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Razones para el Siglo XXI

Razones para el Siglo XXI

Fernando Alonso Barahona (Madrid, noviembre 1961). Abogado y escritor. Jurado de premios nacionales de literatura y teatro. Colaborador en numerosas revistas de cine y pensamiento así como en obras colectivas. Ha publicado 40 libros. Biografías de cine (Charlton Heston, John Wayne, Cecil B De Mille, Anthony Mann, Rafael Gil...) , ensayos (Antropología del cine, Historia del terror a través del cine, Políticamente incorrecto...) historia (Perón o el espíritu del pueblo, McCarthy o la historia ignorada del cine, La derecha del siglo XXI...), novela (La restauración, Círculo de mujeres, Retrato de ella...) poesía (El rapto de la diosa) y teatro (Tres poemas de mujer).

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Blog | Razones para el Siglo XXI

Los laberintos del cine español contemporáneo

TAGS Cine español


I. Introducción


La ceremonia de los Goya, la permanente tentación de politizaciones indebidas, la eterna cantinela del cine español que pese a sus muchas dificultades quiere y necesita salir adelante.
 
En 1955, se celebraron, bajo el auspicio del cineclub del SEU (Sindicato Español Universitario) y bajo la dirección de Basilio Martín Patino, las llamadas Conversaciones de Salamanca. Entre el 14 y el 19 de mayo de 1955, cineastas como José Luis Saénz de Heredia, Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Antonio del Amo, Fernando Fernán Gómez y teóricos como José María García Escudero, Pérez Lozano, Muñoz Suay, Juan Cobos, Paulino Garagorri, Arroita Jáuregui, Lázaro Carretero, Fernando Vizcaíno Casas debatieron de forma abierta y crítica sobre el cine español del momento.
 
El cine Club se había fundado en la ciudad de Salamanca en 1953 por Patino y Joaquín Prada. En 1954 pusieron en marcha el I Curso de universitarios de cine. Posteriormente, y fruto de su colaboración con la revista de izquierdas OBJETIVO, creada por Muñoz Suay y Bardem, se logró poner en marcha el encuentro de Salamanca de 1955 que pretendía ser una especie de Congreso Internacional de Intelectuales del cine.
 
Las conclusiones –redactadas por Juan Antonio Bardem– se hicieron famosas. El cine español era –a juicio de los participantes-:
 
  • POLITICAMENTE INEFICAZ
  • SOCIALMENTE FALSO
  • INTELECTUALMENTE ÍNFIMO
  • ESTETICAMENTE NULO
  • INDUSTRIALMENTE RAQUITICO
 
Después se añadirían una serie de recomendaciones de índole práctica: un modelo basado en el neorrealismo, mayor protección al cine y apoyo a los productores y cineastas nuevos para renovar la industria.
 
¿Sería posible hoy, a la altura de 2016, celebrar unas Conversaciones de alto nivel sobre el cine español con presencia y participación de intelectuales de derecha e izquierda, profesionales consolidados e independientes y elaborar –después– unas conclusiones sobre la situación del cine español contemporáneo?
 
La pregunta queda en el aire y la respuesta es indefinible. Lo paradójico del caso es que uno de los participantes de Salamanca, el gran Luis G. Berlanga, declararía años después: “Las Conversaciones de Salamanca han sido el gran error histórico del cine español”.
    

 

Y, ciertamente, en 1955, en los años anteriores, y en los posteriores, se vivía una cierta edad de oro del cine español, un cine de “gran arraigo popular” (en expresión de Santiago Pozo), una industria que producía 68 películas anuales en 1954, 75 en 1958 hasta alcanzar las 112 del año 1963. En cuanto a los resultados artísticos baste recordar que por aquellos años filmaban Rafael Gil (Camarote de lujo, La guerra de Dios), J.L. Sáenz de Heredia (Los ojos dejan huella), Ladislao Vajda (El cebo, Marcelino Pan y vino, Mi tío Jacinto), Edgar Neville (El baile), Juan de Orduña (Zalacain el aventurero, El último cuplé), J.A. Nieves Conde (Los peces rojos, El inquilino), Iquino (El Judas), Ana Mariscal (Segundo López), Manuel Mur Oti (Cielo negro), Pedro Lazaga (Cuerda de presos), Cesar Ardavín (El lazarillo de Tormes), Rovira Beleta (Hay un camino a la derecha), Fernando Palacios (La gran familia), Rafael García Serrano (Los ojos perdidos), o los propios Bardem (Calle mayor, Muerte de un ciclista, Nunca pasa nada), Fernando Fernán Gómez (La vida alrededor) y Berlanga (Bienvenido Míster Marshall).
 
