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Reseña literaria

Un grito tajante

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'Treinta y seis mujeres', tercer poemario de Gema Palacios, vuelve a hacer del cuerpo y la poesía el temblor y el abismo más genuino.

El pasado mes de enero publicábamos en Verso Blanco una entrevista a una de las poetas que con mayor hondura, autenticidad y sentimiento se posicionan en eso que llaman la poesía joven española. Por entonces ya esperábamos el presente poemario al que Gema, como adelanto, nos escribió una palabras a la pregunta ¿esta vez por qué afluentes nos vas a llevar?: “Por los afluentes que la propia vida me ha llevado. Treinta y seis mujeres conjuga poemas muy breves, que caminan hacia ese silencio del que hablaba antes –y que me atrae como un imán- con otros más extensos, donde el verso se tambalea hacia el aforismo y llega a adquirir un valor individual. Es un poemario heterogéneo, como los dos anteriores, que encuentra su punto de unión en el cuerpo, un cuerpo de mujer que va escribiéndose poema tras poema. Además, esta nueva criatura alberga palabras que son fruto del encuentro de la literatura con otras artes, como la pintura, la fotografía y la música. En Treinta y seis mujeres hay lugar para el jazz, el expresionismo o el autorretrato. Este poemario es un grito tajante".

 

Unos meses después y tras haberlo podido leer con la caricia de las manos, afirmo -sin ningún mérito- que este poemario es, en efecto, un grito tajante con el que la poesía vuelve a temblar ante la llegada de una de las voces y escrituras más salvajemente femeninas que quizá se hayan pronunciado sin temor en éste país. Lo más sincero que yo pueda decir aquí, hoy, es que lo más justo habría sido hacer partícipe al silencio que se comparte y se convoca con su lectura. Así que, con embargos, todo lo que viene a continuación no son más que reducciones del abrazo inabarcable que brinda la poeta entre sus páginas.

 

Gema Palacios (Zaragoza, 1992) es graduada en Estudios Hispánicos: Lengua y Literatura por la Universidad Autónoma de Madrid y máster en Estudios Literarios por la Universidad Complutense. Ha escrito y publicado los poemarios Morada y Plata (Ebediziones, 2013), Compañeros del crimen (Ediciones Paralelo 2014) y, el que nos concierne en estas páginas, Treinta y seis mujeres (El sastre de Apollinaire, 2016).

 

 

El poemario se abre con una dedicatoria a “las maestras de lo jamás pronunciado”: Marina Tsvietáieva y Alejandra Pizarnik; además de la cita de Marina La poesía es el ser, el no poder hacer de otra manera, preámbulo a una escritura y lectura que hacen de la literatura una vida auténtica. Autoras cuyas pulsaciones laten a lo largo de las esquinas y encuentros que traza la poeta. Pero es en el preludio “Tres maneras de nombrar el vacío” donde Gema pone sobre la mesa su más sincero acto de enunciación: “Terca amalgama de olores: aquí tu no perfume, tu no presencia, en este palacio decrépito de mi escritura, en esta ruina viviente adonde ya sólo vienen a dormir los gatos y algunos poetas anónimos y ciertas mujeres que nacieron tristes.// Las mismas mujeres que ahora recobran la voz,/ ahora hablan.// En la calle: árboles al desnudo, un guante de asfalto, miseria.// Bajo la almohada: ojos árabes".

 

Mujeres y musas que empiezan y se aparecen con la palabra, que se persiguen, se alcanzan en el mismo acto de creación, y que vuelven a temblar tras su lectura. Sobre el amor, pequeña y frágil creación artística, escribe: “Enamorarse es esto: llevar a cabo nuestra propia creación”. De tal manera que amor, vida y creación acaban conjugándose en la forma de la escritura, el lenguaje.

 

Por otra parte, Treinta y seis mujeres está vertebrado por una lúcida comunión de títulos que abren los tres ejes discursivos, que se hacen metáfora y que podrían acercarse a su vez a la imagen provocada por el epíteto o una magnífica derivación de un pleonasmo imposible: Palabras palmas de las manos, Labios precipicio y Ojos horizonte.

 

Sobre la lectura y el amor Gema Palacios también escribe: “Leer es la grieta/leer es la herida/ pero fue el amor quien me hizo envejecer” y “Pienso: leer es volver a sentarse en una silla que no es tuya/tomar posesión de un espacio que no es tuyo/ adentrarse en los pensamientos de alguien que no eres tú// Escribo: leer es caer/ es no tener miedo a caer/ leer es un acto temerario// Leer es exponerse a pecho descubierto y tal vez/[-con suerte- ponerle nombre a/ nuestras propias/heridas// Leer es un mal hábito –yo diría un vicio morboso-/ pero a él me entrego absolutamente/ como al amor.”

 

Por otro lado, como anunciaba ella misma, profundiza y hace de las otras artes –pintura, fotografía y música- también discurso, como si el cuadro de Munch o el de Klee se fragmentasen en su cuerpo, en el fondo de su sentir y conciencia y se volviesen a proyectar bajo sus palabras ahora en forma de textura, en forma de perspectiva.

 

La soledad, también es otro gran tema que recorre la obra, la soledad como invención artística, irrenunciable. Poeta en la estepa, salvaje paisaje que busca en su desnudo la autenticidad del tacto de esas palabras. Es en los climas esteparios donde la ficción sale al encuentro con el agua, con la humedad que tanto se busca en afluentes por las páginas.

 

A los demás sólo nos queda imaginar qué imagina cuando cierra los ojos, tan leve, tan lento, cuando se abre el mundo a sus sentidos, a sus palabras. Palabra y sentimiento en Gema, son la misma cosa.

Paula López Montero

Paula López Montero

Paula López Montero, Madrid, 1993. Crítica cultural, ensayista y escritora. Colabora en la crítica cinematográfica de la revista Cine Divergente, y ha apoyado proyectos emergentes como la red cultural Dafy, y promovido y organizado eventos poético-musicales en la capital. Es editora del suplemento de poesía Verso Blanco, de Ritmos 21.

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