Balas de Plata

Balas de Plata

Álvaro Petit Zarzalejos, es periodista y escritor. Fundador y editor de Ritmos 21 de información y análisis cultural, ha entrevistado a algunas de las personalidades más relevantes de la cultura española de los últimos años. Como escritor, ha publicado el poemario Once Noches y Nueve Besos (Ediciones Carena 2012) y Cuando los labios fueron alas (Ediciones Vitruvio).

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Verónica Lake, auge y caída de un mito de los 40

La Historia a menudo es injusta; recuerda a quien habría que olvidar, y condena al injusto ostracismo a quienes deberían seguir presentes. Tal es el caso de Verónica Lake, a quien no se hizo justicia en vida y tampoco tras su muerte. Actriz deslumbrante, femme-fatale, icono... Lake lo fue todo en el Hollywood de los 40, y alcanzó la nada. Quizá fuese injusto, o quizá fuese el único final del camino que emprendió para llegar a ser un mito.
Intentar trazar una historia del Hollywood de los años 40; del Hollywood clásico es una tarea casi imposible. Son legión las informaciones cruzadas sobre uno y otro aspecto, sobre la producción de una película (siempre tormentosa en aquellos años) o los flirteos de tal o cual estrella con drogas, alcoholes y vaya usted a saber qué más. Quizá la única forma cuerda de intentar dibujar un perfil, por muy somero que éste sea, del Hollywood clásico sea a través de quienes lo hicieron posible, como Verónica Lake.
 
Lake es una de las muchas estrellas de aquellos años a las que la Historia no ha respetado, condenándola prácticamente a un ostracismo injusto, lo que no deja de ser curioso cuando si por algo son conocidos los años 40 hollywoodienses es precisamente, por Verónica Lake; el mayor icono de aquella época.
 
Neoyorquina de nacimiento, bautizada con el nombre de Costance Frances Marie Ockelman, se dejan ver en su rostro a primera vista los rasgos alemanes heredados de su padre, descendiente de germanos. Pero poca fue la relación que Lake tuvo con su padre ya que éste, trabajador de una petrolera, falleció cuando ella tenía tan solo 9 años. Su madre, Costance, se casó pronto con un amigo de la familia y Verónica fue enviada a un colegio en Montreal, colegio que odió hasta el día en que se trasladaron a Florida. Y en su niñez comienza lo que será una constante en la vida de Lake: la leyenda negra. Se dijo en los mentideros y cenáculos de Hollywood que siendo niña le fue diagnosticada esquizofrenia paranoide, aunque nunca hubo pruebas de ello.

Verónica Lake y Joel MacCrea en Los Viajes de Sullivan
 
En 1914, comenzó a despuntar con su aparición en Vuelo de águilas, en la que interpretaba un papel secundario pero en la que se esmeraba sobremanera en robarle planos al resto de compañeros. Tras algunas películas más, su consagración definitiva le llegó con Los viajes de Sullivan, El Cuervo (genial película de Alan Ladd), Me casé con una bruja (que inspiraría la famosa serie de los 60, Embrujada), La llave de cristal  y Sangre en Filipinas.
 
Me casé con una bruja fue, sin duda, la que más fuerte pegó en la industria. En el siglo XVII, Jennifer es acusada de brujería y cuando está sintiendo ya el calor de las llamas de la hoguera, maldice a su acusador con un hechizo por el que él y todos sus descendientes serían infelices en sus matrimonios. En 1943, Wallace Wooley, candidato a gobernador, está preparando su boda con Estelle Masterson. Un rayo cae entonces junto al árbol en el que fue quemada la bruja y Jennifer despierta. Su objetivo será arruinarle la vida a Wallace. Y algo parecido ocurrió durante el rodaje. Fredric March (Wallace Wooley) sufrió la omnipresencia de Lake (Jennifer) en todas las escenas y partes del set. Hasta tal punto llegó su irritación que se refería a la película como I married a bitch (Me casó con una zorra). De hecho, nunca más volvieron a trabajar juntos.