Un análisis desprejuiciado de las conclusiones de Bardem podrían llevarnos a un curioso viaje en el tiempo. ¿Acaso la mayor parte de ellas no podrían aplicarse –con las debidas excepciones– al escenario del cine español de los últimos años?
 
El cine español ha perdido en su mayoría la magia de la conexión del público, hasta el punto de que las películas españolas que triunfan suelen tener una factura visual internacional. Las estrellas son discutidas y por lo general carecen de glamour. La descripción de la sociedad en nuestro cine es limitada, los grandes problemas sociales -paro, terrorismo, corrupción, casta política, desarraigo, pérdida de valores…- apenas aparecen en las películas y tan solo pueden encontrarse en producciones independientes y minoritarias.
 
El nivel intelectual no podría calificarse de muy elevado sin faltar a la verdad, en cuanto a la estética predomina habitualmente lo convencional y monótono. La industria –en fin– no es que sea raquítica, es que apenas existe y solo sobrevive –subvenciones aparte– con el apoyo de las grandes cadenas de TV y grupos mediáticos. Todo esto provoca una producción monocorde, políticamente correcta y que casi nunca se atreve a poner en cuestión los fundamentos del sistema.
 

Y, sin embargo, hay excepciones; el cine español aún en su decadencia y politización se resiste a desaparecer y a veces rompe con destellos de talento y belleza. Desde obras del calado de La vida de nadieCelda 211 hasta cineastas personales como Juan Pinzás, Isabel Coixet o Iciar Bollain, los cultivadores del cine de género, las aportaciones originales de Álex de la Iglesia, los consagrados veteranos como José Luis Garci, Erice o  Almodóvar, incluso los sobrevalorados Trueba y  Amenábar… El cine español existe pese a algunos de sus cultivadores, la falta de medios o la irregular conexión con el respetable público (en acertada definición de Ozores, el último Goya de Honor). 

II. La crisis de la industria


El tejido industrial del cine español se vino abajo a partir de 1983. En ello tuvo que ver por supuesto la TV, las televisiones privadas y posteriormente las nuevas tecnologías, pero también la política de subvenciones y el encorsetamiento de la industria. Su autora fue la estimable cineasta Pilar Miró, y sus resultados se revelaron desastrosos (Valdés C. del Villar: Historia de la política de fomento del cine español. Filmoteca Valenciana 1992). Veamos algunos detalles:
 
-        En 1983 las ayudas al cine alcanzaban los 1.938 millones de pesetas. En 1988 aumentaron hasta alcanzar 2.852. Sin embargo, las películas pasaron de 99 en 1983 a 63 en 1988 y a 47 en 1989, un nivel muy inferior al de la década de los cincuenta.
-        La desconexión entre el espectador y el cine fue haciéndose progresivamente mayor. De 1966 a 1986, el número de espectadores del cine español disminuyó más de un 70%. Cifra grave que tan solo ha remontado posteriormente con películas aisladas (las películas de Almodóvar, Ocho apellidos vascos, la saga de Torrente, Álex de la Iglesia , o alguna coproducción con actores de fama).
   
El cambio generacional tras los fastos de 1992 y la eclosión de las nuevas tecnologías –Internet en primer término- afectaron de forma inevitable al cine español como al resto de manifestaciones artísticas. De repente los soportes del cine saltaban por los aires. Ni siquiera el dirigismo cultural, la corrección política, las subvenciones, podían comprender la llegada de las redes sociales, los nuevos canales de distribución, el canal de YouTube o los teléfonos móviles.
 
Los problemas nuevos son grandes y pueden acabar con la industria cultural si no se colocan en su justa medida. La apertura de Internet y las redes sociales es buena y rompe de forma casi definitiva con el monopolio de los grandes medios. Pero el pirateo indiscriminado de los productos culturales amenaza la industria, pone en peligro la supervivencia de los creadores y puede llevarlos hasta su práctica desaparición. Por otra parte, los nuevos canales y las nuevas formas de rodaje  y distribución pueden aportar obras estimables, incluso obras maestras, pero no pueden uniformar el cine y pretender que las película se rueden con teléfonos móviles y casi sin inversión. Ello sería suicida y arrasaría el nivel del cine español. Por otra parte, el público que devora estas redes sociales a la hora de acudir al cine suele llenar las salas donde se proyectan las multimillonarias superproducciones norteamericanas que evidentemente no se pueden filmar con móviles y con un puñado de euros.
  

