Una mirada posmoderna

Una mirada posmoderna

Paula López Montero, Madrid, 1993. Crítica cultural, ensayista y escritora. Colabora en la crítica cinematográfica de la revista Cine Divergente, y ha apoyado proyectos emergentes como la red cultural Dafy, y promovido y organizado eventos poético-musicales en la capital. Graduada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Carlos III de Madrid, con estancia en la Universidad King´s College de Londres, y actualmente cursando el Máster en Crítica y Argumentación filosófica en la Universidad Autónoma de Madrid. Su tesis gira en torno a la dialéctica entre el cine y la filosofía, aunque encuentra en la poesía y en la música una alimentación espiritual necesaria en el frenesí contemporáneo.

Una mirada posmoderna, es un acercamiento y cuestionamiento de nuestro yo, y nuestro proceso como civilización dentro del marco histórico-cultural, desde una mirada joven, deconstructivista y, sobre todo, crítica.

cerrar

Blog | Una mirada posmoderna

Discurso y diferencia


Analizar las campañas electorales hoy en día supone casi una tarea estética, una tarea de desmaquillaje con la que empezar a intuir el verdadero rostro del poder y que dice, por supuesto, mucho más de la era en la que vivimos: la audiovisual. Está claro que ya no consumimos discursos de la misma forma que hace años, incluso a pie de calle la cosmética supone una mayor visualización, un mayor grado de escucha. La retórica ha cambiado. La entrada vertiginosa de la imagen en nuestra sociedad ha dado un vuelco al acceso a la realidad, ya casi no se habla de aprendizaje sino de consumo, y tratándose, como tratamos aquí de la dimensión de la palabra en la política, es propicio avanzar que las campañas electorales tienen mucho de merchandising político, con el que con un buen eslogan político-marketiniano puede ser sinónimo de triunfo.
 
Es fácil recordar el discurso de Barack Obama, pronunciado en 2008, con motivo de las elecciones primarias en New Hampshire por su frase Yes We Can, que se convirtió en todo un eslogan político del que quedan algunos ecos, incluso a este lado del Atlántico. Es cierto que todo el proceso de la campaña electoral sería digno de estudio, pero en este vamos ir más allá de la fachada cosmética, vamos a analizar las palabras allí pronunciadas por el presente presidente de los Estados Unidos de América.
 
Como anunciaba Carl Schmitt en su Teología política (2009), no debemos desatender que en nuestros Estados más modernos los conceptos utilizados provienen de una larga tradición política en la que se enraízan ciertos conceptos teológicos secularizados. En el caso de Estados Unidos, la religión ha tenido una importancia determinante a la hora de consolidar el gran crecimiento de la nación, hasta el punto de que los ciudadanos aceptan antes tener un presidente creyente (sea la religión que fuere) que uno ateo. Cabe preguntarse el por qué y qué relación tiene todo ello con el presente hacer político. Atiéndase ahora, con ese motivo, la frase “Es un credo escrito en los documentos fundacionales que señalan el destino de una nación” y no olvidemos que en nuestra larga tradición habitamos la ciudad, la polis, en el modo en el que habitamos los textos. Entonces ¿qué dimensión tiene la palabra escrita? A lo largo de la tradición a menudo se consideró ley aquello que estaba escrito, no había jurisdicción sin un mandamiento, sin un documento fundacional. La palabra escrita, proveniente de una autoridad reconocida, era entonces la ley. Una ley que en efecto acoge las similitudes e identidades de un pueblo o una nación, y las vehicula hacia una construcción conjunta del futuro. Barack Obama pronuncia ese credo, ese creer escrito en el documento fundacional de su nación, que marca su propio destino. Pero para entrar a hablar del destino de la nación estadounidense hay primero que hablar de una concepción temporal, y a nada que nos detengamos en la gran idea también promulgada en el discurso sobre el progreso, daremos cuenta de que la noción de progreso está directamente emparentada con la promesa. Y en cierta manera el discurso de Obama tiene algo de mesiánico, tiene ciertos parecidos, sin arriesgar demasiado, con la labor que hizo Moisés con su pueblo, el dirigirlos a la tierra prometida: “sabemos que la batalla que se avecina será larga (…) pero nada puede resistirse al poder de millones de voces que piden el cambio”.
 
A propósito también de la frase “Es un credo escrito en los documentos fundacionales que señalan el destino de una nación” tiene algo de semejante también al discurso pronunciado por Martin Luther King del que para muchos sólo ha quedado el eslogan I have a dream. En él, Luther King (1963) tuvo una frase que recuerda al relevo de Obama: “esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo”. ¿acaso Obama no apela a ese significado verdadero del credo? Y ¿cuál es el verdadero significado? Obama en el discurso apela a la justicia, a la igualdad, al progreso y a la prosperidad.
 
