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Por Aitor L. Larrabide

Gabriel Celaya y Miguel Hernández: dos poetas necesarios

La celebración de centenarios poetas nos permite cumplir, siquiera durante un breve periodo de tiempo, aquel deseo que Miguel Hernández dejó escrito en recuerdo de su llorado amigo Ramón Sijé: Pueblo donde ha nacido y agonizado esta gran criatura: Todos los homenajes que le hagamos se los merece. Procuremos que éstos resulten los más duraderos y de verdad y lo menos teatrales y de relumbrón posibles. Yo sé que él aceptará los mejores y rechazará los otros: que aunque parece que a los muertos todo les da lo mismo, no es así. Y si algunos del cementerio darían las gracias, si pudieran, por verse entre mármoles y hojarascas, otros se indignarían. Ramón Sijé verá desde la tierra que ocupe lo que hagamos por él, y juzgará desde su sombra, y no hablará porque ya su oficio es callar como el de un muerto….
 
En 2010 celebramos el centenario de Miguel Hernández y en 2011 el del nacimiento del guipuzcoano Gabriel Celaya y el de José Luis Cano, director de la revista Ínsula, ambos amigos a su vez de Miguel Hernández. Nos congrega un emocionado recuerdo por el poeta vasco Gabriel Celaya, sobre el que gravita el marbete de impulsor de la llamada poesía social durante la posguerra. Un verso como “la poesía es un arma cargada de futuro”, o cuando maldice la “poesía concebida como un lujo / cultural por los neutrales”, han quedado ambos grabados en el imaginario colectivo durante los años de la Transición, cuando los cantautores y poetas plasmaron las ilusiones y anhelos de todo un país que, entre esperanzado y temeroso, se abría de nuevo a un futuro escrito por su propia voluntad colectiva.
Cuando la figura de Miguel Hernández y, lamentablemente en menor medida, la de Gabriel Celaya forman parte de estudios, tesis doctorales, artículos, etc., cuando ambos autores se han integrado al mundo universitario, creemos que lo verdaderamente importante es no perder la perspectiva de sus obras, ejemplo y lección para todos, como dejó escrito Antonio Buero Vallejo[1] del oriolano, pero también extrapolable al escritor vasco:
 
Me dejan indiferente los análisis de sus obras, la observación de sus presuntos excesos retóricos, porque para mí es Miguel Hernández un poeta necesario, eso que muy pocos poetas, incluso grandes poetas, logran ser. La más honda intuición de la vida, del amor y de la muerte brota de su fuente como de esas otras pocas fuentes sin las que no sabríamos pasar y que se llaman Manrique, o San Juan de la Cruz, o Fray Luis, o Machado... Como ellos, él sobrenadará en el olvido de los años innumerables, sostenido por la realidad esencial de sus “jornaleros”, de su “escoba”, de su “cebolla”, de su “sudor”, de sus “besos”, de su “luz”, de su “sombra”... De todas esas cosas que él ha revelado y que, por verdaderas más que por literarias, me invadían cuando visité su pobre tumba.      
 
Gabriel Celaya y Miguel Hernández es casi seguro que se conocieron en el Madrid inmediatamente anterior a la Guerra Civil. Amigos comunes, inquietudes literarias, estéticas, pero también políticas los unieron en tertulias y conciliábulos diversos en donde artistas, literatos, actores, pintores, escultores, etc., se interesaban por el futuro político del país.
 
Leopoldo de Luis escribió en 1965, en su célebre antología de poesía social española contemporánea, que si la poesía social debiera ser reducida a un sólo nombre por su autenticidad, ése sería el de Miguel Hernández. Y de la semilla plantada por el oriolano germinó la escrita durante la década de los años cincuenta y primeros sesenta por, entre otros, Celaya. No es menos cierto que, como afirma Antonio Chicharro, la poesía social publicada en ese periodo, aparte de requerir estudios sin prejuicios, debe contextualizarse en la España de aquellas décadas.          
 
