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Entrevista a Javier Almuzara

"Escribo lo que me gustaría leer y leo lo que me gustaría haber escrito"

Foto: M.Polledo

Foto: M.Polledo

Foto: M. Polledo
Un hombre que no olvida la tradición que le precedió y que tampoco se resiste al tiempo que le toca vivir. Javier Almuzara (Oviedo, 1969) es ése hombre. En su poesía, breve y contundente, rezuma la tradición bien servida. Horacio, sobre todo. Pero también es testigo fidedigno de los días que pisa y respira.
 
Autor de, entre otros, los poemarios El sueño de una sombra (Libros del Pexe 1990), en el que sorprendentemente Almuzara combina las tankas japonesas con el epigrama clásico; Por la secreta escala (Renacimiento, 1994) en el que se descubren, además de a Horacio, a otros poetas como Borges, Machado, Fray Luis… Por Constantes Vitales (Visor, 2004) ganó el II Premio Emilio Alarcos. Nuestro entrevistado, que este año ha publicado una antología – Quede Claro#60;/i>, Renacimiento, 2014 -, es voz imprescindible de la poesía con hondura dentro del panorama nacional actual. 

P. El primer calificativo que surge al pensar en su poesía es claridad. Su poesía es sumamente clara pero, ¿es buscada esa claridad, se esfuerza por que el lector entienda el poema?
R. La claridad no es solo la más evidente cortesía del escritor, sino también una prueba palmaria del trabajo bien hecho. Si no saco nada en limpio tras el proceso creativo, iniciado para aclarar mis ideas y emociones, abandono el poema, antes de ofender la inteligencia de mis lectores con uno de tantos borrosos borradores balbucientes, inarticulados testimonios de impotencia verbal. No hay que privar al lector del gozoso esfuerzo de perspicacia necesario para penetrar el misterio último del poema, pero tampoco ahorrarnos el trabajo de encriptarlo cabalmente. La claridad bien entendida es solo un misterio bien disimulado.
 
P. Unos moldes clásicos con raíces horacianas es la impresión de este lector al leerle. ¿Dónde hunde sus raíces la poesía de Javier Almuzara?
R.Todo creador se entronca, consciente o inconscientemente, en una tradición. No soy más dinástico, por clasicista, que los poetas enraizados en una línea de vanguardia. Simplemente ellos tienen otros referentes. El problema surge con los que ignoran la propia familia creativa o confunden ir a su aire con ir solos. Se irán por las ramas, imitando mal a sus secretos modelos, al desconocer los hallazgos troncales de ese árbol familiar. El mío es frondosísimo, de línea clara y oficio consumado, una exigente estirpe a la que espero no defraudar ni preveo traicionar: Safo, Horacio, Li Po, Jayyam, Garcilaso, Fray Luis, Machado, Borges, d’Ors…
 
P. El otro día, comentando con un amigo publicista que estaba preparando esta entrevista me comentó que su poesía tiene un parecido con la publicidad: ambas aspiran a ser memorables.
R. La poesía que me gusta aspira a ser memorable, contundente, precisa, sugestiva y radical. Todas son virtudes publicitarias, aunque nosotros trabajemos a menudo por amor al arte. Asumiendo que la poesía no tiene gran salida comercial, creo que ofrece algo básico. Yo la vendería como el arte de revelarnos algo esencial sobre nosotros mismos que no sabíamos que sabíamos.
 
P. “Mis libros están en los huesos porque se alimentan de tiempo”, dijo usted de su obra...
R. Me refiero a su brevedad —cada vez más cuestionable— y al protagonismo indiscutible de la muerte en mi obra. El cese definitivo es algo recurrente cuando hablamos de la vida a largo plazo, que es lo único que me importa. Respecto a la brevedad, pienso en ella como una consecuencia natural del trabajo bien rematado. Cuando me piden un texto con urgencia siempre me disculpo por su extensión. Abreviarlo llevaría mucho más tiempo.
 
P.  La brevedad ¿tiene que ver con su intensidad?
R. Eso espero, porque la brevedad en sí misma solo es un indicio positivo, una huella superficial de la deseada hondura.
 
P. ¿Qué queda de aquel poeta que publicó El sueño de una sombra, (Oliver, 1990) y que ahora publica Quede Claro?
R. Queda el respeto y la entrega al oficio; la ambición de la palabra justa que dice exactamente lo que quiere decir y sugiere nítidamente lo que sabe callar; la voluntad de hacer tiempo en el mínimo espacio del verso para ganarnos el derecho a que la vida no se pierda; y el compromiso de hablar de lo de siempre y de hacerlo, en el tono de hoy, a la altura de los de siempre.
 
P. En Constantes Vitales (Premio Emilio Alarcos 2003), además de la consabida influencia horaciana, prorrumpe un tono elegíaco, como de homenaje, que sorprende vivamente al lector.
R. La muerte ha tenido protagonismo en mi obra desde el principio. Se trata sin embargo de una notoriedad contradictoria, porque es el radical enemigo de todo esfuerzo creador, pero sin su íntima amenaza nunca habría hecho nada. Como el aire que molesta al pájaro en la paradoja de Kant, lamento de continuo su presencia, aunque sin ella no podría volar.
 
