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Entrevista a Aitor Francos

“Está todo por nombrarse”

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Entrevistamos a Aitor Francos, poeta bilbaíno de la generación joven, cuya obra ahonda y reflexiona a través del lenguaje poniendo en suspensión la medida, la palabra y la ficción.

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Aitor Francos (Bilbao, 1986). Ha publicado los libros Igloo (Renacimiento, 2011), Un lugar en el que nunca he escrito (Renacimiento, 2013), Libro de las invitaciones (Ed. Baile del sol, 2013), la plaquette Ahora el que se va soy yo (2014) y Las dimensiones del teatro (La Isla de Siltolá, 2015). También es crítico literario en el suplemento El cuaderno de Trea y ha sido recientemente incluido en las antologías de poesía joven Regeneración (Valparaíso, 2016) y Nacer en otro tiempo (Renacimiento, 2016).

 

Su poesía ahonda, se pliega y reflexiona a través del lenguaje y pone en suspensión la medida, la palabra, la ficción. Con una gran riqueza lectora se encuentran referencias necesarias que dialogan con sus versos. Sin embargo, hay una cierta tendencia al desierto, al solipsismo, cuyo oasis viene imaginado desde lo más anhelado: la comunión con la naturaleza.

 

P: En tu último libro, Las dimensiones del teatro, cada vez se hace más latente la construcción, la máscara y el personaje, también una especie de desasosiego con el ser humano en tanto que tendiente a la medida, a la falsificación ¿El lenguaje nos acerca o nos aleja de lo que somos?

R: La poesía, como la vida, nos aboca a un juego de máscaras, claro que algunas de ellas resultan irremplazables. La del lenguaje nos define, lo que decimos construye la identidad que sostenemos y nos ayuda a compartir un presente; culturalmente las hemos heredado, pero a las palabras los poetas tenemos que convencerlas de significar, de que sean lo que les propongamos ser. Por eso todo lenguaje es apariencia y falsificación. La medida de todo, de lo que somos o no somos, la del poema incluso, es la de ser conscientes de esa naturaleza, de esa falsedad: el lenguaje, al menos así lo creo, nos aleja de la verdad y de la realidad.

 

P: Continuando con la cuestión del lenguaje, es en Occidente donde las palabras se han convertido en cárcel, en espejismo, en jaulas que nos encierra a menudo en un universo desolado. ¿Es la historia de Occidente la que nos ha llevado a este pesimismo, o nosotros construimos ese pesimismo al que ahora nos vemos abocados?

R: La historia de Occidente ha levantado el escenario para el pesimismo, eso es indiscutible, y ha devuelto al hombre un grado de desesperanza innata e irrebatible, pero, sobre todo, le ha arrastrado a un individualismo exasperante y a un sueño de pulsiones irremediablemente narcicistas. Con todo, ese pesimismo es ahora el asunto más particular, tal vez la vivencia más íntima de cuantas se pueden experimentar en la sociedad: nos devuelve la grandeza incomprensible de nuestra época, nos mueve a escribir y a estar continuamente insatisfechos.

 

P: Escribes: “No hay manera de apresar tanta circularidad con las/ palabras que aprendieron/ en un destello, hechizadas por una trascendencia superior.” ¿Son las palabras, el lenguaje lo que nos lleva a esa circularidad parece que trascendente?

R: Sí, las palabras son nuestra identidad primaria. Si volvemos a ellas es para trascenderlas, para reasignarles la novedad de otra mirada.

 

P: “El agua sabe que las cosas son más transparentes/ si no se habla de ellas” ¿El poema, la palabra nos aleja de esa transparencia o por el contrario la busca?

R: Yo del agua, y de las palabras, quiero el origen y la perdurabilidad. La poesía viene a ser una especie de objeto mágico que abre al sujeto las puertas de las significaciones, la revelación de lo que merece ser nombrado, para que resista y se quede. Si el poema busca la transparencia es porque sin ella no es nada, sólo acaso un poema que oculta a otro poema.