Lake en el póster promocional de Me casé con una bruja
 
Un auténtico fenómeno de masas fue el dúo Verónica Lake – Alan Ladd. Ambos lograron ser la pareja artística por excelencia de Hollywood. Rodarían cuatro películas juntos y protagonizaron centenares de portadas. Lake pronto se convirtió en un icono. Su larga melena rubia, su figura, su voz grave, hicieron de ella la viva imagen del cine negro de los 40. La perfecta femme-fatale.
 
Tal fue el esplendor de Lake, que el Departamento de Estado de los Estados Unidos tuvo que intervenir. A raíz de una foto publicitara de Lake con su famoso peinado (llamado peekaboo) todas las jóvenes norteamericanas (y no norteamericanas) la imitaron. El Departamento de Guerra exigió a la productora Paramount, responsable de la carrera de la actriz, que prohibiera a Lake aparecer con su famoso peinado ya que, al taparles un ojo, las trabajadoras de las fábricas de armamento sufrían accidentes y cometían errores en sus labores. Aunque este no fue el único contacto que Lake tuvo con el Ejército: por referéndum, los militares estadounidense la declararon la estrella femenina más popular y los marines que descubrieron una isla al sur del Pacífico, la bautizaron como la Isla Verónica, en honor a la actriz.



A partir de 1952, después de haber dado a luz a su cuarta hija y de haberse enfrentado en los juzgados a su madre, comenzó el declive de Lake. Se divorció de André de Toth (director de cine), entró en bancarrota, malvivió en pensiones de poca monta y fue arrestada por escándalo público y embriaguez, en numerosas ocasiones.

Verónica Lake había desaparecido. Hasta que una periodista la encontró en un hotel de Manhattan trabajando como camarera. Este hecho, aún siendo nefasto para la imagen de Lake, la ayudó a volver al candelero protagonizando un film de pésima calidad y haciendo apariciones en televisión. 
 
Pero aquella mujer no era la que había encandilado a todo Estados Unidos. Su sombra si acaso, pero no Verónica Lake, o quizás fuese el final del camino que exigía ser Verónica Lake… En cualquier caso, nunca fue la misma. De hecho en los 60 fue recluida en un hospital psiquiátrico por paranoia; aseguraba estar siendo investigada por el FBI.
 
Escribió su autobiografía, Verónica que recibió buenas críticas y le granjeó una buena cantidad de dinero. Pero ya nada era lo mismo. Se volvió a casar, esta vez con un capitán de barco (que ni se imaginaba que aquella mujer era la gran Verónica Lake), pero enseguida se divorció.
 
En 1973 falleció, a la edad de 50 años, por hepatitis e insuficiencia renal derivadas de su alcoholismo. Sus cenizas fueron esparcidas por las Islas Victoria. Tiene una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, a la altura del número 6918 del Hollywood Boulevard. Allí se la recuerda "por su contribución a la industria del cine".
 
"Nunca deseé ser una estrella, nunca me lo tomé en serio. No podía vivir, no podía soportarlo, odiaba ser algo que, en realidad, no era. De haberme quedado en Hollywood habría terminado como Alan Ladd y Gail Russell: muerta y enterrada. Aquella ciudad de ratas los mató y sé que también me habría matado a mí". Así se expresaba la propia actriz en su autobiografía.
 
A su descomunal virtud actoral, se unió en Lake un carácter difícil y rebelde, con tendencia al exceso y megalómano que truncó su carrera cuando ésta estaba en pleno esplendor.
 
"He llegado a un punto en mi vida en que son las pequeñas cosas las que importan. Siempre fui rebelde y, probablemente, podría haber llegado mucho más lejos si hubiera cambiado de actitud. Pero cuando lo piensas bien, has llegado lo suficientemente lejos sin el cambio de actitud. Estoy feliz con eso".

Verónica Lake y su famoso peinado traspasaron todas las barreras; quedaron para la posteridad.

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