"
Ahora mismo, me miro y veo que me llaman para ir a sitios para hablar, para escribir, para intervenir en debates… Me miro y me digo “debo ser esto o al menos los otros ven eso en mí”. Son los otros los que en buena medida eligen por ti. Yo no me levanté un día diciendo “quiero ser rector”, fueron los otros, ni tampoco diciendo “quiero ser ministro”, fue el presidente quien me llamó.
 
De todo lo que he sido, siempre he aspirado a ser un buen profesor. Ni ministro, que fue un gran honor para mí, igual que ser rector. Pero de todo, a lo que de verdad aspiro es a ser un buen profesor.
 
P. “Pero sobre todo soy hijo de José Ignacio y María Luisa”, es frase suya…
R. Es que sobre todo soy eso: hijo de mis padres. Cuando me dieron la medalla de la Universidad, yo empecé mi discurso diciendo: “Yo, Ángel Gabilondo, hijo de José Ignacio y María Luisa, declaro mi amor a la Universidad”. Fue una declaración de amor a la mi Universidad, en la que estaba lo que soy: hijo de José Ignacio y María Luisa.
 
P. Su padre era carnicero. Nada que ver con la filosofía y muchísimo menos con la política…
R. Un comerciante y una persona de una sensibilidad exquisita. En la posguerra la vocación eran las posibilidades que había y mis padres, a pesar de eso, tenían una gran sensibilidad y un gran cuidado por los valores que para nosotros fue un regalo. Se vieron envueltos por la vida: lograron sacar adelante a nueve hijos, que fueran a la universidad, que tuvieran la mejor educación posible… Siempre tuvieron claro que la formación era el mejor legado para nosotros.
 
P. Un acto heroico después de una guerra…
R. Sin duda. Nos enseñaron a comprender a quienes no pensaban como nosotros. Lo que hemos estado hablando de la necesidad del consenso y del acuerdo, donde lo aprendí fue en mi casa, pero además lo aprendí de verdad, lo viví.
 
P. Una persona con derecho a cuadro en el Ministerio como usted, siempre menciona a sus padres…
R. Fueron mis maestros de convivencia, de acuerdo, de sensibilidad, de la escala de valores de la vida. Vivimos persiguiendo musarañas. Dicen que cuando sucede algo importante en la vida, como tener un hijo por ejemplo, se te reorganiza la escala de valores. A mí lo que más me sorprende es, viendo pasar el tiempo, la escala de valores tan firme que tenían mis padres.  Por ejemplo, que todos los hijos estudiáramos en la Universidad en una época en la que no era común. Esto era por que estaban convencidos de que lo mejor que podían hacer por nosotros era que tuviéramos una buena formación y que fuéramos buenos en lo que hacemos y sobre todo, buenas personas. 
 
P. “Una persona que desde el vientre de su madre quiere ser ministro es un peligro público”. Esto lo dijo usted y ahora ha cobrado mucha vigencia con tanta crítica a los políticos profesionales. ¿Qué debe ser la política: una actividad profesional o vocacional?
R. Yo creo en la legítima ambición de desarrollarse y llegar tan lejos como honestamente sea posible, por eso considero que lo mejor es no convertir la política en politiquería; que la política no sea una profesión de politicastros. Yo no digo que no deba tenerse una dedicación completa, pero creo que es importante formarse bien y saber hacer otras cosas. Pero todo lo que hace cada uno tiene una dimensión política y social desde siempre. Cuando yo salí del ministerio y volví la Universidad, me decían “ya dejas la política” y respondía que no, que mi compromiso social y político acompaña asimismo mi labor docente e investigadora.


 
P. Hay algo que me resulta descorazonador. Un perfil intelectual como el suyo parece no tener mucha cabida en la política. ¿Es la política un habitat desagradable para los intelectuales?
R. Son momentos coyunturales. La política profesional es una tarea y en unos espacios en los que se pueden entrar y salir. No es necesario que desde los quince años hasta los setenta uno esté metido en el mundo de la política, lo cual también respeto. Se puede estar también ejerciendo tu labor profesional, para lo que es importante tener una labor profesional. O desde donde esté cada uno, colaborar y participar en la política. Lo que no estoy es en la primera línea, y a veces reducimos la política al Parlamento o a los partidos y creo que hay otras formas de estar en política, de hacer política y de ser políticos.
 
