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Álvaro Petit Zarzalejos

Balas de Plata

Álvaro Petit Zarzalejos, es periodista y escritor. Fundador y editor de Ritmos 21 de información y análisis cultural, ha entrevistado a algunas de las personalidades más relevantes de la cultura española de los últimos años. Como escritor, ha publicado el poemario Once Noches y Nueve Besos (Ediciones Carena 2012) y Cuando los labios fueron alas (Ediciones Vitruvio).

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Blog | Balas de Plata

Elogio del traductor

Acabo de leer los versos finales del canto XXXIII del Cantar de los Nibelungos en el que el anónimo autor de la obra da cuenta de cómo lucharon los hunos contra los burgundos. La obra es magnífica. De los mejores textos épicos, junto con el Cantar del Mío Cid, que ha llegado hasta nuestros días. Un derroche de pasiones y principios caballerescos.

 
Al cerrar las tapas del libro y dar por concluido el tiempo de lectura,  me asaltó una de esas preguntas que arrogantemente, con desmanes y alzando voces y manos, entra en la cabeza para no abandonarla hasta que su voracidad esté saciada con una respuesta. Era una pregunta cuya literalidad no puedo traer aquí, pero que me interrogaba, más o menos, sobre cómo podía estar leyendo un texto de hace siglos. Esto, me llevó a la reflexión acerca del valor del traductor y su obra; de cómo, sorprendentemente, son los menos preciados – y menospreciados – de la literatura y sin embargo, de la importancia que tienen.  Si volvemos a los Nibelungos, ¿cómo podría leerse la obra sino a través de una traducción?, ¿cómo habría de leerse a Homero, Platón, Safo, Tito Livio y tantísimos otros? Y lo que quizá hoy tenga para algunos más importancia que los clásicos: ¿cómo habrían de leer los japoneses, por ejemplo, a Fray Luis, a Quevedo, a San Juan de la Cruz o Machado?
 
El traductor tiene en sus manos y en su arte la universalización de las obras literarias. Su denodado esfuerzo porque nada se pierda en el paso de una lengua a otra, por mantener el estilo y a la vez, hacerlo comprensible a otros, apenas encuentra hoy aplauso ni reconocimiento. Y si nos referimos a los clásicos – esos libros que muchos dicen haber leído –, sólo con los traductores podemos disfrutar de las aventuras de Ulises los que tenemos un conocimiento epidérmico de las lenguas clásicas. Y de todo esto, parecen no darse cuenta los lectores que, siendo cada uno de su padre y de su madre, de una ideología y otra, de una religión u otra, tenemos todos en común un mismo pontífice que es el traductor, pues él, mezcla arquitecto histórico, mezcla literato, va tendiéndonos puentes entre nuestro siglo y el de Cicerón. Pero es un pontífice sin oropel ni bombo, sino silencioso, siempre envuelto en bruma y que es conocido sólo por su gremio.  Esto hubiéramos de cambiarlo, al menos, en la intimidad a la que toda lectura obliga, debiéramos dedicar un segundo a pensar en esa persona que en letras de cuerpo pequeño consta en la portada – cuando mejor –, pues si esa lectura es posible, es gracias a su abnegada labor. 

@apetitz