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Reseña literaria

Gloria, Julio Martínez Mesanza

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El poeta ha dividido su poemario en cinco apartados cuyos títulos conformarían, no sé si intencionadamente o por el apasionamiento de quien suscribe, un poema de una fuerza pujante.
Editorial Rialp.

 

 

Gloria. Ha vuelto Julio Martínez Mesanza a los anaqueles, más de una década después de su anterior libro. En este caso, es la editorial Rialp la que acoge el poemario, en la celebérrima colección Adonáis. De Mesanza se ha dicho, como de tantos, casi de todo. Equivocadamente se le ha tildado de poeta belicista y de este lugar común, hay quien ha dado un salto incomprensible hacia otro, denominándole, incluso, fascista. La ignorancia es atrevida. Y Gloria no viene a sacar de su empecinamiento a quienes así consideran al poeta madrileño. Antes bien, supone otro puntal –poderosísimo– sobre el que sostener una obra que ha logrado, como casi ninguna otra, aunar originalidad y coherencia..

 

En los más de treinta poemas que componen la obra, se concitan tonos –intimidad, aseveración, reflexión…– hasta lograr una deliciosa polifonía; tonos que, por muy diferentes, forman una voz tan propia, tan personal, que resulta inconfundible. Con Gloria sucede que no tiene uno que ojear las tapas de libro para saber que está leyendo a Mesanza. Esa tensión sostenida, con repentinos relajos y bocanadas de oxígeno, ese color a castillo redivivo por el verde del musgo, ese reflexivo reposo, como un alto en el camino…Gloria, sin renunciar a Europa, va más allá de Europa. Porque Europa no es un mero proyecto literario, en ningún caso es un proyecto historicista; Europa es una idea que también en Gloria está presente, como en el poema Jan Sobieski, dedicado al rey polaco. Los primeros versos de este poema son tan sumamente sugerentes, que es imposible resistirse a mencionarlos aquí:

 

Aunque a la muchedumbre no le importe

que Europa valga poco y crea en nada

o se hiele eclipsada por la luna,

yo quiero recordar a quien importa

 

El poeta ha dividido su poemario en cinco apartados cuyos títulos conformarían, no sé si intencionadamente o por el apasionamiento de quien suscribe, un poema de una fuerza pujante. Cinco apartados, sustentados casi todos por el endecasílabo blanco tan característico en el autor, que van desvelando, poco a poco, una nueva dimensión del poeta. Si bien, Mesanza nunca ha ocultado que la Biblia fuese una de sus lecturas-influencia, en Gloria esta relación se redescubre. El poeta no acude al Libro con ansiedad referencial, ni en busca de una imagen concreta, sino que lo ha hecho suyo, como en el poema Jueces 4,8. En el pasaje del Antiguo Testamento al que refiere en el título es el que cuenta cómo los judíos claman a Yhavé para que les libre de Yabín, rey de Canaán, y de su comandante, Sísara, que tenía “novecientos carros de hierro”. Débora, profetisa, por un oráculo, manda llamar al monte Tabor al judio Barac, para que se ponga al frente de diez mil hombres y acabe con Sísara, y éste le responde: “Si vienes conmigo iré, pero si no vienes conmigo, no iré”. Y esto es lo que escribe Mesanza:

 

Iré al combate sólo si tu vienes,

sólo si me acompañas al combate.

Por el mayo paciente que no acaba,

iré al combate sólo si tú vienes.

Pues no hay Jerusalén si tú no vienes;

sin ti, sin la mitad de luz del alma,

sin la mitad aún viva de mi alma,

sin la mitad que salvas de mi alma.

(…)

 

Sirve, además, este poema para probar lo que Gloria brinda al lector. Las referencias castrenses son constantes a lo largo de la obra, pero se le aparecen al lector bajo un aire nuevo, un aire de intimidad y sentimentalidad que, si bien ya apuntó el autor en Entre el muro y el foso, en esta nueva entrega aparecen plenamente y anunciando un cambio de registro en la obra venidera. En Domingo sin ocaso, un poema del primer apartado, aparecen buena parte de los elementos que conforman la obra:

 

El sábado que pasan tantas cosas,

soy el guardián dormido en el sepulcro;

el sábado, que no tendría nunca

que pasar nada, están pasando cosas.

Sábado era ley, perfecto el mundo:

sirvo a la ley, y ni siquiera a ella

pues, cuando tuve que velar, dormía

en el perfecto sábado del mundo;

en el último sábado perfecto

en que la ley y el alma se bastaban,

en que era el alma la gozosa sierva:

en el último sábado perfecto,

preludio de un domingo sin ocaso.

 

La intensidad del poema basta para sustentarlo. Intensidad que van alcanzando cotas con la afirmación y la negación en un mismo verso, con ése tono que empieza con tintes rememorativos y acaba reuniéndose en una suerte de lamento, que acaba tomando abigarrada forma en el poema Les Ombrelles, cuyo verso inicial es ya definitorio: “Si yo supiera, como Luis Alberto,/hacer poemas con los nombres propios”.

 

La creación, la fe y la relación con Dios están presentes, también, en Gloria. O más bien, son el origen del resto de elementos que lo conforman. Porque buena parte del intimismo del que se ha hablado, lo logra el poeta dirigiéndose directamente a Dios, ora como lamento, ora como mera conversación –que nunca es mera–. Así, otro de los grandes poemas del libro, Los carros de Kippur.

 

Los carros de Kipur en las colinas.

Los carros de Kipur me despertaron.

Eres, Señor, la guerra interminable;

yo, la inmensa pereza inapetente.

Eres la carga matinal terrible,

y a mí me deja mudo la hermosura,

mirarla exige mucho y cansa pronto:

cuando viene me escondo en mi indolencia.

(…)

 

Estamos, pues, ante la que, sin duda, es una de las entregas poéticas más esperadas. Y en la que Mesanza, como Europa, es Mesanza, pero va más allá; redescubre al lector su poesía y le ofrece intuiciones poéticas que despiertan la ansiedad por la obra siguiente.

A. Petit

A. Petit

Álvaro Petit Zarzalejos, es periodista y escritor. Fundador y editor de Ritmos 21, ha entrevistado a algunas de las personalidades más relevantes de la cultura española de los últimos años. Como escritor, ha publicado el poemario Once Noches y Nueve Besos (Ediciones Carena 2012) y Cuando los labios fueron alas (Ediciones Vitruvio).

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