Análisis XXI

Divagaciones en torno al dandismo

Tratamos aquí uno de los personajes propios de la modernidad: el dandi. ¿Cuál es la especificidad del dandi? ¿Se trata solo de un hombre elegante, o implica una filosofía de vida?¿En qué se diferencian el romántico del dandi?
Resulta siempre difícil datar con precisión la aparición de un concepto, más aún cuando el concepto sobre el que se quiere discurrir ha sido, durante toda su historia, una idea controvertida y compleja. Las investigaciones apuntan que la palabra dandi aparece en Inglaterra en torno al año 1750. El surgimiento de una nueva palabra siempre viene a testificar algo, concretiza la necesidad de nombrar una realidad nueva dentro de una civilización. Pero en torno a la palabra dandi se cierne una espesa oscuridad que dificulta entender su significado. ¿Qué necesidad había de forjar este nuevo concepto?

Hoy en día existen diversidad de opiniones sobre este asunto. Los estudios en torno al concepto de dandismo son confusos y contradictorios: lo que se afirma en un lado se niega en el otro. Parece como si la propia contradicción interna del dandi se hubiera extrapolado a su literatura. Porque el dandi es ante todo una paradoja literaria, un personaje de ficción que irrumpe en la realidad y que asume su papel, que no es más que el de representarse a sí mismo. Vayamos poco a poco desenmascarando algunos de los mitos con los que se asocian a la figura del dandi, intentando concretar en qué consiste su especificidad.
           
Uno de los mitos más extendidos es aquel que tiende a identificar dandismo con elegancia: ser un dandi no es otra cosa que ser un tipo elegante. Actualmente es muy frecuente encontrar la palabra dandi utilizada con este sentido. El propio diccionario de la Real Academia Española contempla la palabra desde esa perspectiva. Pero el dandi es mucho más que un traje: es una actitud frente a la vida. Ser un dandi supone, a nuestro juicio, hacer de la trayectoria vital una suerte de aventura estética.

Baudelaire, prototipo y modelo del dandismo francés, tiene una cita que nos puede ayudar a entender la complejidad de este concepto: “el dandi debe aspirar a ser sublime sin interrupción; debe vivir y dormir delante de un espejo. Eterna superioridad del dandi. ¿Qué es un dandi?” Por lo que vemos ni el propio Baudelaire tenía muy claro en qué consistía exactamente ser un dandi. Pero ese vivir y dormir delante de un espejo, esa actitud de ser un voyeur de sí mismo, en palabras de Manuel Victorio, nos está dando ya una de las claves para entender esta figura: el dandi es una persona que se ve a sí mismo desde fuera.

Baudelaire, paradigma del dandismo francés
Es precisamente ese rasgo de su conducta lo que le distingue de un romántico, lo que nos permite desenmascarar un segundo mito: el de identificar al dandi con el romántico. Esta confusa identificación entre romanticismo y dandismo resulta natural teniendo en cuenta que muchas de las principales figuras del romanticismo, como Byron, Shelley o Keats, han pasado a la historia por ser dandis indiscutibles. Ciertamente ambos movimientos guardan importantes similitudes, y ocupan lugares idénticos en el espacio y en el tiempo. Ambos son también, ante todo, movimientos estético-literarios, y se puede afirmar que, para que haya dandismo, previamente ha tenido que darse el romanticismo. El romanticismo es el caldo de cultivo necesario para que la figura del dandi pueda emerger, pues el romanticismo supone el triunfo del individualismo y la rebeldía frente a los presupuestos establecidos en la Ilustración.

Lo que debemos entender es que la figura del dandi está siempre en movimiento, que los dandis son siempre diferentes entre sí, y que buscan zafarse de cualquier encasillamiento o definición. La búsqueda de una fuerte individualidad es lo que hace de cada dandi un personaje atípico, lo que no sucede en modo alguno con el romántico. El romanticismo, al contrario, puede ser entendido incluso como una moda; de hecho algunos historiadores consideran que es la primera moda a escala europea. El triunfo de la novela de Goethe Las penas del joven Werther fue el cauce a través del cual el romanticismo atravesó las fronteras de Alemania para convertirse en un movimiento estético internacional. Es sabido que entonces muchos jóvenes, queriendo imitar y emular al entrañable Werther, empezaron a vestir como él (chaleco color crema, chaqueta azul y pantalones marrones), y a valorar la naturaleza y el arte parafraseándole, por no hablar del gran número de suicidios a que incitó su funesta manera de afrontar el desamor.
 