Homenajes poéticos
 
Celaya, como buen poeta, quiso recordar a su amigo a través de los versos. Dos son los poemas publicados en homenaje al oriolano. La revista Poesía de España, dirigida desde Madrid por Ángel Crespo, incluyó en su número 4, de 1960, un poema de Gabriel Celaya y otro de Emilio Prados, bajo el epígrafe general “En memoria de Miguel Hernández en el 50º aniversario de su nacimiento”. El poema de Celaya llevaba por título “Acuso amor”, y se estructuraba en dos partes numeradas en arábigos. El de Prados, “Voz natural”, dividido en tres partes en romanos. En dicho número colaboraron también Gabino-Alejandro Carriedo, Ángela Figuera Aymerich, José Hierro, José Ángel Valente, Victoriano Crémer, Federico Muelas, Jorge Guillén, José Corredor-Matheos y Ángel Crespo. Las ilustraciones corrieron a cargo de Ricardo Zamorano, y el dibujo de la cabecera fue de Zarco.  
 
Catorce años más tarde, Celaya publicó el conocido poema “Ven, Miguel”, recogido en el número monográfico de Revista de Occidente[2], en octubre de 1974, dedicado a Miguel Hernández.  
 
Textos en prosa 
 
El trabajo ensayístico de Celaya todavía no es muy conocido. Si bien en 2009 Antonio Chicharro editó Ensayos literarios[3], un grueso tomo de más de mil páginas, esta faceta crítica ha quedado relegada por la poética. 
    
La vinculación de Celaya con Alicante se remonta a sus colaboraciones en las revistas Verbo y Bernia, en 1948[4] y 1952[5], respectivamente. En Verbo seguirá colaborando entre 1953[6] y 1954[7]. En 1950 la alicantina colección Ifach publicó su libro Deriva. Cinco años más tarde, también en la capital alicantina, fue publicado por la revista Verbo el poemario Cantos iberos.
  
En marzo de 1952 vencía el plazo del arrendamiento temporal del nicho en el que descansaban los restos mortales de Miguel Hernández. A partir de entonces, si no se abonaba la cantidad de 2.042 pesetas y se obtenía el derecho a perpetuidad del nicho los restos del poeta irían a parar a la fosa común. Debido a la situación económica, verdaderamente calamitosa, de Josefina Manresa, un grupo de treinta y cinco poetas, entre los que destacaban Vicente Ramos y Manuel Molina desde la Colección Ifach (que contribuyó con 250 pesetas), impulsan una colecta de dinero, y editan la bella carpeta Seis poemas inéditos y nueve más, de la que Celaya acusa recibo el 29 de septiembre de 1951[8]. En carta del 5 de febrero de 1952, Celaya se dirige a Ramos[9] en estos términos: “he procurado recaudar algún dinero en memoria de Miguel Hernández. Por giro postal te envío la cantidad de 535 pesetas”. Celaya se hace eco desde San Sebastián de la situación y publica el artículo “Memoria de Miguel Hernández”[10] en el diario donostiarra (y falangista) Unidad a primeros de 1952. Efectivamente, en la misma carta de enero de febrero de 1952, el poeta vasco se dirige a sus amigos alicantinos en estos términos: “Queridos amigos: Recibí vuestra carta y podéis contar desde luego con mi ayuda […]. He intentado valerme de la Prensa, pero se retrasan y temo que, por “motivos políticos”, acaben por negarse a hacer lo que he pedido”[11].
 
En el mencionado artículo, Celaya invita a los poetas y admiradores de la literatura a evitar que los restos mortales de Miguel Hernández vaya a parar a la fosa común. Pues a ella irán a parar dentro de pocas semanas si sus amigos y admiradores  no aportamos las tristes pesetas necesarias para reservarle el nicho que aún ocupa […] Y cuantos alguna vez hayan vivido con Miguel, en Miguel, por obra y gracia de sus versos, sentirán, como yo  siento, que sus restos, deben conservarse. Así lo espero, al menos[12].
 
