Artículo monográfico

La poética de Guillermo Carnero

Nadie puede dudar que Guillermo Carnero sea una de las figuras claves para entender la poesía española contemporánea de la segunda mitad del siglo XX. La aparición de su primera obra, Dibujo de la muerte (1966), junto con Arde el mar (1965) de Pere Gimferrer, marcó la emergencia de una nueva forma de entender la poesía que tomaba distancias con las generaciones anteriores.

Todo aquel que quiera acercarse a estudiar la poesía española de la segunda mitad del siglo XX tendrá que hacerse cargo de la emergencia y el auge de un fenómeno editorial al que va unido íntimamente su desarrollo: el fenómeno de las antologías poéticas. Las dos antologías que más éxito y resonancia social obtuvieron fueron la de Enrique Martín Prado, Nueva poesía española, y la de José María Castellet, Nueve novísimos poetas españoles, ambas publicadas en 1970. Dichas antologías se habían propuesto poner de relieve el cambio de orientación que la poesía española estaba experimentando en ese momento con respecto a su tradición más inmediata: la poesía social.

Pese a que las dos antologías fueran sometidas más tarde a duras críticas, principalmente por los criterios de selección y por algunas incomprensibles omisiones, lo cierto es que ambas tuvieron un gran éxito editorial. Se cumplía así el objetivo fundamental de toda antología poética, que no es otro que el de publicitar y dar a conocer a autores jóvenes o con poco renombre. Tanto la recopilación de Prado como la de Castellet consiguieron llamar la atención sobre el cambio poético que estaba teniendo lugar en el panorama literario, con la aparición de figuras tan importantes como Ana María Moix, Leopoldo María Panero o el propio Guillermo Carnero. Éste último comparte el privilegio, junto con Pere Gimferrer, de ser los dos únicos poetas incluidos en ambas antologías.

La poesía española de finales de los 60 y principios de los 70 comenzó a dar un giro decisivo en sus concepciones estéticas con respecto a su tradición inmediata. Este cambio suponía ante todo la puesta en duda de la vertiente social que había dominado toda la posguerra española, con Gabriel Celaya como máximo referente de la poesía comprometida de signo realista. La poesía era entendida principalmente como comunicación y como un instrumento para cambiar la realidad en aras de una sociedad más igualitaria. Los poemas venían a ser dispositivos de denuncia social que procuraban concienciar al lector con una perspectiva de la realidad acorde a la teoría marxista. Pero ese compromiso no era únicamente social o político, sino que implicaba una preocupación directa por los problemas humanos inmediatos. Se puede afirmar que a grandes rasgos el sustrato común era la plasmación de inquietudes existencialistas. Por otro lado, y pese a que cada poeta presentara sus propias características particulares, lo cierto es que, en líneas generales, las distintas tendencias poéticas compartían la concepción de que el contenido del discurso poético debía ser la realidad directa y más inmediata del hombre histórico de ese momento.

La poesía de Guillermo Carnero así como la de muchos otros de su generación, conocida como la Generación de los 70 o la de los novísimos, supuso una ruptura con el realismo y la poesía social. En un artículo que escribió en 1983 titulado La corte de los poetas Carnero explicaba los motivos internos y externos que le habían empujado, tanto a él como a otros miembros de su generación, a abandonar los presupuestos de esa estética realista. Uno de los motivos consiste en desmontar el mito de que el realismo fuera la única vertiente viable y efectiva de la poesía de posguerra. Algunos poetas de la Generación del 50 nunca habían abrazado la poesía social (José Ángel Valente, Carlos Barral, Jaime Gil de Biedma…). Esta labor de revisionismo histórico-literario sirvió también para revitalizar el Simbolismo como posibilidad estética, vertiente que justamente había sido repudiada por los poetas y literatos realistas, como Camilo José Cela. La puesta en valor del Simbolismo nos permite introducir ya algunos de los elementos principales de la poesía de Guillermo Carnero: decadentismo y culturalismo.

