Reportaje

Aldo Moro, ¿caso abierto?

Los últimos meses se han visto marcados por la publicación de numerosos artículos y libros que repasan los pormenores de la muerte de Kennedy, de la que se cumplió el pasado noviembre el 50 aniversario. Un caso que permanece abierto y pleno de aspectos sombríos. Sin embargo, su asesinato encuentra un duro competidor si se estudia el del político democristiano Aldo Moro: Guerra Fría, intrigas, servicios secretos e incluso sesiones de espiritismo componen un puzzle que todavía no ha sido resuelto.
En 1976 se estrenó la película Todo Modo, dirigida por Elio Petri y basada en la novela de título homónimo de Leonardo Sciascia[1]. ¿El argumento? En una Italia apocalíptica, afectada por una epidemia que diezmaba la población, los miembros de un poderoso partido político – la Democracia Cristiana – decidían reunirse para celebrar sus ejercicios espirituales de cada año. Las conclusiones que se extraían del filme no podían ser más demoledoras: hipocresía, conspiración y doble moral, en un ambiente crispado y repulsivo, aparecían como los elementos constitutivos de un partido que regía los destinos del país desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Una película crítica de un director crítico: nada sorprendente. Pero había un elemento más, muy interesante para el caso que nos ocupa. Y es que, al final, un político llamado M – Aldo Moro, interpretado con perfección pasmosa por Gian Maria Volonté – era asesinado, tiroteado por la espalda, por un tipo trajeado con pinta de sicario. Sólo faltaban dos años para aquel 9 de mayo de 1978, cuando el verdadero Moro apareció muerto en el maletero de un Renault 4 rojo en Via Caetani, en pleno centro de Roma. Coincidencia macabra, once disparos por la espalda fueron los que le quitaron la vida.

El asesinato de Aldo Moro forma parte de ese grupo de magnicidios alrededor del cual gira la más diversa gama de teorías de la conspiración, cosa que, para mí, le concede el encanto macabro de toda novela negra. Guerra Fría, intrigas, servicios secretos e incluso sesiones de espiritismo – no, no estoy desvariando, como explicaré más tarde - componen un puzle que ha generado una abundante producción literaria y cinematográfica[2]. Pero no es para menos, porque las piezas encajan a duras penas en un caso que conmocionó a Italia. ¿Quién mató al secretario general de la Democracia Cristiana, antiguo ministro de Asuntos Exteriores y cuatro veces presidente del Consejo?
 

EL SECUESTRO

Sobre las ocho de la mañana del 16 de marzo de 1978, Aldo Moro salió de su casa acompañado por su grupo de escoltas. Había cumplido con sus rutinas de siempre y nada en su actitud permitía advertir el peligro que le acechaba. En una entrevista realizada al periódico La Repubblica el 14 de marzo de 1978, su hijo Giovanni Moro recordaba haber visto a su padre afeitándose en el baño y despidiéndose sin mucho énfasis[3]. Desde su vivienda, situada en el 19 de la calle Forte Trionfale, se dirigió al Centro de Estudios de la Democracia Cristiana. Su siguiente destino era el Palazzo Montecitorio, sede de la Cámara de Diputados. Pero nunca llegó. Alrededor de las nueve de la mañana, un comando de las Brigadas Rojas, encabezado por Mario Moretti y formado por unas diez personas, abatió a sus cinco guardaespaldas y secuestró a Moro en via Mario Fani, Roma. Para la ocasión – y suponemos que para no levantar sospechas - los terroristas iban disfrazados como empleados de la aerolínea Alitalia. Fue una operación rápida, de pocos minutos. Pero también extraña: limpia, milimetrada. Las líneas telefónicas cayeron justamente en el lugar y momento del secuestro, algunos testigos afirmaron escuchar gritos proferidos en una lengua que no era la italiana y otros dijeron haber visto a dos tipos montados en una moto Honda[4].
Via Mario Fani, Roma. Lugar del secuestro de Aldo Moro la mañana del 16 de marzo de 1978. Sus cinco escoltas fueron asesinados.
 