Recordemos que nos situamos en 1952, en pleno ambiente antihernandiano tras la edición por parte de la editorial madrileña Aguilar de la Obra escogida, a cargo de Arturo del Hoyo, sobre el que recayeron los vituperios de los falangistas, entre ellos el general Jorge Vigón. La publicación de este artículo -en pleno régimen franquista- le trajo serios perjuicios a Celaya, tal como relata a Vicente Ramos[13] en carta del 9 de febrero de 1952:
 
Este asunto de Miguel Hernández me ha costado no pocos disgustos. Me han acusado de estar organizando un Socorro Rojo y no sé de cuántas otras tonterías. He reñido con todos los poetas, todos los directores de periódico y todos los intelectuales de San Sebastián. Pero no importa. De vez en cuando hay que sacudirse el polvo y paja.
 
Ramos[14] responde a Celaya el 16 de febrero: "...ya me suponía que tu artículo sobre el nicho te iba a costar algunos disgustos. Es el destino del corazón noble y generoso. Ya te puedes suponer que este tipo de inconvenientes me suceden a mí en Alicante casi a diario. No importa. Poco a poco va ascendiendo la luz y acabará por iluminar los rincones más tenebrosos".
 
Celaya[15], en su libro Poesía y verdad (Papeles para un proceso), editado en Barcelona en 1979 por Planeta, en su segunda edición corregida y muy aumentada, recuerda los “inconvenientes” de su bello y generoso gesto: "Claro que mi llamamiento tuvo otra consecuencia: el director general de Prensa, al que nuestra intención política no le había pasado desapercibida, ordenó al periódico que no volviera a publicar nada mío".
 
Como en aquel momento me parecía necesario airear el nombre de Miguel Hernández, y la Bibliografía sobre él era casi nula, no tardé mucho en firmar un contrato con la Librería Clan para publicar un libro sobre su vida y su obra. Pero no llegué a terminarlo porque los proyectos editoriales de Luis Llardén fracasaron.
 
Diez años después, en 1961, Gabriel Celaya[16] traería a colación su decisiva colaboración en su trabajo “La actualidad de Miguel Hernández”, al que posteriormente también nos referiremos: El resultado de esta suscripción popular me sorprendió, y no tanto por la cantidad que reunimos, pequeña, aunque suficiente para lo que se pretendía, sino porque esos pocos de miles de pesetas se consiguieron a base de aportaciones que a veces no pasaban de las cincuenta a las cien pesetas. No nos habíamos equivocado. El nombre de Miguel Hernández era popular a pesar del silencio en que el franquismo quería sumirlo.
 
En 1975, María de Gracia Ifach publica Miguel Hernández, rayo que no cesa[17]. En nota 196 de la página 334 se advierte el yerro involuntario, a posteriori, de Ifach, por ignorancia: “La sepultura, en calidad temporal, fue adquirida por la viuda a perpetuidad en 1952, mediante suscripción entre poetas y escritores, iniciada y estimulada por Gabriel Celaya”. Este comentario motivó la publicación del mencionado libro de Vicente Ramos y Manuel Molina Miguel Hernández en Alicante en 1976.
 
Celaya publicó el artículo mencionado, en 1961, que tuvo también cierta difusión. Nos referimos a “La actualidad de Miguel Hernández”, en el diario caraqueño El Universal, el 30 de mayo de 1961; en ese mismo año también apareció en la revista parisina Nuestras Ideas[18]; al año siguiente, en mayo de 1962, enel periódicomexicano Excelsior; en Cartelera Turia, del 1 al 7 de abril de 1985[19]; y en Documenta Miguel Hernández[20].
En ese texto, Celaya afirma que, a pesar de que en España se prohibió la distribución de los libros del oriolano editados en la Argentina, es el más leído por los poetas jóvenes. Esto confirma la fe de Hernández en el pueblo, su afán de superación y cultura. Con la explosión de la guerra el futuro se le mostró diáfano. Según Celaya, se trata de un “poeta-puente” entre los poetas del 25 y los de posguerra porque abrió vías novedosas.
Celaya en dicho trabajo critica a Juan Guerrero Zamora, especialmente su libro de 1955[21], ya que, según éste, Hernández en 1937 “andaba desorientado”. La versión “a lo divino” que Guerrero ofrece se desmiente, según el poeta vasco, por la obra de aquellos agitados años, pues compone sus “mejores poemas”. Celaya contrapone, finalmente, la verdad de Hernández y la falsedad de Pemán, porque “supo asumir lo real”.      
 