El decadentismo en Carnero puede entenderse en dos sentidos: por un lado su aspecto estético, y por otro lado sus implicaciones éticas, ambas estrechamente conectadas. Podríamos afirmar que el decadentismo estético de Carnero no es meramente superficial, no se trata, como es el caso de otros poetas, de un mero decorado más en el que insertar una serie de ideas y preocupaciones, sino que es una consecuencia de la aceptación filosófica de su decadentismo ético, al concebir la vida como derrota del hombre que irremediablemente acaba con la muerte. El paso del tiempo es el eje sobre el que giran la gran mayoría de los poemas de Carnero, y la muerte está siempre presente de una forma directa o indirecta. Pero pese a esa certeza, el hombre tiene dentro de sí un irrefrenable deseo de superar la muerte, y por ello decide creer que a través de la belleza tal vez pueda salvarse de algún modo. Es el arte para Carnero la única vía de escape mediante la cual el hombre pretende dar rienda suelta a sus ansias de inmortalidad. “La belleza a la que hace referencia en sus libros, a través de las obras de arte que han sido más duraderas que sus creadores, tiene de ese modo una capacidad modesta de concretar los afanes humanos”, dice Pietro de Paula, uno de los más lúcidos críticos de la obra de Carnero. El arte es siempre un reflejo de su creador y dibujo de la muerte. Puede llegar a la belleza, pero será una belleza fría e inerte. La obra trasciende al creador, le sobrevive y perdura más allá de la existencia del artista. Pero la obra es al mismo tiempo un fracaso, porque no alcanza tampoco a captar en su plenitud el modelo ideal, vital, que el artista tenía en mente a la hora de crear, sea a través de la pintura, la escultura o a través del mismo lenguaje. Para Carnero, un poema nunca puede plasmar en su totalidad la experiencia vital que arrancó al poeta a escribir. El motivo vital que empuja a un artista a crear desaparece con el propio poeta.

Así pues, comprobamos que la aceptación de Carnero de una ética derrotista del lenguaje y de la realidad es lo que le conduce a una estética triste y decadentista, en donde el hombre solo puede resignarse a soñar con alcanzar a hacer algo bello en que trascienda su propia vida. Pero el lenguaje tampoco puede salvarle completamente, porque el lenguaje es insuficiente. El lenguaje no puede captar en plenitud lo que es la vida, sino que solo es un reflejo malogrado de un modelo sublime que nadie puede copiar. La poética de Carnero está completamente envuelta por ese pesimismo, por la impotencia resultante de esa desesperanza asumida.

Resultado de esta consecuencia sería también el culteranismo, recurso que para Carnero constituye un camino más directo de comunicación con el lector. Pese a lo que a primera vista podría parecer, el recurso del culteranismo no es meramente retórico, ni por su puesto se trata de pedantería académica. El propósito de Carnero al introducir en sus poemas constantes referencias culturales, concretamente de aquellas que forman parte de las Bellas Artes, es dotar a sus versos de un sustrato común. Se trata de referenciar un patrimonio colectivo que todos compartimos para poder hacer más accesible la experiencia que el poema quiere transmitir y recrear. Según la estética de la poética postmoderna, no tiene sentido querer innovar en un terreno en el que todo ya ha sido dicho. Por ello lo más honesto es recurrir a esas citas y renunciar al sueño de querer ser el primero y el único en decir “te amo desesperadamente”, como diría Umberto Eco.

Pero el culteranismo de Carnero tiene además otra explicación: se trataba de forzar una reacción contra el intimismo exacerbado que la poesía social había heredado del romanticismo. Sin embargo, no hay que entender el culturalismo como una renuncia a la poesía de carácter intimista, lo que sería completamente disparatado. Una poesía sin intimidad sería como diseñar una cocina al margen de los sabores. Las constantes referencias que Carnero hace del mundo de la cultura forman parte de ese intento de poetizar lo vivido. Porque para Carnero tienen el mismo valor el recuerdo de una experiencia vital que el recuerdo de una experiencia artística, cultural. Precisamente uno de sus empeños más constantes en la poesía de Carnero será, según sus propias palabras, la de borrar las fronteras entre vida y cultura.  
Álvaro Arias

Álvaro Arias

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