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Reseña literaria

despegue

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las minúsculas y la pérdida de signos de puntuación es no sólo una característica del poemario galardonado en el XXVIII Premio Loewe por despegue de Víctor Rodríguez Núñez, sino una de las características del tiempo que vivimos. Las mayúsculas que ponían el acento a la grandiosidad de conceptos como Historia, Dios, Hombre, Arte, incluso Poesía queda en entre dicho después de los fines y las muertes anunciadas tras la barbarie del último siglo. Los signos de puntuación que ponían muros a los ríos, son ahora, en su ausencia, síntoma del fluir y del devenir al que nos abocamos en este presente.

 

Víctor Rodríguez Núñez, esta vez sí con mayúscula, nace en La Habana, Cuba, en 1955 y es poeta, periodista, crítico, traductor y catedrático en Literaturas Hispánicas. Ha publicado trece libros de poesía siendo galardonados casi todos ellos con premios internacionales como por ejemplo reversos (Visor, 2011), deshielos (Valparaíso, 2013) y desde un granero rojo (Hiperión, 2013).

 

despegue alude no sólo a la levedad, a mirar la tierra distante de la gravedad para volver a posarse en ella, volver a nombrarla, volver a crearla, sino que también apela a la desjuntura, al des-pegue, a la distancia, a todas aquellas cosas que no están donde debieran o donde quisieran y que hacen del mundo actual, de aeropuertos y transnacionalidades, un lugar mucho más frío: “el sentimiento helado// se despega de sí/ se enraíza invisible/ es cantil increpado por la escarcha/ con su seca belleza/ y su húmeda verdad/ mas se huele la duda/ del que ganó la piel en el combate/ y regresa a su otra casa de arena// este soplo que se llena de pámpanos/ la materia de toda reflexión/ dios es impresionista”

 

Dividido en: I salida, II vuelo, III escala, IV puerto y V entrada; despegue alberga imágenes de distancia natural que invitan tras su recorrido a su unión: “la nube es una artesa de sentido/ absorbe el significado que le pertenece/ y sin embargo ondea/ puede tomar altura”

 

Así mismo Rodríguez Núñez sabe que: “no basta con la huella/ se precisa el error/ bracear fuera de cámara/ no esperes que el miedo te de una mano// requeridos la altura/ remontar turbulencias/ no creer más en ti estar atento/ cada instante toda una noche en claro// hincar una familia vertical/ al encanto del sitio/ esto como el amor no se hace solo// aunque el después se ausente como el antes/ eres raíz con miedo/ deseo y algo más”

 

Las calles norteamericanas en su mayoría son el escenario, pero en esa observación el espacio se llena de otros sentimiento y anhelos, de una lejanía que es característica de la experiencia del escritor. En [Ohio River Valley]: “ya viene el horizonte/ puedo escuchar su luz/ que tropieza con todo/ y me deja la piel con sabor a jengibre”. En [Powell’s Books]: “está escrito en la corteza de un árbol/ extraviado en el bosque/ ¿restar casualidades/ adicionar esencias?// no hay fórmula para esta levadura/ todo se forma a pulso/ ojo de buen cubero// la inspiración es un cero a la izquierda/ está escrito en el moho/ no en la roca”. En [Oregon City]: “significante sin significado/ cada cosa una voz/ con nada que decir”

 

La conexión de rótulos, títulos y experiencias norteamericanas juntos con una sentimiento húmedo y cálido, pasional escriben en distancia y discordancia: “un corazón discorde/ no crees en el sistema donde tienes hogar/ nunca te dio un hogar el sistema en que crees/ arreas tu ganado tropical”. Un desasosiego frente a las estructuras que delimitan el mundo, el escritor va buscando calor de huella en la memoria: “un sol que raja el ser/ utópicos mendrugos/ se arriman las gaviotas porque sí/ pican su saciedad// nada lejos de aquí de la otra orilla/ donde comienza todo nuevamente/ un punto de descargue/ en aguas profundas puerto sin mapa// estar en la memoria desdoblado/ terquedad arenosa/ fermento de las olas verticales// y al pairo del presente/ naufragar/ un velero encallado en una estrella”

 

En [Calle Desengaño] invita tras el vuelo al retorno: “es hora de volver a la materia/ ingeniar otra forma/ para los fieles átomos/ es hora de ser pluma// de lechuza desprendida en la noche/ o llama sin tres piedras/ harina mineral en una güira/ es hora de no ser// ese cuerpo cujeado por los años/ volverse imprevisible/ con imaginación y tres libras de más// es hora de hacer algo/ para que el sueño siga/ porque la vida no es la única forma de estar”

 

Por último, despegue se cierra con [Casa de Zenaida]: “resuelto a reparar lo irreparable/ en la ciudad bloqueada por el polvo/ la mesa convertida/ en idea de mesa// la jicotea en concha vegetal/ y las hojas carnosas con ribetes/ en fósil acezante/ le buscas un sentido// al solar atestado/ a cada araña de la barbacoa/ mas este espacio tiene su compás// ni la muerte se apura llega tarde/ por un sitio decente/ a sacudir el ser con un trapito”

 

Nada más lejano del hermetismo, ante una “realidad en obras” la escritura de Rodríguez Núñez, serena en el puerto, deja el curso de la experiencia y la creación abrirse sin final: “un río que fluye/ el mar no es la salida”

Paula López Montero

Paula López Montero

Paula López Montero, Madrid, 1993. Crítica cultural, ensayista y escritora. Colabora en la crítica cinematográfica de la revista Cine Divergente, y ha apoyado proyectos emergentes como la red cultural Dafy, y promovido y organizado eventos poético-musicales en la capital. Es editora del suplemento de poesía Verso Blanco, de Ritmos 21.

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