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Álvaro Petit Zarzalejos

Balas de Plata

Álvaro Petit Zarzalejos, es periodista y escritor. Fundador y editor de Ritmos 21 de información y análisis cultural, ha entrevistado a algunas de las personalidades más relevantes de la cultura española de los últimos años. Como escritor, ha publicado el poemario Once Noches y Nueve Besos (Ediciones Carena 2012) y Cuando los labios fueron alas (Ediciones Vitruvio).

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Tres epifanías

El nuevo diseño, que es la escenificación de los nuevos mares y las nuevas naves, es sólo la primera de las muchas sorpresas que les esperan a nuestros lectores y que, poco a poco, el director de esta orquesta irá desplegando para asombro de muchos.
Foto: CaixaForum Madrid

Foto: CaixaForum Madrid

Ni el pasado ha muerto

ni está el mañana,

ni el ayer escrito.

 

Antonio Machado

 

No retengo en la memoria el día exacto en el que Ritmos 21 estuvo online por primera vez. Fueron tantísimas las tareas de los meses anteriores a que aquello ocurriera, fueron tantísimas las tareas que ello trajo al pequeño equipo que lo pusimos en marcha, que no fue hasta pasados meses, ya en verano (lo recuerdo perfectamente: fue como una epifanía frente a una playa levantina, leyendo mano a mano Curso Superior de Ignorancia del maestro d´Ors y La manía, de Trapiello) cuando me di cuenta de lo que habíamos hecho. Sin dinero, sin ser conocidos ni en el oficio ni en el mundillo cultural, con dos ordenadores habíamos puesto en marcha una publicación periodística netamente cultural en Internet. Ni que decir tiene que este mérito no nos lo hubo de reconocer nadie (¡qué sospechoso hubiese sido lo contrario; el halago de gatillo fácil!). Lo mismo nos daba.

           

Pronto nos dimos cuenta de varias cosas, quizá demasiadas para digerirlas con tan pocos años y en tan poco tiempo. Nos dimos cuenta de lo cruento y florentino que es este oficio. En las primeras ruedas de prensa a las que asistimos, colegas e instituciones despreciaban lo que hacíamos por el mero hecho de estar haciéndolo desde hace poco. Aunque sería una omisión dolosa no decir que por cada desprecio encontramos también cariño y ayuda. Cada día nos enfrentábamos al reto de contar el mundo a través de la cultura. Un reto fascinante, sin duda, pero que generaba en quien escribe una constante pérdida y recuperación de la fe en la humanidad. Era un trajín constante de llamadas, de idas y venidas por empresas anunciantes, de correos electrónicos… Una auténtica locura de a la que sólo pudimos sobrevivir imbuyéndonos también nosotros de ella. Y como toda locura, se nos acabó yendo de las manos. Lo que empezó siendo una publicación modesta y aseadita, superó todas nuestras expectativas: hubo un punto de inflexión que ahora no recuerdo por mi malhadada memoria, a partir del cual, cuando llamábamos se nos ponían al teléfono, cuando pedíamos una entrevista no teníamos que explicar quiénes éramos y qué hacíamos. De repente, otra epifanía (esta vez sin libros de por medio, sino con Miguel y otros colaboradores, dando cuenta de unas cervezas en la Plaza de Manuel Becerra de Madrid). Nosotros no éramos quienes creíamos; habíamos crecido tan rápidamente que no nos había dado tiempo a asumir esa nueva identidad. Eléctricamente, nos habíamos convertido en una publicación seguida, leída y anotada. ¡Hasta descubrimos que varios de nuestros reportajes habían servido como fuente para estudios y artículos académicos! (¿prueba de lo mal que está la academia o de lo bien lo hacíamos?). Entonces llegaron los presupuestos, las perspectivas de ingresos y no sé cuántas cosas más, todas ellas de un prosaísmo a veces demasiado tedioso. Pero aguantamos el arreón. Cambiamos el diseño de la página web, rediseñamos el panel de contenidos y colaboradores y nos lanzamos a una nueva etapa que hoy termina.

 

Portada antigua de Ritmos 21.

 

Desde que se fundara Ritmos hasta hoy, he estado dirigiéndolo, con la ayuda necesaria y pecientísima de Miguel. Ha sido una aventura gratificante, de la que, creo, puedo sentirme orgulloso muy merecidamente. Pero todo toca a fin, tarde o temprano. Esta nueva etapa en la historia de esta publicación necesitaba otro director. Lo supe tras una nueva epifanía – la tercera –, mucho más silenciosa y recogida que las anteriores. Ritmos tenía que afrontar el delicadísimo momento de sobrevivir a su fundador. Es el riesgo que corren todas las empresas pequeñas; convertirse en una extensión de quien las pone en marcha y, por ello, morir cuando éste las abandona. Tomar la decisión no fue fácil, precisamente por ese temor al fin. Lo de menos fue escoger al nuevo director. Eso estaba clarísimo. Miguel Mirón era y es el único que conocía perfectamente el proyecto, desde sus primeras teorías fantásticas elaboradas en alguna terraza, hasta su materialización. Lo conoce tan íntimamente como lo puedo conocer yo, con el beneficio de no ser yo. Una de las cosas que caracterizó a Miguel durante el tiempo en el que yo dirigí Ritmos fue su magnífica capacidad para llevarme la contraria. Es por eso, porque no es como yo, por lo que era la persona perfecta. Ritmos necesita en este nuevo capítulo otras ideas, otros trinos, otros aires, manteniendo su esencia y su espíritu fundacional. Y el único capaz de aunar tantísimos intangibles y de hacer que esas entelequias se convirtieran en realidad era Miguel. Lo de menos eral quién iba a ser el director. Esto estaba clarísimo.

           

El nuevo diseño, que es la escenificación de los nuevos mares y las nuevas naves, es sólo la primera de las muchas sorpresas que les esperan a nuestros lectores y que, poco a poco, el director de esta orquesta irá desplegando para asombro de muchos.