P. En Por la secreta escala  (Renacimiento, 1994) el lector puede ver una línea poética marcada por Horacio, Machado y Jorge Luis Borges, ¿son estos sus maestros?
R. Escribo lo que me gustaría leer y leo lo que me gustaría haber escrito. Los créditos de mis influencias literarias son interminables. Admiro a todos los que han entendido el oficio como un baluarte contra la seducción del caos, la falacia patética y la supersticiosa oscuridad, los que no se engañan y prefieren ver heridas que fantasmas, los que buscan en la poesía el vuelo de la razón, una alta forma de pensar las emociones y sentir el pensamiento que nos da de lleno en el corazón porque apunta directamente a la cabeza.
 
P. ¿Qué poemas le han llevado hasta aquí?
R. Más que poemas, han sido convicciones poéticas; sobre todo la certidumbre de su naturaleza musical. Si la música es poesía sin palabras —al menos puede prescindir de ellas—, la poesía es música sin notas —que también son accesorias—. No hay poesía sin ritmo, aunque pueda carecer de métrica, que solo es una forma de medirlo. Y esa música verbal es el arte de llamar a las cosas por su nombre. Nada está dicho si no queda bien dicho. A lo largo del tiempo hemos buscado la forma de enmendarle la plana al plano diccionario para darle brillo al idioma común y hacernos ver, asombrados de nuevo, un mundo tan viejo como asombroso. Esa es la labor de la poesía: bautizar la realidad y consagrar la imaginación con el certificado de la credibilidad.
 
P. Su última obra, la antología Quede Claro (Renacimiento, 2014) ¿no es una forma de evitar el olvido?
R. Naturalmente. El olvido es la muerte de cuanto no está sujeto a obligada caducidad. Sé que no puedo aferrarme a mi vida de por vida, pero puedo dejar constancia de sus glorias y miserias, alegrías y derrotas para que mi muerte no tenga la última palabra respecto a mí y todo lo que amo.
 
P. La crítica le ha calificado como un poeta formal, de tradición y de formación neoclásica, ¿está de acuerdo?
R. No soy un poeta formal, sino alguien que no ignora las formas y recursos expresivos de su trabajo y sabe usarlos, cosa inhabitual en el gremio. No conozco otro caso de mayor ineptitud colectiva, donde el desconocimiento del oficio pase con más frecuencia por liberación creativa. Lo que busco en poesía, como creador y lector indistintamente, es un equilibrio clásico: ligereza sin frivolidad y gracia sin vulgaridad, ambigüedad sin confusión y hondura sin hermetismo, inteligencia sin aridez y emoción sin patetismo, biografía sin banalidad y trascendencia sin afectación. Dánosle hoy un discurso ordenado y lúcido, preciso y bello, claro y sugerente, no balbuceos chamánicos ni circunloquios etílicos, ni egotistas logorreas, ni puzles semánticos. Creador, líbrame de la incompetencia lingüística disfrazada de experimento gramatical y aparta de mí el cáliz de la pereza mental servida como hallazgo surrealista.
 
P. Usted, que reconoce su amor por Horacio, ¿quiere como aquel convertirse también en estatua de sí mismo?
R. En un poema titulado Ad maiorem gloriam me burlaba a conciencia de esa ambición, reconociéndola tácitamente. No quiero ser estatua de mí mismo, quedarme de piedra ante la posteridad, sino prolongar mi vida cuanto sea posible, en verso y alma, más allá de mis consabidos límites. No pretendo ser una efigie, un simulacro de inmortalidad, sino ser inmortal. Pido lo imposible, lo sé, pero puestos a ser ambiciosos, seámoslo por todo lo alto, para que el seguro fracaso tenga al menos cierta grandeza.
 
 
El poeta, el tiempo y la inspiración
 
 
P. ¿Qué es la poesía?
R. La poesía es música que piensa.
 
P. ¿El poeta nace o se hace?
R. El poeta pace; es decir, lee, que es la única forma de tener algo en verdad original que decir y de aprender a decirlo como nadie.
 
P. ¿Puede existir poesía sin sentimiento; una poesía exenta?
R. Habiendo tanta sin cabeza, todo es posible.
 
P. ¿Está todo inventado en la poesía?
R. Todo está dicho y todo queda por decir. Nuestra mala memoria justifica esa paradoja. Los temas esenciales, además, no cambian. Decimos sus verdades de ayer en el dialecto de hoy. Si queda bien dicho, seguirá emocionando mañana. Eso es todo. Nada nuevo será bueno si no resulta duradero.
 
P. ¿Es la poesía un exilio interior o la repatriación de uno mismo?
R. Al contrario. Hable de lo que hable siempre hablo de mí mismo y, si lo he hecho bien, me lea quien me lea siempre se leerá a sí mismo. Los mejores poetas no hablan de lo que les diferencia de sus lectores, sino de cuanto les identifica con ellos.
 
P. ¿Cómo saber si un  poema es bueno o malo?
R. Leyéndolo en voz alta. Si uno no se siente ridículo, es bueno.
 
P. ¿Cree en la inspiración? ¿Qué es? ¿Viene sola o hay que llamarla?
R. La inspiración existe e insiste. No hay nadie tan infeliz que no tenga al día dos o tres ideas felices. En último caso, la inspiración es una cuestión de hábito y método. Para empezar, basta con una mirada inquieta y un cuaderno a mano.
 
P. ¿Por qué se recuerda a los poetas?     
R. Por el estilo, que es el nombre más elegante de sus limitaciones.
A.Petit (@apetitz)/ Foto: M. Polledo

A.Petit (@apetitz)/ Foto: M. Polledo

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