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Por A. Caro

Contra la 'poesía joven'

La poesía es género de juventud, como de vida adulta o vejez. De la juventud dependen buena parte de los cimientos, nada más y, sobre todo, nada menos.
Las antologías y artículos supuestamente científicos que alaban y coronan la llamada poesía joven se cuentan por cientos. Cada año, más o menos, una editorial de prestigio publica algo al respecto, como si al hacerlo ofreciera a sus lectores la última coca-cola del desierto. Y ciertamente, es algo muy propio de nuestro tiempo; huele a kilómetros a siglo XXI. Nuestro tiempo, que no es nuestro y es tiempo porque no le queda más remedio, ha hecho de la juventud un valor en sí mismo, como si esa franja de edad que hoy comprende la juventud – tantas veces ensanchada o estrechada según el siglo –  tuviera anejas e implícitas unas especiales dotes para, en este caso, la poesía. De hecho, tal es el punto, que se ha llegado a afirmar que la poesía es un género de juventud e incluso insignes poetas patrios, con estanterías coloreadas por multitud de premios literarios, han hecho afirmaciones en ese sentido. Tal es el caso de Pere Gimferrer, que con tan sólo 22 años ganó el Nacional de Poesía con Arde el mar, y que ha afirmado que lo difícil no es escribir un buen poema a los veinte años, sino escribirlo a los cuarenta. La juventud, de nuevo, como cornucopia de sonetos y alejandrinos.  
 
La juventud no es un valor en sí mismo. Algo a lo que le sienta a la perfección aquella frase de Bernard Shaw – “La juventud es una enfermedad que se cura con los años” – no puede serlo; es demasiada evidente su finitud como para serlo. Porque tan pronto como ella florece, y quien la vive alza un poco los ojos, alcanza a contemplar a lo lejos una verdad incontestable: su final.  De hecho, es por ese tan evidente final por lo que la juventud es un período tan notable en la vida artística y literaria. Adjudicarle a algo de tan corto alcance – la juventud es, salvo patologías, unos años a lo sumo –, facultades casi mágicas para la elaboración de la poesía es, resta toda evidencia más, una soberana invención. Lo que no se alcanza a comprender, salvo que esa invención responda a intenciones marquetinianas – también muy del siglo XXI – o a mentes que se dejan llevar por la imaginación más de lo que sería recomendable. En cualquier caso, la evidencia es que existe lo que se ha venido en llama poesía joven, pero existe sin significación alguna. Cosa distinta sería el lirismo, para lo cual la juventud sí es fuente casi inagotable. Ese arrobamiento desprovisto de orden y compás; esa vorágine estética y sentimental que encuentra acomodo en una hoja en blanco. Pero del lirismo al poema, hay un trecho y no pequeño.
 
“La juventud es una enfermedad que se cura con los años”
El lirismo del espíritu joven es semejante al barro húmedo puesto sobre el torno y que unas manos, sin experiencia, moldea como puede; dejándose la piel en ello; con mayor apasionamiento que técnica; más corazón que oficio. El paso del tiempo hará que las manos se muevan con más destreza; y la obra final – el poema – será mejor. Pero igual que no ha de fiarse todo a la juventud, tampoco al mero devenir del tiempo. Pese a la machacona propaganda sentimentaloide que campa, el paso del tiempo, sin más, nunca ha servido para nada. Uno tiene que vivir durante ese devenir, lo que en poesía casi siempre se traduce en leer, escribir, borrar y volver a escribir y no dejar de leer. No puede uno sentarse a esperar: el paso del tiempo es útil para ser poeta, como lo es para convertirse en cabo primero de la Guardia Civil. Sin embargo, el discurrir de años sí tiene anejas cualidades que la juventud no tiene; sí posee valor en sí mismo. El mero vivir constituye la escuela primordial de cada uno y tanto en cuanto forma las propias existencias, forma también la poesía. La acumulación de lecturas, los poemas borrados, las vivencias consignadas en un cuarteto… ¡Son tantas las enseñanzas que con el paso del tiempo llegan!
 
Todo poeta se ha ido formando lo que Juaristi llama el Maestro, una figura un tanto alegórica que ha ido adquiriendo – o lo hemos ido formando los poetas – cualidades de uno y otro poeta; gustos de una u otra condición… Poco a poco, y por adición de cualidades ajenas, se ha ido formando. Ese tiempo de creación es el que le es propio a la juventud. Y en el binomio poesía joven parece no caber ese significado de aprendizaje. Se utiliza y se le otorga un significado de inmanencia: poesía joven, en fin, como valor transido por la inmutabilidad de la obra lograda. Y aunque pueda haber ejemplos de ello, serán siempre los menos y siempre una excepción. Y ante todo, sería una levedad envuelta en academicismos, algunas veces, porque la poesía puede ser muchas cosas, pero nunca inmutable: va cambiando, formándose.
 
Si antes se traía aquí la metáfora-tópico de la arcilla húmeda y el torno – que desde Gost, provoca sarpullidos -, no salgamos de amplísimo mundo del tópico y echemos mano de la del árbol. La juventud es, en todos los órdenes de la vida, el momento en el que las raíces comienzan a horadar la tierra en busca de sustrato. De la juventud pues depende lo hondo que alcancen los pilares sobre los que luego se sustentará la propia vida, el propio árbol, la propia poesía. Por ello, no deja de resultar curioso que se le otorgue ese significado de obra plena y acabada a la poesía joven. Curioso, y sobre todo, absurdo.
 
Frente a esto, y como no va a ser cosa sólo de criticar y criticar como en un patio de casa de vecinos o en una boda – en incluso se hace ya hasta en algunos entierros –, puede proponerse otra expresión, quizá más acertada o, cuando menos, más ajustada: joven poesía. Ciertamente, no supone una gran novedad en cuanto a los términos empleados, pero sí en cuanto al significado. La simple inversión del orden de de las palabras acota y dota la significación de la expresión.
 
Al situar en el primer término la palabra que otorga la temporalidad, otorga en el fondo un contexto. En contra de lo que sucedía en el caso anterior, aquí joven no hace sino ofrecer al lector las coordenadas temporales y vitales en las que están escritos los poemas, lo que les inviste a estos de un especial alcance. Además, resalta la etapa de formación en la que se encuentra el poeta y su obra lo que, lejos de ir en su contra, acude en su beneficio pues nada hay más arrogante y aburrido que un poeta joven que no lee y lo fía todo al arrobamiento de una musa que, en verdad, sin lecturas, no pasa de miss de pueblo. Aquí, la juventud logra su significado pleno: primeros pasos; primeros trechos. ¿Qué sino es la juventud? Además, en este orden de los términos, la palabra poesía adquiere también su verdadera dimensión de género-río, tanto en cuanto es, ante todo y si de verdad se cree, en un género vital. Al ir precedida de la palabra joven, se entiende que habrá más poesía de otras etapas, que la poesía recorrerá toda la vida del poeta, que la poesía, en fin, será poesía.
 
La poesía es género de juventud, como de vida adulta o vejez. De la juventud dependen buena parte de los cimientos, nada más y, sobre todo, nada menos.  
A. Caro

A. Caro

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