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Entrevista a Luis García Montero

"La poesía es un ejercicio hospitalario"

¿De verdad es necesario hacer una presentación de Luis García Montero? Es difícil que haya alguien - lector o no de poesía - que no sepa quién es, pero por si hubier alguno diremos que nuestro entrevistado es poeta - y no un poeta cualquiera - y catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada, ciudad en la que nació en 1958. Él y su obra son, sin duda, uno de los logros poéticos contemporáneos en España. Pocos poetas han dejado la huella que ha grabado García Montero en la literatura contemporánea española; sus lectores sin innumerables, al igual que lo son los poetas que, orgullosos, reconocen en su obra el magisterio del poeta andaluz. 

Premio Nacional de Literatura, Premio Nacional de la Crítica, Premio Adonais y suma y sigue. Tiene en su haber once libros de poemas, varios de ensayos y tres novelas. Estamos ante una figura clave. Empecemos pues, sin más demora.

P. Su trayectoria poética comienza con
Y ahora ya eres el dueño del puente de Brooklyn… Mucho cine negro, mucha novela, mucha vanguardia… ¿se reconocería hoy en ese libro?
R. Hace 35 años de su publicación, qué barbaridad. En el libro respiro el ambiente de una época, la atmósfera cultural y política de la Universidad en la que estudié. Mi poesía fue después por otros caminos. Me reconozco sobre todo en la inquietud del poeta que está buscando su mundo, la intemperie que uno siempre vive en la escritura. Esa inquietud ahora me afecta también porque no he perdido la conciencia crítica. Lo melancólico es que el miedo mayor a estas alturas está en no repetirse. Antes se trataba de encontrar en un cajón vacío, ahora se trata de encontrar en un cajón demasiado lleno.
 
P. Un libro, que por cierto, he intentado comprar y se ha convertido poco menos que en una joya bibliográfica…
R. Cosas de la edad y de la rareza editorial. Apareció en una colección Universitaria, con un diseño muy hermoso del pintor Julio Juste.
 
P. Se vinculó con La otra sentimentalidad, ¿una sentimentalidad a la manera de Juan de Mairena de Machado?
R. Los sentimientos son tan históricos como una batalla o una Constitución. Machado advirtió en época de vanguardias que los cambios poéticos no aparecen por juegos formales sino por una transformación en los sentimientos. Sigo creyendo en eso. A principios de los 80, a mis compañeros y a mí nos interesaba afirmar que la democracia no es sólo votar cada 4 años. Queríamos cambiar las costumbres heredadas del nacionalcatolicismo, lo que significaba el amor, la sexualidad, el miedo… El compromiso lo fijamos en la emancipación sentimental. Eso, además, nos permitía salirnos de la dinámica de los panfletos políticos o de los excesos pedantes del culturalismo.
 
P. Y de aquella sentimentalidad, a la poesía de la experiencia en la que le encuadran ahora, ¿fue la primera, barrunto de la segunda?, ¿en qué se diferencian?
R. Bueno, el lema de poesía de la experiencia nos lo aplicó después la gente y de forma peyorativa. Partidarios de la retórica culturalista, le parecía muy mal la poesía realista. Yo le he tomado al final cariño a la expresión, pero debido a la abundancia de críticas. No se me ocurrió nunca firmar un manifiesto a favor de una poesía de la experiencia. Sí es verdad que las apuesta de la otra sentimentalidad, en su interés de elaborar la vida cotidiana y el lenguaje de la gente para convertirlos en poesía, conectó bien con el esfuerzo de los años 80 por superar la pedantería culturalista de los novísimos y entrar en diálogo con autores como Blas de Otero, Ángel González, Jaime Gil de Biedma o Francisco Brines.
 
P. Ha compaginado su actividad poética con la de teórico… Le hago una pregunta que, creo, le hace también su mujer: ¿de qué va vestido, de poeta o de catedrático?
R. En la mirada del poeta es inseparable la práctica y la teoría. Uno se plantea siempre no ya por qué se escribe, sino qué hacer al escribir. Los tiempos del buen salvaje son una quimera. Lo que sí es conveniente es tomar conciencia del género que se practica. Es muy pedante vestirse de catedrático cuando se escriben versos o vestirse de poeta cuando se da clase para no tener así que leerse la bibliografía. A mí me ha interesado formar mi conciencia cívica con las lecciones de la poesía. Eso me ha hecho meditar en lo que escribo y en lo que vivo.
 