El Parlamento, por ejemplo, que es tan atractivo y que debe ser un honor ser diputado en él, tiene reglamentos muy rígidos que impiden los espacios de gran debate y conversación, está todo muy controlado en el tiempo. Y la propia idea de partido político incluye una disciplina y rigidez que hacen muy difícil levantar el vuelo de la política con mayúsculas. Se está pidiendo desde la sociedad que se fluidifique la política, que deje de estar tan tópicamente tipificada.
P. Rubalcaba le propuso ir en una lista electoral ¿no?
R. Sí, me lo propuso. Yo le expliqué las razones por las que creía mejor volver a mi cátedra, sin renunciar a mis principios y sin volverme ajeno a la política. Pero me imaginaba menos en un escaño, viéndolas venir y un tanto encorsetado por los reglamentos y protocolos de los que hablábamos. Pero quiero dejar claro que estoy muy agradecido a Alfredo por su ofrecimiento y muy orgulloso de haber sido ministro de Educación del Gobierno de España. 
 
P. España en crisis, usted estaba de Rector en la Universidad Autónoma… ¿por qué se metió en el lío de ser ministro?
R. Porque uno tiene que estar a la altura de sus propias palabras. Yo estaba reclamando desde la Universidad que se flexibilizaran los procesos, que se facilitaran las condiciones para implantar bien el Espacio Europeo de Educación Superior; era presidente de la Conferencia de Rectores de Universidades Españoles y hablaba en todos lados… Y me llamó el presidente Zapatero. Lo que no podía hacer es decir mamá y salir corriendo. Ése es el peligro de hablar y de hacerlo públicamente, que alguien te puede tomar la palabra y decirte “oye, como se te ve tan animado, por que no pasas y lo haces”.  Y no podía decir no a una llamada que se hace para adquirir un mayor compromiso en un momento, además, tan difícil como aquel. 
 
"Cuando uno ocupa un cargo como el de ministro debe ser muy acogedor con lo que se recibe y muy generoso con lo que se deja"
 
P. Usted consideró su paso por la política efímero; al final ha acabado siendo un cuadro en el Ministerio, ¿ha de ser así: momentáneo?
R. Lo que pasa Álvaro, que es muy importante saber que uno está de paso. Cuando yo entraba en el Ministerio y veía ochenta y tantos cuadros de ministros pensaba: “todos habrán venido aquí con una ilusión”. Hay que tener la humildad de saber que uno está de paso, que estás en la calle Alcalá representando lo que representas, queriendo mucho a tu país y sabiendo que lo que tienes que hacer es hacerlo crecer y dejarlo en mejores condiciones. Y pasar por ese salón donde están los cuadros de los ministros, que algunos llaman el valle de los caídos, otorga esa seguridad de saber que uno está de paso. Y además, se trabaja de forma muy diferente porque uno no se cree imprescindible o que tras él no hay nada, sino que se esfuerza por hacer bien tu trabajo y favorecer el del que te ha de sustituir. Soy muy partidario de cuando uno ocupa un cargo como el de ministro de ser muy acogedor con lo que se recibe y muy generoso con lo que se deja. Trabajar para uno mismo es, precisamente, ignorar eso: que acabas hecho un cuadro. 
 
 
P. Si Pedro Sánchez llegara al Gobierno y le llamara: ¿volvería a la política?
R. Siempre procuraré plantearme seriamente cualquier llamada. Parece que estamos en una reescritura generacional en la que parece que hay que ser especialmente joven, y eso hace que no vea probable que me llame, pero yo no renuncio a dejar de tener mis compromisos de hacer  todo lo que pueda por España, es decir por los ciudadanos y por las ciudadanas que la conforman como país.
 
P. ¿Cómo califica el evidente auge de partidos como Podemos?
R. La política necesita un repaso; un debate serio. Y Podemos está en ese debate sobre la democratización del poder o cómo incorporar fórmulas de asambleísmo en una democracia representativa… Yo siempre soy partidario, por esta manía mía por el acuerdo (risas), de buscar acuerdos, de buscar nuevos espacios similares a los de la Constitución del 78, de debate y de encuentro. Por eso deberíamos buscar caminos de integración y propuestas de encuentro. No solo tomas de distancia. 

 
A.Petit/Fotos: Mario Sánchez

A.Petit/Fotos: Mario Sánchez

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