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Fernando Alonso Barahona

Razones para el Siglo XXI

Fernando Alonso Barahona (Madrid, noviembre 1961). Abogado y escritor. Jurado de premios nacionales de literatura y teatro. Colaborador en numerosas revistas de cine y pensamiento así como en obras colectivas. Ha publicado 40 libros. Biografías de cine (Charlton Heston, John Wayne, Cecil B De Mille, Anthony Mann, Rafael Gil...) , ensayos (Antropología del cine, Historia del terror a través del cine, Políticamente incorrecto...) historia (Perón o el espíritu del pueblo, McCarthy o la historia ignorada del cine, La derecha del siglo XXI...), novela (La restauración, Círculo de mujeres, Retrato de ella...) poesía (El rapto de la diosa) y teatro (Tres poemas de mujer).

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Elizabeth Taylor, reflejos en la arena

TAGS Elizabeth TaylorHollywoodPelículas
La magia del cine reside en el poder de su mirada, por eso los ojos felinos y bellos de Elizabeth Taylor no morirán jamás.

Fue La gata sobre el tejado de cinz caliente, la turbadora historia de Tennessee Williams llevada al cine por Richard Brooks con Paul Newman. El mismo Tennessee le sirvió para otro de sus trabajos más brillantes: De repente el ultimo verano, dirigida por Joseph L. Mankiewicz en 1959 con un reparto en el que se encontraban nada menos que Montgomery Clift y Katharine Hepburn.

   

Taylor es –y será siempre- historia viva del Hollywood dorado

Y, por supuesto, Elizabeth Taylor (Londres, 27 febrero 1932 – Los Ángeles, 23 marzo 2011) fue la tormentosa Cleopatra de Mankiewicz en 1963. La película tardó años en rodarse, fue iniciada por Rouben Mamoulian y Richard Burton no se incorporó hasta que Mankiewicz entró en la producción. Aunque la mejor película sobre Cleopatra continúe siendo la de Cecil B. de Mille de 1934 (protagonizada por Claudette Colbert) y el mejor Marco Antonio, Charlton Heston (en la óptica shakesperiana), la suntuosa superproducción permitió a Liz un brillo y una majestuosidad realmente insuperables.

 

Pero Elizabeth Taylor fue mucho más en la historia del cine. Comenzó como estrella infantil y juvenil –recordemos Fuego de juventud, de Clarence Brown, con el incombustible Mickey Rooney- y formó parte del reparto de la encantadora Mujercitas (1949), de Mervin Le Roy, y de las entrañables El padre de la novia (1950) y El padre es abuelo (1951) ambas de Vincent Minnelli con Spencer Tracy en el personaje del padre. Y brilló con luz propia en un clásico del cine de aventuras, la gran Ivanhoe (1952) de Richard Thorpe. Aún hoy los cinéfilos se preguntan como el héroe elige al final a Joan Fontaine en lugar de a la hermosa y dulce Rebeca (Liz) que por aquel entonces aún no había cumplido los 20 años.



De la mano de George Stevens –uno de los cineastas clásicos que aún espera un concienzudo análisis de su obra– cambió de registro en la que tal vez sean sus dos mejores películas: Un lugar en el sol (1951) y Gigante (1955). En la primera le acompañaba su gran amigo Montgomery Clift (1920-1966) y en la segunda James Dean y otro de sus íntimos más apreciados, nada menos que Rock Hudson (1925-1985). Un lugar en el sol se adentra en el lado oscuro del amor que se enfrenta al dilema de elegir entre la muchacha humilde (y embarazada) y la rica joven de buena familia que promete un futuro de oro. Stevens no se limita a centrar la historia en el drama romántico sino que introduce el dilema moral y el arrepentimiento en una bella e impresionante secuencia final.

 

Ojos que miran, ojos que reflejan, miradas que fascinan

Gigante es la sublimación del melodrama unido al gran espectáculo: el petróleo, la civilización, el amor, el derroche que conduce al vacío vital . Imitada luego mil veces permanece como una singular obra maestra. La década de los cincuenta resultó esplendorosa: Beau Brummell (1954), con Stewart Granger, La última vez que vi Paris (1956) de Richard Brooks...

  

Elizabeth Taylor se casó ocho veces (con siete hombres pues el amor de su vida, Richard Burton contrajo dos veces matrimonio con ella), entre ellos Michael Wilding, Eddie Fisher y el productor Mike Todd (que la dejó viuda tras morir en un accidente de aviación). Pero si Monty Clift y Rock Hudson –también en menor medida Laurence Harvey– fueron sus amigos personales a los que siempre ayudó hasta la extenuación, Richard Burton (1925-1984), actor de prestigio en las tablas y en el cine, se convirtió en el amor más apasionado, vitalista y a veces destructivo que muchos recuerdan. Los medios de comunicación les persiguieron además, provocando el escándalo, los titulares y la desmesura.

  

Con Monty rodó otras películas como El árbol de la vida, de Edward Dmytrik, fallido intento de recapturar el ambiente de Lo que el viento se llevó, y obra maldita porque durante su rodaje Clift sufrió el grave accidente de coche que casi acaba con su vida y le deja huellas visibles en el rostro y en el alma. 