En esa década de los años sesenta, tan agitados desde el punto de vista político, la firma de Celaya, acompañada por la de Vicente Aleixandre, Luis Felipe Vivanco, José Manuel Caballero Bonald, Ramón de Garciasol, Jesús López Pacheco, Félix Grande, Carlos Bousoño, Ángel González, Leopoldo de Luis, José Gerardo Manrique de Lara, Jesús Lizano, Angelina Gatell y Jacinto López Gorgé, aparece en “Carta al Alcalde de Orihuela”, publicada en la revista Triunfo en abril de 1967[22]. En dicha carta abierta, los catorce poetas manifiestan su “sorpresa y dolor” por la convocatoria de unos fuegos florales bajo el título de “Fiesta del Azahar”, celebrados el 27 de marzo de 1967, víspera del XXV aniversario de la muerte de Miguel Hernández. Los poetas firmantes declararon que
 
Orihuela, que debería ser la primera de las ciudades españolas en honrar la memoria de su hijo más preclaro, convoca unos juegos florales, coincidiendo prácticamente con la triste conmemoración, en los que sólo invita a los poetas españoles a cantar la flor del azahar.
 
Y continuaba la carta abierta con las siguientes palabras:
 
Queremos manifestarle, pues, nuestra queja por esa lamentable iniciativa orcelitana, que ni siquiera se podría justificar como coincidencia”. Concluía la misma con un testimonio de admiración y recuerdo a la figura del poeta oriolano, “tan injustamente olvidada o silenciada en su propia ciudad natal.                     
 
La carta abierta de los catorce intelectuales fue respondida por el entonces presidente del Casino Orcelitano, Manuel Martínez Ros, en el mismo medio, la revista Triunfo, dirigida por el oriolano José Ángel Ezcurra Carrillo, en el número 256, del 29 de abril de aquel año de 1967, bajo el título “Miguel Hernández y Orihuela”. Martínez Ros explica que el Certamen Poético “Fiesta del Azahar” fue creado en 1964 por la entidad cultural oriolana y se establecía que debía celebrarse en el segundo día de la Pascua de Resurrección. Además de aclarar que en ediciones anteriores también se rindió tributo de emocionado recuerdo a Miguel Hernández, en la de 1967 el segundo premio recayó en el poeta oriolano Manuel Molina, amigo del autor de El rayo que no cesa, por “Trilogía lírica”, en homenaje a los hermanos Sijé y Miguel Hernández. Joaquín Ezcurra, corresponsal en Orihuela del diario alicantino Información, respondió también la carta suscrita por Celaya y otros escritores en el medio en el que colaboraba, el 12 de abril, y pedía que Miguel Hernández no sea tomado “como bandera política por unos y no merecer el perdón de otros”. Y concluye su respuesta con un deseo, que “Miguel Hernández deje de ser bandera política, para que se nos aparezca rotundo y claro como el gran poeta que fue”.
 
Gabriel Celaya expuso su opinión sobre su amigo oriolano en una edición americana de poemas hernandianos y de Blas de Otero publicada en 1972[23], que transcribimos a continuación en su integridad y en su versión original por su carácter de desconocido. En el número que la revista The Sixties[24] dedicó al poeta oriolano, se reproduce fragmentariamente el texto bajo el título “From Miguel Hernández” y con la traducción al inglés de Hardie St. Martin.  
 