Pero haciendo un inciso, al hablar del relevo de Luther King y Obama no puedo dejar de mencionar las políticas de la diferencia y el rostro del otro. Hasta el siglo pasado los rostros africanos eran la alteridad para el ciudadano estadounidense, era impensable que Estados Unidos de América fuese a tener un rostro negro en la presidencia del gobierno. El sueño de Luther King, tiene su rostro en Barack Obama. Y supone uno de los grandes cambios de la historia de Estados Unidos, el acoger la diferencia. Obama no hace otra cosa que mencionar las diferencias “esclavos y abolicionistas, inmigrantes y trabajadores y las mujeres” para reunirlas hacia el camino de la libertad, acogiendo así la justicia y la igualdad sin renunciar a la esperanza y el progreso “no estamos tan separados, somos un pueblo”.
 
La diferencia siempre apela a una ausencia (una ausencia en este caso de voz y voto) y la identidad a una presencia. Preguntarse por el rostro de Barack Obama es preguntarse ya no por las diferencias, sino por la presencia de esa identidad que ahora tiene rostro negro. Obama acoge todo lo que fueron diferencias en el pasado, y las concilia en una identidad común escrita en los documentos fundacionales, identidad común hacia el progreso. Si Estados Unidos ha podido con eso ¿qué no podrá? De ahí su Yes We Can, ese sí podemos cambiar la historia.
 
Como anunciaba también Schmitt, lo político está en esa relación amigo-enemigo. Quizá lo peor que le puede pasar a una nación es que esté dividida, que un ciudadano de Illinois se sienta enemigo de uno de Carolina de Sur. Obama apela a la unión, al concilio de las diferencias, a esa juntura que es justicia. Para así conquistar un futuro, un futuro esperanzador: “no hay nada falso sobre la esperanza”. Así, con el credo de su documento fundacional dirigen la mirada hacia fuera de sus fronteras, hacia el crecimiento y la expansión, incluso hacia la luna. Una expansión que en la mayoría de los casos se topa con otros documentos fundacionales, con otras identidades y que en ese conflicto vuelve el amigo-enemigo, y por lo tanto la guerra.
 
Como decíamos al principio, la forma de articularse de una nación viene determinada por la ley escrita, y también por el contexto y la concepción del tiempo. En Europa en una tradición política mucho más larga, es el tiempo de la Posmodernidad, es el tiempo del instante y la diferencia sincrónica. Tiempo que parece resolver Estados Unidos con su concepción basada en la promesa y en la teología, con la que pueden resolver sus diferencias siempre y cuando se hable de esperanza.
 
Me parece oportuno mencionar, dado el panorama político convulso que vivimos últimamente en España, el caso de Podemos, el caso también del cambio. En efecto, hay muchas más diferencias que similitudes entre la forma de hacer política de Pablo Iglesias que la de Barack Obama, pero si hay un parecido es su discurso con el que ambos entraron en el terreno de juego político: el Yes We Can, el Sí se puede. Y no es sólo una cuestión de copia de un eslogan que funcionó bastante bien al otro lado del Atlántico, sino de acoger las diferencias y reunirlas en un proyecto común (un proyecto claro está muy diferente al de Estados Unidos). Si atendemos a las diferencias y a ese terreno político de amigo-enemigo (España-Cataluña) dentro de nuestras fronteras, surgen dos vías para conciliar el problema: la que se rige por la ley, la palabra escrita y la exclusión de la diferencia y la que acoge todas las diferencias y las reúne en un proyecto común.
 
Volviendo, ya para acabar, a la cuestión que nos atiende, analizar el discurso condensado en ese Yes We Can, nos revela también la dimensión a la que se atiende la inminente historia de Estados Unidos. ¿Qué es lo que podemos? ¿qué es lo que no podemos? ¿quiénes somos nosotros? Nosotros, “we the people” con el que arranca el preámbulo a la Constitución de Estados Unidos de América, un nosotros que queda ahora conciliado en la identidad de las diferencias; podemos. Atendiendo a Aristóteles en su Tratado de lógica (2004) donde se preocupa por la interpretación ¿qué habría de verdadero o de falso en esa frase? Nada porque lo falso y lo verdadero giran en torno a la composición y a la división. No hay nada de falso si digo que no puedo, ni tampoco si digo que sí puedo sino hago referencia a un predicado. Obama tampoco se equivoca cuando dice que “no hay nada falso sobre la esperanza”, como anunciaba también Aristóteles la plegaria es un enunciado que no es verdadero ni falso, y tampoco lo es aquella aserción sobre la esperanza. Quizá por aquel hueco se escape el tiempo de la historia.  

Comentarios