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Entrevista a Eloy Sánchez-Rosillo

"La poesía ahora y siempre ha servido para vivir, para sobrevivir"

Foto: Juan Ballester

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Lector empedernido de Giancomo Leopardi, Eloy Sánchez-Rosillo (Murcia, 1948) se alza hoy como una voz poética consolidada; como un maestro. Su poesía, en la que ha puesto "todo lo que soy, toda mi ilusión, toda mi voluntad", es una de las grandes aportaciones de los últimos años. Como poeta ha publicado una decena de títulos, de entre los que destaca el ya mencionado "Maneras de estar solo" que le mereció el Adonais 1977; su primera obra con la que irrumpió con fuerza. Además, ha publicado el ensayo, que fue su tesis doctoral, La fuerza del destino; vida y obra de Luis Cernuda (Universidad de Murcia, 1992) y ha traducido una antología poética de Leopardia, (Pre-Textos, Valencia 1998 y reditada en 2004). Además, ejerce la docencia en la Universidad de su ciudad natal. 

P. La primera pregunta, complicada: ¿defina su poesía?

R. Empieza usted muy fuerte, amigo. Eso es mucho pedir. Escribo mis poemas como sé y como puedo, pero definir lo que escribo me parece que no es cosa mía. Nos llevaría demasiado lejos sin ir a ninguna parte. Estoy demasiado implicado en mi poesía como para poder definirla con objetividad. Lo que sí puedo decirle es que pongo en ella todo lo que soy, toda mi ilusión, toda mi voluntad de hacer.
 
P. ¿En donde hunde sus raíces la poesía de Eloy Sánchez Rosillo?
R. En la vida. Esa es su tierra nutricia, y no podría ser de otra forma. Si la poesía no está enraizada en la vida es sólo "cosa mentale", o un jueguecillo sin más.
 
P. En su poesía se da algo que a primera vista –o lectura– choca enormemente: la muerte da paso a la vida.
R. La muerte es una parte misteriosa de la vida. No hay en mi sentir solución de continuidad entre una y otra. Todo en la vida es asombro y todo está por ver.

P. Hablando de la muerte, buena parte de sus poemas están transidos por un tono elegíaco. ¿Por qué la muerte está tan presente en su obra?
R. No sé. Quizá porque tuve una experiencia de ella muy temprana e intensa. Mi padre murió cuando yo tenía siete años. Pero no creo que en mi poesía tenga demasiada presencia la muerte. Las elegías de mi primera etapa, en el fondo, son con mucha frecuencia diferidas celebraciones. Mi poesía no trata de la muerte, sino de la vida.
 
P. Por edad, es coetáneo de los novísimos, sin embargo le “encajan” a usted en la poesía de la experiencia, y a mí, que no soy más que un lector, me da la sensación de que su poesía no entra ni en lo unos ni en la otra.
R. Totalmente de acuerdo. Los novísimos siempre me parecieron demasiado exquisitos y relamidos, con presuntuosos pujos culturalistas un tanto pueblerinos e ingenuos, y los de la poesía de la experiencia, en general, resultan por el contrario excesivamente romos. No me veo en absoluto en ninguna de esas dos tendencias. Creo, por otra parte, que ningún poeta que escriba con autenticidad puede identificarse nunca con maneras ni etiquetas de un momento.
 
P. ¿Cómo ha cambiado el poeta que ganó el Adonais por Maneras de estar sólo en 1977?
R. No sé. El poeta, en circunstancias normales, se va enriqueciendo en el transcurso de su existir por la experiencia que va adquiriendo de la vida y de la poesía. Ojalá fuera ese mi caso. El poeta que ahora soy procede sin duda del que fui al comienzo, pero entre ambos hay un largo camino.
 
P. Luz, noche y milagro son, a mi modo de ver, tres elementos que han perdurado en su obra, ¿puede explicarnos qué significa cada uno y por qué están tan presentes?
R. Parece que habría contradicción entre la luz y la noche. Se dice que la luz es clara y la noche oscura, pero no es así. Las noches, incluso las más cerradas, están también llenas de luz, una luz negra centelleante. Todo lo vivo es luz. Y la luz es milagro.
 
P. Como lector, percibo en su obra una evolución desde aquel libro primero hasta ahora, pero pausada, como cocinada a fuego lento, ¿cómo percibe usted su evolución?
R. De la misma manera que usted, precisamente. No se pueden producir de otra forma los cambios naturales, verdaderos y hondos. Las mutaciones súbitas se deben a traumatismos, a cataclismos o a cambios aparentes, es decir, a simples camelos. El poeta auténtico se transforma lentamente y hay que observar sus cambios en un arco de tiempo amplio, no de un día para otro. Si un poeta cambia de la noche a la mañana y cada noche y cada mañana, será un simple cantamañanas (y nunca mejor utilizado el término) o un prestidigitador, pero no un poeta.
 
