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De Buñuel a Almodóvar, pasando por Woody Allen o Hitchcock

¿Qué es realmente el cine de autor?

Es común oír que tal o cual película es de autor, pero ¿qué quiere decir realmente eso?. Para contestar a estas preguntas tenemos que partir de una distinción entre el cine narrativo y el cine no-narrativo. En el cine no-narrativo no hay historia, ni trama, ni personajes ni lógica alguna. Lo que se pretende con este tipo de películas es experimentar con las imágenes,
Muchas veces se comenta de una película que “es de autor”; todos hemos oído eso de que El árbol de la vida no es que sea aburrida, sino que es “cine-arte”. En cuanto una película se sale de los cánones que marca Hollywood se le pone la etiqueta de “cine de autor”, o “de arte y ensayo”. Pero, ¿qué es realmente el cine de autor?, ¿por qué son tan raras algunas películas?

Para contestar a estas preguntas tenemos que partir de una distinción entre el cine narrativo y el cine no-narrativo. Pensemos por ejemplo en Indiana Jones y el templo maldito; lo importante es que Harrison Ford burle a los sanguinarios acólitos de la diosa Kali; no hay planos raros, secuencias complejas ni nada que dificulte el avance normal de la historia. Este sería un ejemplo de cine narrativo, lo que importa es la historia, la acción, y todo lo que sucede sigue una lógica clara. Por el contrario en el cine no-narrativo no hay historia, ni trama, ni personajes ni lógica alguna. Lo que se pretende con este tipo de películas es experimentar con las imágenes, con las formas y los ritmos. Tomemos por ejemplo la conocida obra de Buñuel Un perro andaluz; no hay historia alguna, ni si quiera hay personajes en el sentido clásico de la palabra, tan solo una sucesión de escenas incoherentes entre sí que rompen con todas las reglas clásicas del cine.

El cine de autor es un punto intermedio entre el narrativo y el no-narrativo. Es decir, en las películas de autor nos encontramos con unos personajes y una trama, pero en este tipo de cine no es tan importante lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. Los directores-autores, que muchas veces escriben sus guiones, utilizan una serie de recursos (como saltos abruptos, tomas muy largas, planos extraños) que nunca veríamos en películas como Los Vengadores, Los juegos del hambre o Ira de titanes, por citar algunas de las películas que están ahora en cartelera.

Esta afán de sorprender y salirse de la norma buscando nuevas formas de contar las cosas, no es una cuestión de esnobismo o de ser más o menos moderno. Estos directores lo que pretenden es imprimir en sus películas su sello personal, su punto de vista sobre la vida, dejando a un lado la historia y centrándose en la psicología de los personajes. Un ejemplo de autor conocido por todos es Woody Allen. En sus películas deja su impronta personal, de modo que cuando vemos a un personaje neurótico, hipocondriaco, obsesivo-compulsivo y algo ridículo no podemos dejar de ver la mano de Allen. En sus films la historia es lo de menos, lo que importa son las reflexiones que hacen los personajes; por ejemplo, en Annie Hall se llega a parar la historia, como si le hubiésemos dado al botón de pause, para que el bueno de Woody haga un chiste.

Pero vayamos a la esencia de la cuestión. Lo que caracteriza a las películas de autor es la búsqueda de verosimilitud. Lo que buscan los autores es plasmar la vida tal y como es, o al menos tal y como ellos entienden que es. Y la vida no es una película de Hollywood; ocurren cosas que no tienen sentido, cosas fortuitas, hay injusticias y está llena de momentos triviales que no nos llevan a ningún sitio. Para plasmar todo esto en una película, los directores-autores se sirven de técnicas de montaje más arriesgadas, utilizan música o imágenes que a priori no guardan relación con la historia, incluyen personajes ambiguos, dejan los finales abiertos, utilizan símbolos... En palabras del teórico David Bordwell, con estos elementos se “intenta representar las irregularidades de la vida real”. Si Steve McQueen incorpora en Shame (estrenada el pasado mes de febrero con polémica incluida por la muestra abierta de la sexualidad) un diálogo de más de cinco minutos donde no pasa nada, es porque en la vida hay veces en las que no pasa nada; o si un personaje de Almodóvar comienza a llorar sin ningún motivo para ello, es porque hay veces en las que no entendemos ni controlamos nuestras propias emociones.

Sin embargo el concepto de autor ha sido muy polémico desde sus inicios. El primero en hablar del cine de autor fue François Truffaut, quien en 1954, con tan sólo 22 años, escribió un artículo en la revista Arts a cerca de este espinoso tema. Él estaba harto de ver como se ninguneaba a los directores, y los productores hacían y deshacían a placer. Para Truffaut los directores eran los responsables últimos de la película, y de ellos debía depender hasta el más mínimo aspecto. Estableció la que llamó “política de autor”, por la cuál se entendía que los autores —aquellos grandes directores que dejan su firma personal en cada película— merecen un “máximo respeto”, y su obra, en tanto que visión subjetiva de la vida, está fuera de toda crítica. Así pues, para Truffaut todas y cada una de las películas de los que él consideraba grandes autores (como Jean Renoir, Luis Buñuel o de Alfred Hitchcock) son obras de arte, y no cabe entrar a discutir si Psicosis es mejor o peor que La ventana indiscreta o Los pájaros.

Esta visión del concepto de autor ha sido matizada y ampliamente desarrollada por los teóricos fílmicos a lo largo de la historia. Andrew Sarris ha llegado a definir a los directores comerciales como “cuasi-chimpancés”, frente a los que se sitúan los Grandes Directores, con mayúsculas. Sin embargo esta “teoría de autor” ha sido duramente criticada por muchos. Como ocurre tantas veces en el mundo del arte, el culto excesivo a la personalidad hace que en muchas ocasiones se prejuzguen las películas y se las califique de grandes obras incluso antes de verlas. Las películas de Lars von Trier (como Bailando en la oscuridad, Anticristo o Melancolia) o de David Lynch (Mulholland Drive, Blue Velvet) siempre van a tener un plus ante los ojos de los críticos por el mero hecho de ser películas de Lars von Trier o de David Lynch.

Por otra parte cabría preguntarse si realmente es el director el autor de una película. ¿Por qué es buena Vértigo? ¿Por la dirección de Alfred Hitchcock, por la actuación de James Stewart y Kim Novak, o por la música de Bernard Herrmann? Las películas son fruto del trabajo de mucha gente, y pese a que priman las decisiones del director, tanto los guionistas como los actores, el compositor de la banda sonora, el montador y hasta los extras contribuyen en el éxito o fracaso del producto final. Por tanto, ¿podemos hablar de un único autor de una película? Hay quien piensa que no, y bajo esta filosofía se han alumbrado movimientos como el “Cine sin Autor”, que propone un modelo cinematográfico basado en la “democratización del proceso de producción” donde todos los integrantes del equipo de producción participan al mismo nivel.

La definición del cine de autor es una tarea compleja que genera enérgicos debates dentro de la gran familia, no siempre bien avenida, de la teórica fílmica. Sea como fuere, lo único que le podemos exigir a una película es entretenimiento, un cierto nivel estético, algo de profundidad y que genere reflexión. Al fin y al cabo poco importa si el director de nuestra película favorita es un gran autor o un “cuasi-chimpancé”.
Manuel Lamata

Manuel Lamata

Ritmos 21 - Milennial Culture Information es una revista independiente de información y análisis cultural.

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