Para afrontar la situación es preciso reconocer sus características:
 
a)     El desprestigio de la marca cine español provoca que las películas españolas para triunfar busquen un lenguaje internacional, a veces interesante, otras veces tópico (Lo imposible, REC, El orfanato, Los otros…).
 
b)     La politización conduce a situaciones absurdas. ¿Cómo puede buscarse la comercialización de un producto cuando sus vendedores se dedican a insultar –en el peor de los casos– o menospreciar –en el menos malo– a la mitad de la población?
c)     La fortaleza de los grupos mediáticos con sus canales televisivos (Telecinco, la Sexta, Antena 3…) ha cambiado los gestos y la estética del cine español en buena parte. Los directores se forjan en las series de TV, las estrellas provienen de las más populares entre aquellas, y el lenguaje fílmico se adapta a los nuevos gustos de un público mayoritariamente joven. Esto ha producido la entrada de aire fresco en el panorama del cine español, ya no se lleva el melodrama sobre la guerra civil o la posguerra, o la aburrida reflexión sobre el sentido de la vida. Ahora tiene que haber ritmo y acción (Celda 211, El niño , La isla mínima…) o personajes cercanos a la gente y si proceden de las series de TV mejor. La producción se difunde en Internet y adopta formas televisivas. Apenas quedan productores (Enrique Cerezo  -como Andres Vicente Gómez o el desaparecido Elías Querejeta-) son  supervivientes en la estela de los grandes del cine español del pasado. Hoy la producción se centra en las series de TV, también en España, desde la popular Cuéntame hasta las comedias de José Luis Moreno (Aquí no hay quien viva) , acción (Águila roja, El comisario) dramas varios: históricos (Isabel), nostálgicos (El tiempo entre costuras) o actuales (Brigada central) y los melodramas que suelen llenar las tardes de sobremesa en las distintas TV (Amar en tiempos revueltos, La Señora).
 
d)     Las subvenciones no han ayudado en exceso al cine español y han provocado numerosas situaciones incorrectas, películas sin público y un cierto despilfarro sobre todo en lo que se refiere a las subvenciones concedidas por las distintas autonomías.
e)     La política fiscal no ha ayudado a la industria del cine en los últimos años y en este sentido el inaceptable IVA cultural impuesto por el ministro Montoro ha supuesto una carga importante para una industria depauperada aparte de lo que tiene en sí mismo de desprecio hacia los vehículos de expresión cultural. Los resultados de la política han sido malos. Según los datos de la Asociación de Productores Audiovisuales,  en 2012 las ventas internacionales de cine español fueron de 49,62 millones de euros, cifra discreta pero superior en un 20% a las de 2011.
 
Sin embargo, en ese mismo año 2012, el de la brutal subida de IVA de un 8 a un 21%, el cine español vendido en España ingresó casi 106 millones de euros, casi lo mismo que en 2009 (100 millones de euros con precios más bajos en las entradas). Además el resultado final salva la cara exclusivamente por los 40 millones de Lo imposible de J.A. Bayona y los 18 millones de la cinta de animación Las aventuras de Tadeo Jones de Enrique Gato. En 2013, la cantidad ingresada por películas españolas  descendió hasta los 70 millones de euros (en España, una cuota de tan solo el 14%), un auténtico desastre comercial para la industria, el desplome afectó además a la cifra global de taquilla en los cines españoles y al número de espectadores. El IVA, el pirateo y las nuevas formas de exhibición hicieron presa en una industria más débil que nunca.  2015 ha tenido una leve recuperación que tal vez pueda ponerse en peligro si los habituales politizadores se empeñan en enfrentar y dividir al público.
 
Cuarenta años de cine desde 1975 , diferentes –aunque en algunos aspectos menos de lo que a primera vista pudiera parecer– a los anteriores. Un cine de la transición (1976- 1983) coyuntural, una larga crisis de producción con buenas películas aisladas y excesiva politización (1984-2010) y un anuncio de cierta renovación aún en la crisis económica que hace concebir esperanzas de futuro ( 2011-2015).
 
¿Superiores a las décadas anteriores? Parece un poco arriesgado afirmarlo a la ligera.