Taking over the real
 
We all know that when poets, caught in adverse circumstances, write false and sticky poems, these poems remain outside their truly important work. Miguel Hernández, on the other hand, totally immersed in the events taking place around him, wrote his very best poems then. The timeliness of Miguel Hernández today comes not only from the esthetic qualities of his poetry  –those qualities Juan Ramón Jiménez noticed and hailed when Miguel was just beginning– but also from the way in which Miguel incorporates reality into his poems, revolutionizing the concept of poetry even in his own time.
 
Miguel Hernández has transformed our poetry precisely because he was a poet who always spoke, as the Gospels say, “verily, verily”. If today his poetry continues as the dominant influence on the new Spanish poets, it is because he knew how to take over the real. He knew how to take over into his poetry the reality of the momento, which, paradoxically, lats longer tan the “nontemporal” poetry still written by incompetens who turn their backs on the world in which they live. And if the permanence of Miguel`s poetry owes itself, as the defenders of the purity and refinement of “Eternal” poetry would say, to the esthetic quality of his work, it is also true that this quality is not merely a result of but rather essential to his way of conceiving poetry, deep in the insides of what is real.
                      Gabriel Celaya
 
En este texto, Celaya ofrece su opinión sobre la vigencia de la poesía hernandiana y reclama no sólo las cualidades estéticas y literarias de Miguel Hernández, sino la singular capacidad del oriolano en plasmar en su obra los acontecimientos históricos y sociales que le tocó vivir.

En 1976, año crucial en la Transición política, el poeta oriolano recibió diversos homenajes en toda España. Ante los impedimentos gubernativos para celebrar durante aquella primavera el Homenaje Nacional de los Pueblos de España a Miguel Hernández, Celaya publicó, el 30 de mayo de1976, en El País el artículo “¿Por qué Miguel Hernández?”. En el mismo, el vasco afirma que los jóvenes y los no tan jóvenes “tomamos ejemplo de él y creemos que merece ser celebrado más que nadie. Y esto porque en él se da el valor en el doble sentido de la palabra: Valor de poeta y valentía de luchador”. Más adelante, Celaya sostiene que “Abstenerse […] es también tomar partido: el de la clase en el poder”. Sobre la poesía comprometida, defiende que se ha escrito desde cualquier campo ideológico, pero la “auténtica sólo será aquélla en que la toma de conciencia de la realidad sea correcta. Porque si no lo es, el error se traducirá, al margen de nuestras convicciones sólo mentales, en mala poesía”. Esto es, “comprender lo que hay que hacer no sirve de nada si ideamos las soluciones en lugar de extraerlas de un vívido contacto con lo real tal y como Miguel Hernández las extrajo de su circunstancia”. Valoraciones que nos parecen muy interesantes en aquel contexto de progresiva politización de la vida cultural española, y en un debate sobre la propaganda que ya fue planteado en la “Ponencia Colectiva” durante el Segundo Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura en julio de 1937, celebrado principalmente en Valencia. 
         
Huellas hernandianas en Celaya


Tres han sido los críticos que han destacado rasgos característicos hernandianos en la obra de Celaya. Se trata de Bruna Cinti, con “Influenza di Miguel Hernández nella lirica spagnola”, publicado en la revista veneciana Annali di Ca`Foscari[25], en 1968. Manuel Durán, con “Miguel Hernández, barro y luz”, publicado en la revista puertorriqueña Puerto[26], de los meses de abril, mayo y junio de 1968. Y Marie Chevallier, con “El hombre, sus obras y su destino en la poesía de Miguel Hernández”, publicado en el mencionado número monográfico de Revista de Occidente[27] dedicado al poeta alicantino.
 
Bruna Cinti resalta el eco humano de Hernández y los temas sociales en Rafael  Morales, José Luis Hidalgo, Blas de Otero, Gabriel Celaya y Leopoldo de Luis, entre otros.
 