LA ITALIA DE LOS AÑOS 70

¿Por qué ese día y no cualquier otro? Aquella mañana se iba a poner en marcha uno de los pasos clave hacia el denominado compromesso storico, estrategia diseñada por el secretario general del PCI, Enrico Berlinguer, y apoyada por Moro: por primera vez, la formación de un gobierno encabezado por otro de los líderes de la Democracia Cristiana, el maquiavélico Giulio Andreotti, iba a contar con la confianza de los comunistas[5]. Una táctica política sorprendente en un país adherido al bloque occidental en plena Guerra Fría. Y que Estados Unidos no veía con buenos ojos. ¿Por qué? Pues porque la superpotencia americana ya  había vivido unos cuantos sobresaltos en una región de tanta importancia estratégica para la OTAN como la Europa meridional: la Revolución de los Claveles en Portugal, en abril de 1974; la caída de la Grecia de los Coroneles, en julio de 1974; o el inicio de la transición española, en noviembre de 1975. A Henry Kissinger, secretario de Estado desde 1973, le salía humo por las orejas. No es de extrañar, pues, que hace unos años la viuda de Moro, Eleonora Chiavarelli, declarase que tras una reunión con Kissinger su marido necesitó asistencia médica; el mismo encuentro durante el cual el político estadounidense espetó al democristiano “o deja usted de cortejar a los comunistas o lo pagará caro”[6].
 
 
Henry Kissinger, secretario de Estado de los Estados Unidos, y Aldo Moro se estrechan la mano el 5 de julio de 1974.
(Foto: AP)
Lo cierto es que hay indicios para pensar que algo inquietaba a Aldo Moro. En la ya citada entrevista, su hijo Giovanni afirmaba que su padre había insistido en que todos los miembros de la familia contasen con una escolta, una preocupación que manifestó con especial hincapié a causa del secuestro, un año antes, de Guido di Martino. “El clima se cortaba con un cuchillo”, sentenciaba. Una observación que se podía aplicar al conjunto del país en los años 70. En esa década, Italia fue golpeada por el fin del crecimiento económico experimentado desde la postguerra. La crisis económica desatada en 1973, de dimensiones mundiales, golpeó duramente al país, que ya se encontraba en una situación adversa desde finales de los 60. En este contexto se desarrollaron los llamados anni di piombo: los datos oficiales señalan que, entre enero de 1969 y diciembre de 1987, tuvieron lugar 14.591 actos de violencia relacionados con motivaciones políticas, bien de extrema-derecha – como el atentado de Piazza della Fontana de Milán, en diciembre de 1969, o el de la estación de Bolonia, en agosto de 1980 – o de extrema-izquierda.  En ese último grupo se situaban las Brigadas Rojas, organización armada formada en 1969 y bastante cabreada con el PCI, al que consideraban un partido aburguesado y tendente a coquetear con quien no debía – los democratacristianos, vamos. Como ven, el caso Moro es droga dura. Pero es que hay más. Y se llama Operación Gladio, grupo paramilitar vinculado a la OTAN y patrocinado por la CIA cuyo objetivo era evitar, incluso mediante el empleo de la violencia, que los comunistas llegasen al poder. La trama fue oficialmente desvelada por el juez veneciano Felice Casson en 1990. ¿Y saben cómo? Pues gracias a unos documentos que descubrió y que estaban relacionados, ¡oh sorpresa!, con el caso Moro[7].

EL CAUTIVERIO

Regresemos a marzo de 1978. Desde el momento de su desaparición, Italia puso en marcha un engranaje policial enteramente dedicado a encontrar a Moro: se efectuaron controles sobre 6.413.713 millones de personas; se inspeccionaron 3.383.123 millones de vehículos; y se realizaron 37.702 registros domiciliarios[8]. Pero las Brigadas Rojas tomaron la iniciativa. El 18 de marzo, mediante una llamada telefónica a la redacción de Il Messagero, indicaron el lugar en el  que se podía encontrar un sobre que contenía un comunicado y una foto del secuestrado. “(Moro) será sometido al juicio de un tribunal del pueblo”, anunciaban[9]. Como pueden suponer, los que han aventurado que los servicios secretos estadounidenses participaron en el secuestro mediante un apoyo directo o indirecto al mismo, encuentran en este factor uno de los puntos débiles sobre los que asentar su teoría. Si bien el democristiano podía haberse convertido en un personaje incómodo para los intereses estadounidenses, ¿tenía sentido entregarlo a las Brigadas Rojas, que lo interrogarían pudiendo conseguir así información muy jugosa? Recordemos que existía Gladio y que Moro había sido ministro de Asuntos Exteriores, además de presidente del Consejo. Que estaba muy bien informado, vamos. Y que a nadie le convenía que se fuera de la lengua.
 