 

P: A propósito de las islas y el solipsismo propio de la imaginación ¿es necesario encontrar esa costumbre y comodidad en la soledad?

R: El poeta necesita hacer de la soledad una búsqueda y una costumbre, para reencontrarse en cada poema y redescubrirse en él. Sólo el que está acostumbrado a estar solo por el mundo respeta la patria del yo y hace de esa instancia, de ese deseo, una cómoda y habitable soledad sonora.

 

P: Las marcas y referencias temporales en tu obra suelen ser bastante alusivas ¿qué función tiene el tiempo en la poesía?

R: El tiempo se presenta como el organismo unificador de todo lo que uno es. El testimonio y la razón de la existencia y de la identidad.  Musa imperturbable, a través del tiempo recibimos el pensamiento con las señales de la experiencia, es así una cosmovisión panorámica y un mapa de interiores.

 

P: Escribes: “No ha avanzado en nada la poesía, como insinúa alguno” ¿es la poesía algo canónico y hermético cuya esencia tengamos que resguardar?

R: No. Todo lo contrario. La poesía está a buen resguardo fuera de la propia poesía, su esencia se salvará sola, puede prescindir de cualquier protección por nuestra parte. La poesía está en nosotros para que las cosas que son poesía, a través del poeta, lleguen a hablar de sí mismas y por sí mismas. Para que se definan por quien las ve: y también por quien se siente observado por ellas.

 

P: “Nominar. Proporcionar una nueva oportunidad de/ existencia/ a las cosas.” ¿Queda algo por nominar o sólo podemos jugar a la construcción?

R: Está todo por nombrarse. Si no, no habría poesía, reencuentro y mezcla entre palabras cuyos significados todos conocemos, pero que pueden modificarse y renovarse infinitamente. El poeta tiene una única obligación, la de nominar, la de habilitar la posibilidad de ser de las cosas, existan o no.

 

P: En relación a la pregunta anterior, “¿Es tanta ausencia una medida de los límites?/ Lo que no tiene nombre desmiente la vida mediante/ unos ojos sin plenitud.” ¿lo que no tiene nombre existe?

R: Existe más porque existe necesitando ser nombrado. Nombrar es simplificar y unificar símbolos, reducir a una palabra el universo poético que encierran cada objeto y sus sombras.

 

P: Escribes: “Ordenar los poemas de un nuevo libro, montarlos con/piezas/ de relojería,/ un mundo articulado/ como cajas de zapatos de un número que se nos quedó/ pequeño./ Creo que esto de escribir está muy/ sobrevalorado.” ¿No es acaso el hombre el que lo sobrevalora todo?

R: El hombre suele ser desmedido en casi cualquiera de sus apreciaciones habituales y diarias. Y los poetas, exigentes deformadores de la realidad, más.

 

P: En Historia de la lectura, escribes: “La hiedra dejó marcas en algunas obras de Aristóteles y de E.M. Cioran./ Se adhería con fuerza/ a lo alto, a Ángel fieramente humano,/ a lo bajo, contra un tomo de Schopenhauer.” ¿Qué papel juegan éstas menciones y presencias espectrales en tu obra?

R: Sobre todo Cioran y Schopenhauer son dos espectros recurrentes en mi obra, dos filósofos inagotables, de escritura fragmentaria, muchas veces desordenada, pero de talento insuperable. Me convencieron de fortalecer el pesimismo con un fin: destronar las certezas y asimilar que el pensamiento poético es ante todo un caos, incertidumbre y malestar.

 

P: “El lector que sabe lo que busca es ése que aún sigue buscando” ¿Hay algo de esperanza metafísica en los lectores y escritores? ¿Nos alimentamos al final de esos laberintos?

