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“El ansia de poder es un sucedáneo del impulso religioso", de tal forma que, mientras a la monja su lucha le lleva al perfeccionamiento interior, a la noble la conducirá a la destrucción. Pero ambas se reconocieron mutuamente como almas gemelas y mujeres excepcionales”. Juan Manuel de Prada.
Tras la magnífica Morir bajo tu cielo, Juan Manuel de Prada (1970) vuelve a sumergirse en la novela histórica reconstruyendo un episodio vital que pudo suceder, pero que en cualquier caso sirve para dibujar dos recias personalidades femeninas: Santa Teresa de Jesús y Ana de Mendoza, la princesa de Eboli.
“Durante el reinado de Felipe II, dos mujeres —Ana de Mendoza, princesa de Éboli, y santa Teresa de Jesús— sostienen una batalla sin cuartel y se abren paso, cada una a su manera, en un mundo que pretende aplastarlas. La primera, en busca del triunfo mundano, trata de alcanzar la supremacía entre los grandes de España; la segunda, en busca de la unión plena con Dios, planta cara al fariseísmo religioso y burla las asechanzas del poder político.
Deseosas ambas de hacer realidad sus anhelos interiores, acabarán enfrentándose cuando Ana de Mendoza requiera a Teresa de Jesús para que funde bajo su patrocinio un convento en Pastrana. A regañadientes, Teresa accederá a los deseos de la princesa, pero no tardarán en saltar chispas”.
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Ana de Mendoza, hija a de Diego Hurtado de Mendoza contrajo matrimonio muy joven con Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, caballero muy cercano al rey Felipe II. Viuda desde 1573, la ya princesa de Eboli se convirtió en una de las figuras más destacadas de la Corte, junto a Antonio Pérez, el secretario del rey. Su estrecha relación con Antonio Pérez, amigo y amante, la acabó mezclando en los turbios sucesos que provocaron la caída del secretario real. Así, cuando Pérez fue acusado de instigar el asesinato de Rafael de Escobedo, secretario de Juan de Austria, la princesa de Éboli se vio implicada y fue arrestada. Privada de la tutela de sus hijos, fue exiliada a Pastrana, donde falleció en 1592.
El enfrentamiento entre Ana y Teresa alcanzaría su paroxismo en 1573, cuando fallece Ruy Gómez. Después de enterrarlo, Ana ingresará en el convento fundado bajo su patrocinio pero bajo sus propias reglas, lo que ocasiona la furia de Teresa. La monja adoptará una resolución acorde con su santa tozudez: ordenará a sus monjas que abandonen el convento con mucha discreción en plena noche, dejando sola en él a la atribulada princesa. La humillación que Teresa le había infligido exigía una venganza a la medida de su osadía; y Ana decidió denunciar a la carmelita ante el Santo Oficio.
Una novela de Juan Manuel de Prada católica y cervantina, una novela moderna sobre mujeres y almas ardiendo en el fuego de Dios (y en la tentación del Averno egoísta), una novela magistral sobre los tiempos de ayer y de hoy, porque las tribulaciones del alma son eternas.
En este escenario de recias almas femeninas, dos retratos contrapuestos y sin embargo parejos pues compartieron talento y personalidad, si bien Teresa optó por el alma y su Divina Majestad (Cristo) en tanto que Ana, secreta envidiosa de la monja, expandió su carisma y encanto por lugares mundanos sirviendo al poder y a la gloria.
Con un magnífico estilo literario en el que junto a su mundo habitual Prada añade continuos homenajes a Cervantes a la novela picaresca y a los clásicos del Siglo de Oro, el autor logra una novela teológica, realista, con sentido del humor –geniales descripciones de los frailes penitentes- y que logra en todo momento penetrar en el alma del lector. Juan Manuel de Prada alude al gran Chesterton como su inspiración y a fe que consigue con pluma fácil pero inspirada llegar a acariciar el núcleo de la fe y la gracia que no es otro que la libe aceptación de la voluntad de Dios, con fuerza, entusiasmo y alegría.
La estructura de la novela va desgranando diversas etapas del encuentro entre las dos mujeres. Prada se revela extraordinario escritor de almas al ir describiendo los diferentes estados de ánimo: la fortaleza de Teresa y su elegida Isabel, su desprendimiento de los bienes de la tierra pero a la vez su decidido afán por vivir en el mundo entendiendo que las penitencias se hacen por amor y no por manía. Resulta en este aspecto genial la observación de la santa cuando le dicen que otra penitente hace los caminos de rodillas: “Dios nos dio las piernas para caminar, no veo lujo alguno en utilizarlas”. Aún si cabe es más penetrante el personaje de Ana, bella y morbosa con su parche en el ojo, se sabe deseada por los hombres, tal vez por el mismo rey Felipe y aunque añora sentir el amor que Teresa siente, todo lo pasa por el tamiz de su egocentrismo. El choque entre las dos mujeres es más espiritual que físico como en esas escenas inolvidables en las que Ana requiere a Teresa que le entregue el Libro de su Vida para leerlo y descubrir presuntos secretos. Luego despechada y superada por el alma de su rival no dudará en repartir los escritos entre plebeyos de espíritu e incluso lo denunciará –sin suerte– ante el Santo Oficio.
En su sentido más profundo, la obra es –en palabras de su autor- la aventura de la fundación en Toledo y Pastrana pero también la aventura mística de Santa Teresa, su proceso desde el convento de la Encarnación, la profundización en su vocación. Y dentro de ella se yergue la figura turbulenta de la princesa de Eboli casi como una tentación humana, demasiado humana.