El dandi en cambio es todo lo contrario a la moda. Conoce la moda y se sirve de ella, pero no es sino para transgredirla y provocar la sorpresa en el otro. Porque ante todo lo que busca el dandi es “la satisfacción de sorprender y de nunca ser sorprendido”, como dice Albert Camus. Lo mismo sucede con las convenciones morales de la sociedad que le rodea: se burla de la estereotipada mojigatería, al modo de Oscar Wilde y su crítica a la sociedad victoriana. Pues son esos señoritos burgueses y aristócratas, que se dejan ver en los bailes y acuden semanalmente a la ópera, los mismos que después acuden a los prostíbulos de los bajos fondos, recorriendo sus calles con una mezcla de morbosos interés y de piedad hipócrita.
 
Pero caemos en una contradicción si afirmamos que el dandi no es un traje y acto seguido argüimos la moda como diferencia sustancial con el romántico. Estamos pecando, paradójicamente, de superficiales con ambos. En el caso del dandi, este pretendía ser tomado como un personaje frívolo y superficial, esa es su máscara para tomar distancia con los demás. Pues el dandi, aunque esté constantemente empeñado en demostrar su individualidad y su especificidad, necesita de los demás para probarla, porque los demás constituyen el espejo en el que se mira a sí mismo.
 
Ahondando en la figura del dandi y del romántico nos damos cuenta de que ambos no son más que modos de conciencia con que un sujeto afronta su existencia. Es precisamente en esa forma de afrontar la propia existencia en lo que el romántico y el dandi se diferencian esencialmente. Mientras que el romántico vive encerrado en sí mismo, siendo presa de sus pasiones, sensaciones y de sus sentimientos descontrolados, el dandi toma distancia y se ve desde fuera. Lo propio del romántico es el lamento; lo propio del dandi, su recurso para afrontar la realidad, es la ironía, que conlleva la capacidad de distanciamiento del juicio aplicado a la propia existencia.
Oscar Wilde, prototipo de dandi inglés

El hombre convive dentro de una realidad limitada, pero es consciente de un más allá
, de un absoluto que le es ajeno. Tiene en sus adentros un indestructible e irrealizable deseo de infinitud, de inmortalidad, de poder abarcar lo sublime. En esa contienda interna, el romántico no soporta la contradicción entre la realidad que se le escapa y el deseo de su espíritu, sediento de inmortalidad; y busca la salida en el suicidio. El dandi, en cambio, responde de forma diferente a dicha contienda: con la ironía, riéndose de sí mismo. Como ya hemos dicho, la ironía implica la capacidad de distanciarse en lo posible de uno mismo. A diferencia del dandi, el romántico no es capaz de distanciarse de sí mismo, está inmerso en su propia subjetividad, lo que le conduce a la nostalgia, a la angustia y el dolor. El dandi en cambio se sirve de la ironía como una extraña ternura ante la propia contradicción existencial y la soporta viviendo en la ambigüedad.
 
Lo propio de la ironía es la inteligencia y el distanciamiento, implica un verse desde fuera, un pensarse como objeto, cosificarse. Con ello, lo que aspira a conseguir el dandi es sentirse libre de la angustia existencialista del romántico, convirtiendo el absurdo negativo (la falta de sentido) en un absurdo positivo ficcional. Lo que quiere el dandi ante todo, soterradamente, como todo buen personaje literario, es creer en la ficción, creer que la realidad necesita del impulso de la ficción para así hacerse creer que merece la pena no suicidarse.
 
El dandi no comprende la realidad y se afirma a sí mismo queriendo ser otro. Su subjetividad se torna en acción, en una representación dinámica, siempre en cambio y en alteración, como Proteo. Por eso es tan difícil establecer lo que es un dandi: la ausencia de una referencia conceptual estable hace problemática toda definición. “Uno debería ser siempre un poco improbable”, decía Oscar Wilde, máximo exponente del dandismo inglés. Esta frase se puede interpretar como la renuncia a la construcción de una moral y una estética determinadas, partiendo de que el hombre no puede abarcar nunca lo absoluto, que vive en una realidad que no comprende, lo que le empuja a construirse una serie de mitos, de ficciones en base a las que orientarse.
 
En un mundo en el que todo lo sólido se desvanece en el aire, en el que, si hay Dios, parece no ocuparse de los hombres -conciencia que ya anuncia la muerte de Dios en el corazón de los hombres- y en donde la fe en los presupuestos Ilustrados sobre la razón y el progreso empiezan entrar en crisis: ¿dónde encontrar los puntos de referencia con los que guiarse en la existencia? Este sentimiento de dispersión y desorientación es lo que hizo surgir al dandi como uno de los hijos malditos más característicos de la modernidad, destinado a la incomprensión y a la soledad.
Álvaro Arias

Álvaro Arias

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