 
Aldo Moro y la primera imagen de su secuestro, entregada junto al comunicado del 18 de marzo de 1978. Al fondo, el distintivo de las Brigadas Rojas.
Los días transcurrían, y desde su encierro Moro escribía una abundante correspondencia destinada a su mujer, a la que llamaba cariñosamente Noretta, y al mundo político italiano, al que suplicaba que hiciera lo posible por salvarlo. Las Brigadas Rojas exigían, a cambio de devolverlo con vida, la puesta en libertad de algunos de los miembros encarcelados de su organización. Pero ni la Democracia Cristiana ni el PCI parecían dispuestos a ceder a las demandas de los captores. La situación alcanzó cotas surrealistas. El día 3 de abril, Romano Prodi, futuro presidente de Italia, participó en una sesión de espiritismo, quizá confiando en que el más allá le ofreciese alguna pista que hubiera pasado desapercibida al más acá. Y la obtuvo. Según indicó, se le reveló con insistencia la palabra Gradoli, rápidamente asociada con la localidad del mismo nombre, situada en la provincia de Viterbo. Un comando policial fue enviado a inspeccionarla, en vano. Eleonora Chiavarelli, más avispada, sugirió que se buscase una calle en Roma que tuviese el mismo nombre. Y aunque no le hicieron caso, lo cierto es que sí había una: el número 96 de via Gradoli era, efectivamente, la dirección del centro de operaciones utilizado por las Brigadas Rojas, lugar donde se preparaban los comunicados y se recopilaban las informaciones que estaban obteniendo de los interrogatorios a Moro. La policía ya había visitado el edificio el 18 de marzo. ¿Cómo no lo descubrieron entonces? La verdad es que no está muy claro si por incompetencia o por algún motivo menos inocente. En cualquier caso, fueron los bomberos quienes el 18 de abril echaron la puerta abajo, tras haber sido llamados por una fuga de agua. Acontecimiento también rodeado de sospechas, dado que tal y como señaló Giovanni Pellegrino, presidente de la comisión parlamentaria encargada de investigar el terrorismo italiano, el grifo de la ducha había sido dispuesto de tal manera que empapase la pared del fondo y terminase provocando la alerta[10]. ¿Por qué hicieron esto los brigadistas? Y si fueron ellos, ¿por qué se dejaron dentro del piso documentos, dinero, armas y walkie-talkies?

Pero los episodios extraños no terminaron ahí. La mañana del 19 de abril, Il Messagero volvió a recibir una llamada telefónica donde se indicaba que un nuevo comunicado había sido depositado en la plazza Gioacchino Belli, en el conocido barrio de Trastevere. Su contenido era inquietante: los brigadistas anunciaban que Aldo Moro había sido ejecutado, e informaban de que el cuerpo se encontraba en el lago Duchessa, en la “zona fronteriza entre Abruzzo y Lazio”. Sin embargo, los periódicos advertían de que la redacción del escrito había levantado dudas sobre su veracidad[11]. Una sospecha que se reveló fundada cuando, el 21 de abril, los brigadistas negaron la autoría del anterior comunicado y emitieron uno propio, adjuntando al mismo una fotografía del democristiano sosteniendo un ejemplar del diario La Repubblica del día en el que supuestamente había sido asesinado. ¿Qué estaba pasando? Probablemente nos encontremos ante uno de los puntos más polémicos del caso. Y sobre el que recientemente se ha hecho algo de luz: en 2008, el enviado estadounidense del presidente Jimmy Carter, Steve Pieczenick, habló. Experto en lucha anti-terrorista, participó en el comité de crisis encabezado por el ministro del Interior, Francesco Cossiga. Según sus declaraciones, el falso comunicado fue una estratagema diseñada con dos objetivos: concienciar a la sociedad italiana de la futura muerte de Moro, y dejar claro a las Brigadas Rojas que podían matarlo cuando quisieran, dado que el Estado no estaba dispuesto a negociar[12]. Lo que motivó la toma de esta decisión fue la información que el político estaba desvelando a sus captores, algo que fue confirmado cuando se encontró el piso de via Gradoli. El 22 de abril, el Papa Pablo VI, antiguo amigo de Moro, envió un comunicado a las Brigadas Rojas en el que rogaba liberasen al político “sin condiciones”, lo cual, obviamente, no dio resultado.

