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Regina Navarro

El jardín del microcuento

Regina Navarro es periodista, especializada en periodismo cultural y lifestyle. Colaboradora habitual de Papel –el dominical del diario El Mundo– o la revista de Artes Escénicas Godot, explora el mundo de la micro-literatura desde el blog El jardín del microcuento, con el que busca el lado ficticio de la realidad. ¿O era la realidad dentro de la ficción?

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Preludio de otoño

TAGS Microcuento
Volvía la nostalgia de las veces en que los verano parecían eternos y aquellos preludios de otoño se precipitaban sin que se diera cuenta.

Olía a césped recién cortado, al recuerdo de una tarde anterior. Una de esas de sol en las mejillas y pies sumergidos en el agua, hasta el tobillo. Chapoteos incesantes bajo los rayos de último sol de verano. Luego vislumbró unas rodillas llenas de arañazos y aquel gesto, tan suyo, de atusarse la melena con descuido. Vio un desfile de cuerpos morenos. Pieles áridas de sol y falta de Nivea, de la de caja azul, la mejor para esas ocasiones. Vio a una mujer que miraba y sonreía y a un hombre que limpiaba la superficie de aquella piscina transparente.

 

Luego llegaron las tardes con olor a tierra mojada, con charcos que bordeaban su casa y los obligaban a refugiarse dentro. Y aquellas chaquetas, de su abuela o de su tía, que por alguna razón se mantenían inmunes al paso del tiempo y habían terminado heredando ellos. Era una especie de consigna. Al primer soplo de un viento algo más fresco esas prendas, que olían a humedad y naftalina, abandonaban su reclusión y volvían a ser útiles. Tal vez para recordar que antes había mejores calidades, o simplemente porque allí, en esa especie de paraíso, había cierto gusto por un feísmo refinado.

 

Irremediablemente los días de calor se iban quedando en el fondo de un cajón, sepultados por camisetas manga corta y bañadores. Desaparecían en aquella vorágine que algunos decidieron catalogar como rentrée. Se acercaba temerosa a la oscuridad de las tardes de invierno, al guarecerse bajo las mantas para ver una película y a ese cambiar el olor a pino caliente por el del café humeante en los atardeceres de las seis de la tarde. Volvía la nostalgia de las veces en que los verano parecían eternos y aquellos preludios de otoño se precipitaban sin que se diera cuenta, cuando la feria, con sus tiovivos y sus norias estaba irremediablemente cerca.