P. ¿Y la metáfora? Ha hecho de ella un símbolo.
R. Yo no busco la metáfora en sí misma ni echo mano deliberada de ningún otro útil retórico. Todo vale si te sirve para decir verdaderamente algo. Pero éstas son cosas que brotan por sí solas en el trascurso de la creación de un poema, sin que el poeta las premedite o se las proponga. Para contestar un poco a su pregunta, le diré que en el fondo toda metáfora certera y honda es también un símbolo. La metáfora superficial es sólo un adorno que puede restar más que sumar.
 
P. Ahora que, según parece, todo debe ser práctico, ¿para qué sirve la poesía?
R. Ahora y siempre ha servido, y mucho, para vivir, para sobrevivir. Nadie puede respirar en este mundo sin poesía, aunque no haya leído nunca un libro de poemas.
 
P. ¿Qué poetas le han traído hasta aquí?
R. Todos los que han llegado a mi conocimiento y han hecho algo que merezca la pena, desde Homero hasta hoy mismo. En realidad, no son legión, aunque tampoco escaseen. Los que sí forman una interminable caterva son los falsos poetas, los impostores. Pero la falsedad se da en todos los ramos de la actividad humana (médicos, sacerdotes, carpinteros, electricistas). Los que no hablan por hablar son siempre menos que los que lo hacen sin parar y a tontas y a locas.

 
El poeta, el tiempo y la inspiración
 
P. ¿Qué es la poesía?
R. Un mirar con asombro el misterio del mundo, y el tratar de decir esa perplejidad sin que ésta pierda intensidad, es decir, que la palabra poética, si está viva y bien puesta en su sitio, ya no es palabra, sino que se hermana con la cosa misma.
 
P. ¿El poeta nace o se hace?
R. El poeta es, existe, al igual que un árbol, una montaña o un río. No podemos decir propiamente que nazca ni que se haga. Todo ello está en su ser entremezclado.
 
P. ¿Puede existir poesía sin sentimiento; una poesía exenta?
R. Como poder existir, por supuesto que sí. Y la hay a espuertas. Pero se trata de una poesía de pacotilla. La mayor parte de la poesía que se publica es sólo eso, pacotilla, calderilla. La poesía verdadera es sentimiento, emoción.
 
P. ¿Está todo inventado en la poesía?
R. Todo inventado y todo por hacer, paradójicamente. La poesía de cualquier poeta genuino tiene que sonar a la poesía de siempre, pero lo que en ella se nos diga tiene que surgir de un brotar único y estar dicho por primera vez.

P. ¿Es la poesía un exilio interior o la repatriación de uno mismo?
R. La poesía es vida y naturalidad, sin más. Todo eso de exilio y repatriación me suena a chino. 
 
P. ¿Cómo saber si un poema es bueno o malo?
R. Se nota enseguida. No hay ningún problema. Resulta tan sencillo como saber si la muchacha que pasa por nuestro lado es guapa o fea. El buen poema atrae y conmueve, hechiza y zarandea con fuerza el alma y el cuerpo (también el cuerpo); el malo nos deja indiferentes.
 
P. ¿Cree en la inspiración? ¿Qué es? ¿Viene sola o hay que llamarla?
R. Por supuesto que creo. Es más, como he dicho en otras ocasiones, la poesía se dice a sí misma y el poeta no es más que un colaborador entusiasta, que la ayuda a ser del todo como ella quiere ser al materializarse en forma de poema sobre un papel. La poesía viene cuando quiere, pero el poeta tiene que estar siempre ahí, atento y disponible, las veinticuatro horas del día, por si a ella se le ocurre llegar. En esto no hay vacaciones ni puede haber distracciones prolongadas. Si uno no está atento, no oye, y entonces la poesía pasa de largo y se va con su música a otra parte.
 
P. ¿Por qué se recuerda a los poetas?
R. Porque nos revelan mundos y hablan con nuestra propia voz (pero de manera esencial, irrepetible y fascinante). Sus libros no tratan de ellos mismos (aunque también traten de ellos), sino de todos y de cada uno. Y de todo.
A.Petit (@apetitz)/ Foto: Juan Ballester

A.Petit (@apetitz)/ Foto: Juan Ballester

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