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Reseña literaria

La belleza de las ruinas

Foto: Fernando Rodríguez

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'Rosa Hermética', primer poemario del poeta asturiano Óscar Díaz, se desvela y baila en la juego del lenguaje, en un lenguaje deformado, demolido, en ruinas.

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Rosa Hermética, primero poemario del langreano Óscar Díaz, fue galardonado el pasado año con el XI Premio Nacional de Poesía Joven. Un libro insólito en su sentido más literal ya que vaga fuera de los circuitos comerciales de librerías y estantes de recomendación literaria y que, para los curiosos, se puede encontrar dentro de la colección de poesía de la Universidad Popular José Hierro.

 

Un poemario maduro en el que, en palabras del poeta, “hay que escamar el dátil para alcanzar el fruto”, que se pliega y, sin embargo, encuentra su apertura con una cita de Georg Trakl “Die Süsse unserer traurigen Kindheit” (La dulzura de mi infancia triste), quizá con los ecos también de la mano de Leopoldo María Panero, seguido de un preámbulo a la lectura e impresión del propio poemario de Óscar Díaz: “El Nuevo Hombre ha de deformarse”.

 

La ruina, la deformación, y sin embargo el relampagueo de la belleza, de la verdad. Quizá la pregunta que, con ahínco y devoción, busca el poeta pueda ser la de la posibilidad de la belleza en las ruinas, de la certeza del lenguaje para nombrar las cosas. Una poesía apoyada en la filosofía y viceversa, que se encuentra en los ecos de Nietzsche y Heidegger.

 

Escrito a edad temprana, apenas con 16 años, su acto de creación, su propuesta, viene con un título nada inocente: Rosa Hermética. El hermetismo del lenguaje para nombrar las cosas que por sí solas no tienen mundo, la construcción perfecta y rítmica de una poesía que busca la belleza de la rosa, de la Naturaleza. Para entender el poemario hay que apreciar las espinas que serán introducidas en la carne del propio hermetismo y también quizá para desvelar, abrir los pétalos del propio simbolismo.

 

A veces torrente, a veces cálculo, siempre ritmo. Óscar en búsqueda de una belleza y una verdad que sin embargo nunca existieron y se tornan, en esta estructura del mundo, la del lenguaje, necesarias: “La brújula que orienta el destino/ es la belleza,/ la continua búsqueda de la casualidad/ para encontrar la belleza/ que nunca ha existido.” La fragmentación forma parte de este tiempo del lenguaje y del sujeto: “Larva donde se esconde lo no dicho/ la cantera del pensamiento sin anclaje/ cuya geometría de piedras surca los fractales/ mi sujeto no tiene más construcción que la lucha de/ [fragmentos”

 

Aún en mayúsculas se escriben Hombre, Naturaleza, Nada, Mujer, Historia, Creación: “Ah la casualidad de la existencia/ que hace al Hombre/ empujado por el viento/ como un molino/ para ser entregado a la Naturaleza.” El Hombre avocado al precipicio, al abismo, a un camino suspendido y en cuestión: “En mi puño caben las semillas/ separo la montaña de la materia/ única lengua que no se enrama/ más frondosa que los pies/ no hay camino pues no hay recorrido/ el vacío sucede como una línea ascendente.”

 

Sobre el acto de creación, con el juego entre el hombre y el hambre, el poeta escribe: “Oscuro es el manto que protege el rostro del poema/ nada es lo que se crea, todo proviene;/ éste es el acto poético, ¡ah acto del hambre!/ donde cuelga la boca que ondea./ El Hombre no cruza el río/ porque se conforma con vivir en la infinita espera/ ¡ha de deformarse!/ Ese es el único rezo a la espuma/ que cobija el agujero/ ¡es la vida la simetría de lo absurdo!”

 

En el siguiente poema, en ese giro a la infancia, al pasado que ya apuntaba Rilke y que se menciona también en palabras de Trakl se apunta a la tentación del hombre decadente: “El paso del Hombre/ es solo un paso/ sin retroceso/ solo sabe qué mira/ al girarse/ el ojo que se gira/ mostrando la diferencia/ como un pez que nada/ sin saber qué nadó antes/ como el hilo que une/ a la creación del Hombre,/ que es el lenguaje,/ con el cuerpo.”

 

Óscar Díaz, nombrado poeta de madurez temprana elije con perspicacia a sus maestros y sabe que en la literatura hace falta una dosis de maldad, una maldad también como construcción: “He sido suicidado/ tras colgarme de las lenguas/ de los cómodos/ ¡maestros del sueño!” Aunque, a veces, encontrar la voz en el decadentismo, pueda sólo corresponderse con el eco en las ruinas.

 

La perfección no ha de ser/ pero ha de verse como una esfera/ en plena comunión con la Naturaleza/ himno rampante del cielo/ el no-ser es el desastre/ así como el tiempo sollozante/ que clavó a Cristo.

Paula López Montero

Paula López Montero

Paula López Montero, Madrid, 1993. Crítica cultural, ensayista y escritora. Colabora en la crítica cinematográfica de la revista Cine Divergente, y ha apoyado proyectos emergentes como la red cultural Dafy, y promovido y organizado eventos poético-musicales en la capital. Es editora del suplemento de poesía Verso Blanco, de Ritmos 21.

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