Una mirada posmoderna

Una mirada posmoderna

Paula López Montero, Madrid, 1993. Crítica cultural, ensayista y escritora. Colabora en la crítica cinematográfica de la revista Cine Divergente, y ha apoyado proyectos emergentes como la red cultural Dafy, y promovido y organizado eventos poético-musicales en la capital. Graduada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III de Madrid, con estancia en la Universidad King´s College de Londres, y actualmente cursando el Máster en Crítica y Argumentación filosófica en la Universidad Autónoma de Madrid. Su tesis gira en torno a la dialéctica entre el cine y la filosofía, aunque encuentra en la poesía y en la música una alimentación espiritual necesaria en el frenesí contemporáneo.

Una mirada posmoderna, es un acercamiento y cuestionamiento de nuestro yo, y nuestro proceso como civilización dentro del marco histórico-cultural, desde una mirada joven, deconstructivista y, sobre todo, crítica.

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Blog | Una mirada posmoderna

¿De qué hablan los estereotipos?


Hablar de clichés sin caer en las redes del estereotipo parece hoy tarea imposible. La Modernidad, el proyecto ilustrado del que nos queda sólo un escombro -un post-, supuso la entrada de la ciencia como modo de aprehender la realidad, una realidad que se fue tornando cada vez menos humana y más cientificista-mecanicista donde se empezaba a poner en entredicho la moralidad de varias generaciones. La teoría fue el gran respaldo de las ideologías que enfrentaron a uno y otro bando la multiplicidad de concebir la existencia humana y que estalló, como era de esperar, en el conflicto más grande de nuestra historia. Después sólo nos quedó pensar las ruinas, deconstruir, desmontar todas aquellas teorías que no dejaron en buen lugar nuestro devenir histórico. Con ello arrancaron las corrientes posestructuralistas que daban fin al hombre, al arte e incluso a la filosofía misma. También era el turno de las teorías de género, el feminismo y las políticas de la diferencia que se sumaron al terreno de juego haciéndonos ver que fuera de aquellas teorías-leyes quedaban olvidadas otras realidades y colectivos a los que les tocaba ahora pronunciarse.
 
Pensemos. Y pensemos también como pensamos
Atendiendo a nuestras circunstancias podríamos decir que aquel panorama arrancado fue la semilla de la libertad con la que hoy nos desenvolvemos en la sociedad, fue el fin de los grandes bloques enfrentados, del rojo y el azul, de la represión sexual, del machismo, del miedo… Quizá analizar la política de hoy nos diría más de aquellos cambios que germinaron hace unas décadas, y podríamos hacer balance del curso iniciado de esto que algunos demasiado rápido lo atreven a llamar cambio. Y si tuviésemos que definir con una palabra nuestro siglo, entonces yo diría sin tapujos: visual (sin los “audios” la música, si acaso por audio se entiende sólo a esa música electro-efervescente, que con ella otro gallo cantaría), la era de internet y el libre acceso a la información (que fue entonces el sueño Ilustrado). Un proyecto que en esencia es quizá lo mejor que le pudo haber pasado a la libertad, pero que en la teoría cae en las redes, en las manos de unos pocos que en seguida lo convierten en dominio y control. Pensemos en la publicidad, en la moda, en Facebook. Es cierto, es la era audiovisual, pero con ello entra de nuevo en juego la era del estereotipo. Un estereotipo que prescinde incluso de teoría, y que encasilla bajo eslóganes e imágenes nuestro acceso a la realidad.
 
No hago balance ni bueno ni malo, sólo y como siempre pensemos. Pensemos por un momento lo que nos dice la publicidad, lo que nos dicen los grandes grupos mediáticos: qué debemos ser o qué debemos hacer. Pensemos. Y pensemos también como pensamos.
 
Martin Heidegger fue quizá el filósofo más importante del siglo XX, ocupado del ser y tiempo, de la historia de oscurantismo y ocultamiento que ya anunciaba años antes F. Nietzsche. También se ocupó de algo que pasa tan desapercibido como es el pensar. Todos habríamos de atender a aquella frase al inicio de ¿Qué significa pensar?: “tan pronto como tomamos el camino del aprender, confesamos por ello mismo que todavía no somos capaces de pensar”. Creo en este punto que la forma más justa de abordar a Heidegger no es haciendo una reseña y reducción de su obra sino llamar la atención sobre la curiosidad que puede o no generar su pensamiento. Pensemos, maravillémonos, seamos curiosos.
 
Friedrich Nietzsche

Nietzsche, otro maestro al que debo con humildad muchas líneas, atiende también a esta forma de pensar y nos dice que es completamente imposible vivir sin olvidar. Borges, perspicaz escritor, tuvo una frase genialísima: “pensar es olvidar las diferencias”. En efecto, pensar pensamos en términos de identidad, conocemos a través de la repetición adecuada al tiempo de arquetipos. El arquetipo y el estereotipo funcionan entonces como contenedores de identidades y similitudes que hacen posible el conocimiento, pero dejan lugar a un olvido violentado. Detrás de toda identidad siempre hay una pretensión teórica y de legitimación, pero como toda ley asume su propia violencia de lo diferente. El pensamiento es un arma de doble filo: hace posible el conocimiento, pero ese conocimiento asume como universal algo fundamentado en el olvido de las diferencias.
 
Todos somos diferentes con similitudes, no tengamos miedo
En este punto me gustaría pensar: ¿Qué nos dice el tour europeo de Woody Allen? ¿el éxito rotundo de ocho apellidos vascos-catalanes? Y de mayor importancia ¿qué pasa con la universalización del miedo hacia el mundo islámico? Con la tolerancia de todo aquello que se sale fuera de la norma. En un mundo de globalización las barreras del conocimiento quedan abiertas. Ahora hay más acceso a un conocimiento del mundo en su globalidad, pero se pone de manifiesto la incapacidad del ser humano por conocerlo todo: “Pensar es olvidar las diferencias”. No hay misterio, por ello es la era de los portales y buscadores como Google o Wikipedia, y en el caso de Facebook, el conocimiento del otro por medio de la imagen embalsamada de momentos de felicidad marchita, que se benefician de este imposible conocimiento absoluto y actúan de herramientas de posicionamiento y visibilidad, donde siempre hay una mano con más poder que otra.
 
El estereotipo se hace más fecundo que nunca tanto en cuanto en la naturaleza del ser humano está no sólo la comodidad de quedarse en lo superfluo, sino de la imposibilidad, a medio camino entre lo temporal y lo espacial, de conocer todas las posibilidades que ahora quedan abiertas. Pero no nos confundamos, esto no es una carta de legitimación del uso estereotipado del conocimiento, precisamente esto surge como motivo de una mala gestión de las posibilidades prácticas de la apertura de horizontes, donde en la mayoría de los casos, el conocimiento y el estereotipo funcionan como marionetas del poder económico. Pero seamos en este punto también sinceros, el estereotipo también nos habla de muchas cosas, nos hace reír y también poner concilio. No hay nada mejor que reírse de uno mismo y de las diferencias. Eso lo sabemos muy bien los españoles. Todos somos diferentes con similitudes, no tengamos miedo. Somos tan iguales como diferentes. Pensemos.  

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