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Por Alejandro Duque Amusco

¿A qué llamamos ´haiku´?

(SOBRE EL POEMA “DORADOS”, DE JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO[1])
 
DORADOS
 
Más dorados los rastrojos
que la luna llena.
Otoño.
 

Se debatía hace unos meses en el blog de Antonio Rivero Taravillo, Fuego con nieve, si este brevísimo y bello poema del poeta, narrador y ensayista abulense José Jiménez Lozano, podía o no ser considerado un haiku al estilo de las cortas composiciones creadas en el siglo XVI por los poetas japoneses. En el vivo debate que se entabló, algún anónimo bloguero llegaba a afirmar con vehemencia que “la métrica de este poema no es métrica”, o lo que es lo mismo, si interpretamos bien la intención de su frase: que el poemita no respondía a ningún esquema métrico conocido. No estaba en lo cierto, desde luego.

Dorados cumple con varias de las reglas que fijaron los primeros maestros del haiku –Sokán y Moritake–, y observa otras que corresponden a innovaciones introducidas por los poetas modernos en su afán por ganar mayores cotas de libertad expresiva.

Téngase presente que el haiku, de estructura muy estable durante mucho tiempo, con la llegada del siglo XIX empezó a ser objeto de revisión crítica y comenzaron a introducirse en él cambios que suponían una auténtica revolución en el plano formal y conceptual. Su matemática y constante medida (5/7/5) cedió paso al haiku sin medida, en “verso libre” podríamos decir: los tres versos en que hasta entonces había consistido pasan a ser, a veces, dos o cuatro, la palabra-estación (ki-go) deja de incluirse y, como un poema más, admitirá llevar título.
 
En Dorados la cantidad silábica cumple a la perfección con los patrones del poemita clásico: 8/6/3 = 17 sílabas, si bien repartidas de modo no simétrico, sino con un primer verso que rebasa el cómputo tradicional [8 sílabas] y que se encabalga hacia el segundo, algo más corto [6 sílabas]. De todos modos, las catorce sílabas que suman entre los dos no conforman un alejandrino, ni tan siquiera flexibilizado mediante un apoyo silábico que permita los dos hemistiquios de 7 + 7. No, no es un verso alejandrino, y la corriente melódica que viene de estas sílabas no tiene nada que ver con el exitoso verso francés. Y no obstante, ¿por qué el oído, que nunca engaña, aprecia una melodía sostenida en estos versos? Como enseguida veremos, así es. Hay una línea melódica y el oído acierta.
 
Convendría hacer caso omiso a cómo se nos muestra el texto en la página, sobre el papel, para poderlo observar con entera libertad, sin las pausas a las que obliga el blanco o la puntuación, como si fuera un cuerpo exento y unitario. Veámoslo:
 
Más dorados los rastrojos que la luna llena Otoño
 
El análisis nos muestra que esta cadena de sílabas está formada por cuatro segmentos tetrasílabos: 4/4/4/4. Se pierde una sílaba al final por efecto de la sinalefa (“llena‿Otoño”), pero el ritmo tetrasílabo se nota con absoluta nitidez en cada uno de ellos:
 
Más / do / ra / dos = 4 sílabas
los / ras / tro / jos = 4 sílabas
que / la / lu / na = 4 sílabas
lle / naO / to /ño = 4 sílabas
 
No sólo el ritmo armonioso que percibíamos viene de ahí, de los cuatro segmentos iguales, sino que advertimos no sin cierta sorpresa que hay, además, una rima asonante en pares: `o-o´ [restrojos - Otoño], lo que convierte el haiku en una copla. Una copla “invisible” por la disposición que le ha dado el poeta en la página, pero audible desde el primer momento en que la leímos. “No hay que olvidar”, como precisa Fernando Rodríguez-Izquierdo, “que los haikus son cantos para ser leídos y repetidos en voz alta”.
 
De manera que aunque su autor no lo llame así, este poema sí es un auténtico haiku. Incluso un poeta innovador como Ogiwara Seisensui lo hubiera juzgado clásico en exceso: con tres versos, 17 sílabas, su bien medida musicalidad interna… Y algo más, cumple con la palabra-estación: Otoño. Esa temporalidad que el maestro haijin solía unir a los fenómenos de la naturaleza, Jiménez Lozano en su poema consigue expresarla, con muy bella imagen, mediante la luna llena, radiante, que cae sobre los rastrojos pálidos, ocres –más que ocres, “dorados” (de ahí el título final del poema)–, y que son la prueba de que el esplendor del verano pasó y con él las esbeltas espigas y la siega, el tiempo de la cosecha. La datación, por tanto, no puede ser más precisa: estamos a finales de setiembre o principios de octubre. Falta poco para que el arado comience a labrar de nuevo los campos y empiecen a llegar los primeros fríos.
 
Siempre he creído que los mejores haikus acaban siendo poesía de pensamiento. ¿No parece que aquí, replegada, está toda la historia y la verdad de una vida?

 
(*)Alejandro Duque Amusco es poeta y crítico literario


[1] En el dietario de Jiménez Lozano Advenimientos, de2006,aparecía una primera versión de este mismo poema. La transcribimos: RASTROJOS // Más amarillos los rastrojos / que la luna / de otoño. Los cambios introducidos por el poeta enriquecen el poema considerablemente.
Alejandro Duque Amusco (*)

Alejandro Duque Amusco (*)

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