Moro estaba sentenciado a muerte. Incómodo para muchos, fue abandonado por todos. Sólo Bettino Craxi, líder socialista, pareció interesado en salvarle; una iniciativa más próxima a sus intereses políticos que a los escrúpulos humanitarios. El tono de la correspondencia del democristiano se endureció hacia los miembros de su partido político, cuya intransigencia iba a provocar su ejecución. Harta, su familia rompió relaciones con la Democracia Cristiana el 30 de abril, tras una llamada en la que los secuestradores dieron un nuevo ultimátum ante la negativa a negociar del Gobierno. Pero Andreotti mantuvo su postura y no cedió. El 5 de mayo, Chiavarelli recibió la última carta de su esposo. Era un texto tenso, repleto de rabia y resignación, pero que no por ello renunciaba a señalar culpables, “querría que quedase bien clara la plena responsabilidad de la D.C. con su absurdo e increíble comportamiento”, ni a enviar un último gesto de afecto a su familia, “a ti y a todos un calurosísimo abrazo lleno de amor eterno”. La misiva terminaba con una última acusación: “El Papa ha hecho muy poco: quizá no tenga escrúpulos”[13]. Suponemos que a Moro no le habría gustado saber que fue el pontífice, Pablo VI, quien presidió su funeral de Estado el 13 de mayo. Una ceremonia a la que no acudieron ni su familia ni otros miembros de la sociedad italiana favorables a haber entablado unas negociaciones que le habrían salvado la vida[14].

  
 
El 6 de mayo se recibió el noveno y último comunicado de las Brigadas Rojas, donde explicaban que, tras haber sometido a Moro a un proceso popular, había sido condenado a muerte y se disponían a ejecutarle. El texto criticaba duramente las medidas tomadas por las fuerzas de seguridad para encontrar al político, a las que acusaba de emplear métodos propios de las SS nazis y de haber contado, en su persecución contra comunistas, “con la sucia colaboración de los berlinguerianos”[15]. Parecía que ya no quedaba esperanza. Y así era.

La mañana del 9 de mayo de 1978 anunciaba la llegada de la primavera romana, una estación capaz de realzar, todavía más, la belleza de la capital de Italia. Parece que el tiempo no siempre acompaña a los acontecimientos siniestros. Quizá pensaron algo así los brigadistas alojados en via Montalcini. En esa céntrica calle de la ciudad se ultimaban los preparativos para asesinar a Aldo Moro. Habían sido cincuenta y cinco días de cautiverio, de noticias contradictorias, de pistas falsas y esperanzas vanas. Desde el zulo donde fue encerrado, sus captores lo condujeron al garaje y le metieron en el maletero de un Renault 4. Allí dispararon dos ráfagas, con un total de once disparos, que pusieron fin a su vida. Acto seguido, coche y cadáver fueron abandonados en la via Caetani, un punto simbólicamente intermedio entre la sede de la Democracia Cristiana, situada en la Pizza del Gesù, y la del Partido Comunista de Italia, en via delle Botteghe Oscure. Las imágenes del descubrimiento del cuerpo todavía impresionan. Un remolino de gente alrededor de un coche. Un maletero que se abre y deja ver el cuerpo del político, encogido y tapado con una manta. En medio de la confusión, un jesuita que se acerca y bendice los restos mortales. Así finalizó el secuestro y comenzaron los interrogantes. Como decía Ennio Flaiano, en Italia la distancia más corta entre dos puntos es el arabesco.


 
Silvia Nieto Ridruejo

Silvia Nieto Ridruejo

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