P. Por El jardín extranjero, ganó el Adonais. ¿hubo un antes y un después de el premio?
R. Sí, los premios no hacen mejor un libro, pero ayudan a dar a conocer la poesía. Ese libro, por ejemplo, lo leyó y me lo presentó en Madrid Rafael Alberti, y escribió sobre él Aurora de Albornoz. Fue para mí un espaldarazo importante, porque me hizo comprender que escribir es una responsabilidad.
 
P. Ese libro me gusta especialmente, porque me da la sensación, como lector, de ser un libro de transición entre esa juventud de novela negra y Foucault del primer libro y la poesía de madurez que vendría después ¿es cosa mía?
R. Estaba buscando mi mundo, desde luego. En 1982 empezaba a distanciarme de los tonos vanguardistas. Sigo admirando las vanguardias, pero ya no soy creyente. Empecé a acercarme a la música del pensamiento, a los recursos narrativos, y me encontré con la posibilidad de usar metáforas de origen vanguardista para tensar los tonos más coloquiales. Intenté unir el canto y el cuento.
 
P. Hablando de premios. Usted es jurado en numerosos certámenes, ¿son un “mal necesario” como he leído por ahí?
R. Los premios han hecho mucho bien en la poesía. La mayoría de los poetas jóvenes de más valor se han dado a conocer gracias a los premios. Eso les ha permitido publicar por primera vez en editoriales con difusión y prestigio. Creo que han hecho mucho bien por la poesía editores como Jesús Munárriz, Chus Visor o Manuel Borrás que se han interesado por la poesía joven a través de los premios. Fue el modo de compensar la búsqueda literaria con las necesidades económicas, porque no se nos olvide que una editorial, hablo de editoriales serias, es siempre una empresa económica. Después, claro, está la maledicencia: quien gana un premio considera con toda justicia que es mérito propio. Quien no gana, piensa que el jurado un malechor. Yo soy jurado en algunos premios de Visor y en el Hiperión. Nunca nadie me ha presionado para votar. Tengo más anécdotas de amigos enfadados por no ganar, que de gente agradecida por el premio.
 
P. Siempre cae la piedra del amaño sobre los premios, pero uno nunca sabe si quien la tira es un poeta desdichado… ¿qué cree usted?
R. Pues ya te he dicho… A mí se me ha acusado hasta de manipular premios como el Nacional que tiene un jurado de diez o doce personas. ¡Qué poder! La gente tiene mucha más imaginación para la maldad que para la generosidad. Pero de verdad, los premios han servido de animador cultural, por eso valen la pena, y los jóvenes se dan cuenta de esto en la crisis que padecemos, cuando las inversiones en cultura y las cuentas de las editoriales se desmoronan.
 
P. Este año se ha reeditado Habitaciones Separadas, ¿diría que es su mejor libro?
R. Es un libro que leo con menos inseguridad que otros. Por eso le soy leal. Uno no se lee a sí mismo, a menos que sea idiota, con ojos de admiración. Siempre aparecen los ojos de corrector. Tengo la sensación de que en Habitaciones separadas maduré la melancolía optimista que intento buscar en mis poemas como diálogo entre la lucidez y el deseo.
 
P. Vista Cansada es otro de sus títulos más famosos. A mí me pareció más “cerrado” si puede decirse así. Como si fuera el resultado de un gran hartazgo…
R. Tiene mucho que ver con Habitaciones separadas. A veces me abandono en la conciencia de las limitaciones, en las insuficiencias del lenguaje. Es lo que ocurre en Las flores del frío o en La intimidad de la serpiente. En Vista cansada me enfrento con mis 50 años. Quise escribir sobre un sentimiento concreto: no sólo había pasado el tiempo, sino también la historia. La España de ahora no es la de mi infancia o juventud, ha habido un cambio antropológico que afecta a la propia identidad. Utilicé la melancolía optimista para dialogar entre el pasado y el presente, utilizando mi identidad como cruce de caminos.
 