Por su parte, Manuel Durán sostiene que Miguel Hernández no olvida jamás su origen, y fue fiel al sufrimiento. Le adscribe a la generación de la República (la del 36) y analiza, desde un punto de vista socio-literario, los años 30, que se caracterizan por la precariedad en todos los sentidos, la prisa y la ambigüedad. Hernández posee un tono existencialista en su poesía. Así, para Durán, la posición del oriolano es el puente entre los años treinta y la posguerra española, posición clave y precursor de Celaya, Alonso, etc.
 
Marie Chevallier sitúa en su artículo la herencia hernandiana en la poesía de los vascos Otero y Celaya. En su libro Los temas poéticos de Miguel Hernández[28], Chevallier rastrea los ecos del canto hernandiano en Blas de Otero y Gabriel Celaya.  
Pero, por encima de voces y ecos, de influencias y herencias, permanece la original y vibrante poesía de cada uno de ellos, y la amistad, que más allá de la vida, los unió en un afán común: ser portadores de las esperanzas de un pueblo, tal y como dejó hermosamente escrito Miguel Hernández[29] en la dedicatoria de Viento del pueblo a Vicente Aleixandre:
Los poetas somos viento del pueblo: nacemos para pasar soplados a través de sus poros y conducir sus ojos y sus sentimientos hacia las cumbres más hermosas.  

 
(*)Aitor L. Larrabide es director
de la Fundación Cultural Miguel Hernández
 

[1]    “Un poema y un recuerdo”, Ínsula, nº 168 (noviembre 1960), p. 17.
[2]             Nº 139 (octubre 1974), pp. 17-19.
[3]           Edición y estudio previo de Antonio Chicharro, Madrid, Visor Libros, 2009.
[4]           “Epimeteo” [fragmento] (julio-agosto 1948).
[5]           “En mi última hora”, nº 3.
[6]             “La poesía es un arma cargada de futuro”, nº 28 (diciembre 1953).
[7]           “Nueve poemas” [de Cantos iberos], nº 29 (diciembre 1954).
[8]           V. Ramos-M. Molina, Miguel Hernández en Alicante, Alicante, Col. Ifach, 1976, p. 108.
[9]    Ibíd., p. 143.
[10]   Ibíd., p. 152.
[11]   Ibíd., p. 143.
[12]   Ibíd., p. 152. Artículo reproducido facsimilarmente en el mencionado libro. 
[13]   Ibíd., p. 147.
[14]   Ibíd., pp. 147-148.
[15]          Ensayos literarios, cit., p. 809.
[16]   Ensayos literarios, cit., ibíd.
[17]          Barcelona, Plaza & Janés, 1975.
[18]          Nº 12, pp. 92-94.
[19]          Nº 1104, pp.1 y contraportada.
[20]          Valencia, Generalitat Valenciana, 1985, pp. 73-75.
[21]    Miguel Hernández, poeta, Madrid, col. El Grifón de Plata, 1955.
[22]          Nº 253 (8-IV-1967), p. 47.
[23]          Miguel Hernández and Blas de Otero. Selected poems, edited by Timothy Baland and Hardie St. Martin, translations by Timothy Baland, Robert Bly, Hardie St. Martin, and James Wright, Boston, Beacon Press, 1972, p. 74. Traducción de Hardie St. Martin.
[24]          Nº 9 (spring 1967), pp. 32-33.
[25]           Vol. VII, pp. 1-25. Recogido en su libroDa Castillejo a Hernández, Roma, Bulzoni, 1986, pp. 309-352.
[26]          Nº 3, pp.3-14. Recogido fragmentariamente en En torno a Miguel Hernández, edición de Juan Cano Ballesta, Madrid, Editorial Castalia, 1978, pp. 34-52.
[27]           Nº 139 (octubre 1974), pp. 20-36. Traducción de Manuel García García.
[28]          Madrid, Editorial Siglo XXI, 1978. Traducción de Arcadio Pardo.
[29]   Miguel Hernández, Obra completa, edición crítica de Agustín Sánchez Vidal y José Carlos Rovira con la colaboración de Carmen Alemany, Madrid, Espasa Calpe, 1992, vol. I, p. 550.
Aitor L. Larrabide(*)

Aitor L. Larrabide(*)

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