R: La esperanza es en sí una metafísica de la insatisfacción y una forma más de poesía. Nosotros alimentamos al laberinto, que nos digiere para crecer y ser un animal mastodóntico. En Igloo, elegí ese tipo de construcción por una razón que no sé si se llegó a entender: el iglú se va construyendo desde dentro, y el arquitecto se va encerrando en él a medida que lo va elevando, hasta situar la última pieza en la cúspide. Es la más laberíntica de todas las arquitecturas, la búsqueda de una forma deliberada de aislamiento: sobre esa premisa fui simbolizando y asentando mi poética

 

P: “Un poeta es un hombre sumido en la niebla e un corazón desordenado./ Los poetas son esos pájaros que oyen al pasar lo que las estatuas dicen.” Esos versos podrían encajar en una imagen romántica ¿tiene algo de influencia la poesía del Romanticismo en tu obra?

R: Del Romanticismo lo que más me interesa es su idea de  individualidad y de identidad, el verdadero nacimiento la conciencia del yo en el poeta, la subjetividad; también la supremacía de lo imperfecto, de lo inacabado. El segundo verso es una variación de otro que escuché a José Luis Merino, galerista de arte, escritor y periodista afincado en Bilbao, en una conversación que tuvimos, en una cafetería del museo de Bellas Artes de la ciudad, con José Fernández de la Sota, y que no he descubierto aún a quién corresponde.

 

P: “Para tener libertad no bastará con la poesía” Una pregunta difícil pero ¿a qué te refieres con esa libertad?

R: Ese verso en concreto es una velada alusión a Blas de Otero, con el ánimo de contradecirle un poco (eso es lo que se dice que hay que hacer con los maestros), pues él daba a entender que el poema tenía la capacidad de cambiar la esfera social y de engrandecer la prole de la libertad. Recuerdo un aforismo que escribí hará unos meses: La libertad sólo depende de las medidas de la jaula que habitemos, y la dimensión de la jaula, en sí, depende, del miedo que tengamos a la libertad.

 

P: La luz y el agua son dos símbolos recurrentes en tus últimos poemas ¿qué traen consigo?

R: Sí, ambos están muy presentes en esos poemas y en lo que estoy escribiendo ahora, y además aparecen de forma bastante unificada y complementaria, combinados. Como si se necesitasen, cada vez más: son, en resumen, una idea de lo que debe ser la mirada del poeta, claridad y transparencia, origen y destino. Puede ser que entre esos dos símbolos esté todo lo que pueda llamarse poesía. Y los comparto con tantos poetas que admiro y que me han influido, Eloy S. Rosillo, Carlos Sahagún, Claudio Rodríguez, por mencionar unos pocos. El agua, tan omnipresente, es una especie de musa poderosa, que arrastra su presencia silenciosa por el poema para adentrarse en lo que las palabras esconden, aunque en realidad lo que busca es ser descifrada: un secreto que sólo la experiencia de la poesía transmuta en lenguaje, en código, en exploración del origen y de las formas. La luz es innegable que le suma una conciencia de realidad, la que le da cuerpo. Lo dijo JRJ, conviene aunar, dentro de una misma sustancia, secreto y transparencia.

 

P: ¿Cuándo podremos volver a leerte?

R: Nunca se sabe. Cada vez escribo más despacio, lo que no quiere decir con menor intensidad. Ahora se ha publicado un libro de aforismos, Fuera de plano, en Cuadernos del Vigía, que fue premio José Bergamín. Y estoy tratando de dar forma a unos poemas y a un libro de prosas poéticas que se titula provisionalmente Habitar la posibilidad.

Paula López Montero

Paula López Montero

Paula López Montero, Madrid, 1993. Crítica cultural, ensayista y escritora. Colabora en la crítica cinematográfica de la revista Cine Divergente, y ha apoyado proyectos emergentes como la red cultural Dafy, y promovido y organizado eventos poético-musicales en la capital. Es editora del suplemento de poesía Verso Blanco, de Ritmos 21.

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