P. Un invierno propio, para mí, su poemario más comprometido, tratando de la crisis, económica y, sobre todo, de valores…
R. Es que esta crisis no es sólo económica. Es una crisis también política y, sobre todo, de valores. Le pedí a mi equipaje poético que me ayudase en la valoración de la realidad. El frío está ahí, la poesía ayuda no sólo como refugio, sino como una posibilidad de interpretación que va más allá de las coyunturas. Existen medios poderosos de homologación de las conciencias. La crisis actual tiene mucho de eso, de control de conciencias, de apuesta por un mundo sometido al sentido común de los negocios neoliberales. La poesía es una forma de disidencia.
 
P. Como lector, me da la sensación que su poesía viaja en dos direcciones. Desde un mismo punto inicial – el poeta – hacia sí mismo, hacia la intimidad, y, en segundo lugar, hacia la realidad.
R. Creo que es una consecuencia de lo que hablábamos antes sobre Antonio Machado y la sentimentalidad. El individuo responde a una educación sentimental que es histórica. La intimidad tiene por eso una dimensión social y la sociedad sólo existe al encarnarse en individuos concretos. Un desahucio en un problema colectivo, pero la experiencia del desahucio sólo la conoce quien la sufre en sus propias carnes. Me resulta inevitable ir de lo colectivo a lo individual, o de lo individual a lo colectivo, porque eso forma parte de mi concepción de la intimidad.
 
P. Otra nota que percibo en su obra es que sus poemas están construidos desde abajo hacia arriba; desde lo cotidiano hasta la reflexión y la intimidad.
R. Me gusta esa tradición poética abierta por Baudelaire de la persona que va por la calle y mira la realidad y salta de las anécdotas a la creación de un sentido no anecdótico, de calado en la condición humana o en la historia de una época. Pero a veces he necesitado hacer lo contrario, he vivido una idea como experiencia sentimental, y he esperado a encontrar la anécdota capaz de encarnarla en un argumento.
 
P. Ha “huido” de la cursilería y pedantería ¿no? A la manera, esta vez, del recordado Ángel González.
R. Sí, Ángel fue un maestro, alguien muy cercano en la vida y en la poesía. Su capacidad de unir imaginación personal, o mirada propia, y realidad social está en la base de una lección poética muy viva. Él pensaba que la cursilería y la pedantería son dos peligros graves para el poeta. Es que la poesía puede convertir con facilidad en graves errores sus mejores virtudes. El gusto por el lenguaje es bueno. La palabrería, por ejemplo, un horror.
 
P. El uso del lenguaje coloquial en la poesía, dicen algunos que viene a vulgarizarla, ¿está de acuerdo?, ¿antes que la erudición está la comunicación?
R. Nada es más difícil en una obra de arte que la sensación de naturalidad. Esa difícil sencillez que Dámaso Alonso estudió en Bécquer… hacer un poema retórico, rebuscado, es muy fácil, porque a veces el hermetismo o el barroco sirven para esconder la nimiedad. La retórica de lo coloquial exige un esfuerzo más complicado. Claro que el esfuerzo no asegura nada, pero es imprescindible. En mi caso, aposté por entender el poema como un espacio público en el que se cumple un diálogo entre la conciencia del lector y la conciencia del autor. Para eso me es necesaria la elaboración rigurosa de la lengua de todos, de la tribu. No me sirve la recreación de un lenguaje cerrado, entendible sólo para poetas. No creo que haya poesía en eso de “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
 
P. También he anotado, que en su obra el yo poético está como teatralizado, como si cada poema fuera una escena y el yo un personaje…
R. Otra de las enseñanzas de la poesía es que una cosa es el yo biográfico y otra el personaje literario. Para que funcione un poema es necesario que el lector lo habite. La poesía es un ejercicio hospitalario. Si escribo un poema de amor y sólo consigo que se sepa lo que quiero a mi novia, estoy dejando un testimonio biográfico, pero no un poema. De lo que se trata es que el lector reciba el efecto, habite el poema, viva su propia experiencia del amor, y se acuerde de sus novios o de sus novias. Para eso uno debe aprender a modelar su personalidad, a convertirla en un espacio que puedan habitar los otros. Eso es lo que comprendemos al decir que la poesía es también un género de ficción.
 