Hay dos películas fascinantes, incomprendidas en su tiempo –los difíciles años sesenta- y que presentan el talento de Liz Taylor en grado sumo a la vez que permiten a la actriz la transformación de la estrella con glamour de los cincuenta en una poderosa mujer capaz de asumir el drama contemporáneo. Una es Castillos en la arena (1965), de Vincent Minnelli al lado de Richard Burton. La segunda es Reflejos en un ojo dorado (1967), de John Huston, con Marlon Brando. La película es la adaptación de una novela de la escritora Carson McCullers (1917-1967) de la que celebramos el centenario de su nacimiento y el cincuentenario de su muerte.

 

Con Richard Burton, Liz rodaría varios títulos, entre ellos el emblemático -que le proporciona un Oscar– Quien teme a Virginia Woolf,  (1968) de Mike Nichols, y la divertida La fierecilla domada, dirigida por Franco Zeffirelli, otro de sus rendidos admiradores y amigos.

 

Y también con Burton en 1965 llega la mencionada Castillos en la arena (The sandpiper), la magistral obra de Vincent Minnelli en la que interpreta a una mujer de espíritu libre e indomable que vive una tempestuosa historia de amor con un pastor protestante casado y de rígida moral. A partir de aquí asistimos a la confrontación ideológica y personal de dos seres humanos cuyas diferencias se acaban convirtiendo en fascinación mutua. Lo curioso, lo diferente, atrae hasta el vértigo del abismo: el cura protestante, casado desde hace veinte años, cayendo en las redes de una pintora inconformista.

 

Castillos en la Arena es un melodrama clásico que incluye de forma inteligente situaciones nuevas al describir la vida libre y bohemia de ella, su relación con el personaje que interpreta Charles Bronson o la pasión que es capaz de transmitir con su cuerpo, su mirada, sus movimientos. La película se rodó en la  costa central de California refugio de artistas emblemáticos de la generación beat. Clasicismo y modernidad se abrazan de forma armoniosa gracias a la puesta en escena de Minnelli y al magnífico trabajo interpretativo tanto de Liz como de Richard Burton.

En 1966, Liz impone en el reparto de Reflejos en un ojo dorado a Montgomery Clift que va a dirigir John Huston, una adaptación de una polémica novela de Carson McCullers sobre un militar con inclinaciones homosexuales y casado con una ninfómana que le engaña. Pero Clift, enfermo y deprimido muere antes de iniciar el rodaje. Marlon Brando sería el protagonista de esta espléndida película, una de las mejores de su director.

 

¿Qué decir de la actualidad de la escritora Carson McCullers (1917-1967) en el centenario de su nacimiento y el cincuenta aniversario de su muerte? Una figura que ha ido creciendo en importancia, en valoración, en admiración incluso, por la especial sensibilidad con la que afronta esa literatura del Sur de Estados Unidos, iniciada en sus fundamentos por Faulkner. La editorial Seix Barral ha tenido la excelente idea de editar toda su producción –escasa, las enfermedades continúas no le permitieron mayor despliegue–, La balada del café triste, la disonante historia de amor de El corazón es un cazador solitario o la energía adolescente de Frankie y la boda, hasta llegar a la inquietante Reflejos en un ojo dorado.

 

La historia se desarrolla dentro de un campo militar en Georgia, donde dos parejas viven unos juegos de relaciones escondidas, y donde los secretos se mezclan de forma tenebrosa. Leonor (Elizabeth Taylor), bella e insastisfecha desprecia a su marido el mayor Penderton (Marlon Brando) cuya latente homosexualidad empieza a salir a flote sin que pueda remediarlo. Leonor no esconde ya su relación con el coronel Langdon (Brian Keith) que por su parte intenta no herir a su mujer Alison, mentalmente inestable. Mientras tanto, una persona extraña el cabo Williams, se dedica a cabalgar desnudo por los prados para tentación del mayor y a espiar a la voluptuosa mujer en una morbosa relación de voyeur. Las consecuencias de las distintas inestabilidades de todos los protagonistas será la tragedia.

 

El ojo dorado del título es el de un pavo real pintado por el ayudante filipino de Alison. Se refiere de forma simbólica a las distintas miradas: el ojo de Williams, que espía y admira a Leonor o, también, el mismo ojo de Penderton que ve a Williams cabalgar desnudo lo que le atrae y repele a la vez.  

 

Ojos que miran, ojos que reflejan, miradas que fascinan. La magia del cine reside en el poder de su mirada, por eso los ojos felinos y bellos de Elizabeth Taylor no morirán jamás. Ella es –y será siempre- historia viva del Hollywood dorado y pertenece a la estirpe de las más grandes diosas del cine: Garbo, Marlene, Jennifer Jones, Gene Tierney, Kim Novak, Jeanette MacDonald, Bárbara Stanwyck, Norma Shearer, Ava Gardner, Rita Hayworth, Katharine Hepburn, Vivien Leigh, María Felix, Judy Garland, María Montez, Audrey Hepburn, Rhonda Fleming, Hedy Lamarr, Grace Kelly, Ingrid Bergman, Anne Baxter, Marilyn Monroe, Olivia de Havilland, Joan Crawford, Bette Davis, Sofia Loren, Brigitte Bardot…

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