P. Para esta entrevista me he documentado mucho. No sabe cuánto se ha escrito – y he leído - sobre su obra y su poética. Pero creo que he podido resumirla en una cita de Hölderlin que usted utilizó en La soledad de la serpiente: “Somos una conversación”
R. Gracias, me gusta ese resumen. Ahí está la presencia del otro, la hospitalidad, y la dimensión social del individuo. Y la palabra, hecha para entenderse. Entre el silencio y la utopía de una comunicación perfecta, está la conversación, el entendimiento, las fatigas del poeta.
 
P. O en un verso de Cernuda - ¡el gran Cernuda! – en la Desolación de la Quimera: “recuérdalo tú y recuérdaselo a otros”.
R. Ese poema es una maravilla: “1936”. El encuentro con un luchador norteamericano en la Guerra Civil española. Me gusta que Cernuda, tan huraño siempre, lo llame compañero. Me gusta la necesidad de contar, de contarse la vida, y de recordar el pasado, porque quedarse sin memoria es quedarse sin futuro. Y me gusta que se afirme al final que la dignidad de una sola persona justifique toda la dignidad humana. La experiencia individual sostiene los derechos sociales de las minorías y los derechos civiles de una sociedad. De ahí el orgullo que debe defender siempre la poesía.
 
P. Usted siempre se ha mostrado muy comprometido políticamente. Y se lo digo, en esta entrevista sobre poesía, porque creo que ese compromiso político también está presente en su obra ¿no?
R. Sí, soy un ciudadano, y creo que el descrédito de la política sólo favorece a los poderes establecidos, a los que quieren confundir su interés egoísta con el sentido común. La política es, por el contrario, el sentido de lo común, y en el matiz se juegan el sentido los versos y la convivencia pública.
 
P. Sin panfletismos ni propaganda...
R. Es que un poema no se justifica por sus buenas intenciones, ni un poeta es un divulgador de consignas políticas, o estilísticas, o semióticas, porque panfletos hay de todo tipo. Para eso valen más los artículos y los mítines. La poesía es un diálogo matizado de conciencias, y en la conciencia entra la política, pero no la consigna que se aparta de la propia intimidad. La mayor parte de mi compromiso político se ha dirigió hacia la emancipación de los sentimientos. Hoy eso está en todos los programas políticos (libertad sexual, igualdad de género, respeto a la diferencia). Hace unos años nada de esto era común en las preocupaciones.
 
 
 
EL POETA, EL TIEMPO Y LA INSPIRACIÓN

P. ¿Qué es la poesía?
R. Un ejercicio de conocimiento a través del lenguaje. Importa saber qué decimos cuando decimos “soy yo”.
 
P. ¿El poeta nace o se hace?
R. Pues las dos cosas. Y a veces se deshace también.
 
P. ¿Puede existir poesía sin sentimiento; una poesía exenta?
R. No existe nada sin sentimiento. La apuesta por una poesía de cálculo geométrico siempre fue un tipo de opción sentimental.
 
P. ¿Está todo inventado en la poesía?
R. El mundo da vueltas, la vida y la historia siguen, y la poesía se mueve con ellas. Hay invenciones y suelen deberse más a los cambios de época y a la personalidad a la hora de leer la tradición que a la originalidad. Quien quiere inventarse el Mediterráneo suele acabar ahogado.
 
P. ¿Es la poesía un exilio interior o la repatriación de uno mismo?
R. En la mirada se unen el mundo exterior y el interior. A veces se produce una coincidencia, un sentimiento de verdad. Ese es para mí el lugar de la poesía. Hay exilio, porque se tiene conciencia de las precariedades de la realidad. Hay repatriación, porque se abre una luz momentánea de acuerdo.
 
P. ¿Cómo saber si un poema es bueno o malo?
R. A veces es muy fácil, otras muy complicado. Suelo guiarme por mi instinto, porque es el fruto de una experiencia de muchos años de trabajo y artesanía. Me resulta más fácil admirar un poema de otro, los míos están siempre en revisión.
 
P. ¿Cree en la inspiración? ¿Qué es? ¿Viene sola o hay que llamarla?
R. Soy heredero de Baudelaire y de García Lorca. Creo en la inspiración, pero siempre llega en horas de trabajo. En poesía, se hace el que ha nacido, y nace el que quiere hacerse.
A.Petit (@apetitz)

A.Petit (@apetitz)

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