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Fernando Alonso Barahona

Razones para el Siglo XXI

Fernando Alonso Barahona (Madrid, noviembre 1961). Abogado y escritor. Jurado de premios nacionales de literatura y teatro. Colaborador en numerosas revistas de cine y pensamiento así como en obras colectivas. Ha publicado 40 libros. Biografías de cine (Charlton Heston, John Wayne, Cecil B De Mille, Anthony Mann, Rafael Gil...) , ensayos (Antropología del cine, Historia del terror a través del cine, Políticamente incorrecto...) historia (Perón o el espíritu del pueblo, McCarthy o la historia ignorada del cine, La derecha del siglo XXI...), novela (La restauración, Círculo de mujeres, Retrato de ella...) poesía (El rapto de la diosa) y teatro (Tres poemas de mujer).

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Geometría sentimental. Teoría general del amor

La manifestación amorosa muestra la intimidad radical de un ser humano; lo que sucede es que éste es lo suficientemente complejo como para provocar contradicciones.

Hoy me he enterado de que Soledad se fue ayer de Madrid para una ausencia de varios días. He tenido al punto la sensación de que Madrid se quedaba vacío y como exangüe.

 

Ahora noto hasta que punto mi amor a Soledad irradiaba sobre toda la ciudad y toda mi vida en ella. Ahora advierto que aun las cosas más remotas, que menos parecían tener que ver con Soledad, habían adquirido una cualidad suplementaria en relación con ella, y que esa cualidad era para mí lo decisivo
Los mismos atributos geométricos, topográficos, de Madrid han perdido vigencia. Y es que hasta la geometría sólo es real cuando es sentimental.

 

José Ortega y Gasset

 

El texto de Ortega es una narración, casi parece la página azarosa de una novela: “Hoy me he enterado de que Soledad se fue ayer de Madrid”, es decir, nos encontramos ante un acontecimiento que ha cambiado el curso habitual de la vida personal de quien está narrando los hechos, y sus observaciones nos sumergen de lleno en el análisis antropológico.

 

“Madrid sigue igual, con sus mismas plazas y calles (...) sin embargo, todo eso parece haberse vaciado de sí mismo y conservar solo so exterior, su careta (..) Los mismos atributos geométricos, topográficos, de Madrid, han perdido toda su vigencia”. En esta descripción asistimos a la presentación circunstancial de las realidades, en este caso la ciudad; Madrid, aunque sea la misma, circunstancialmente no lo es, porque Soledad se ha marchado y ha dejado vacía, con su marcha, una porción considerable de la realidad concreta.



Las conclusiones son de gran importancia:

 

a) Yo no soy yo sin la circunstancia, ni ella es tal sin mí. La circunstancia afecta, por tanto, a la realidad estrictamente personal.

 

b) Los elementos de la circunstancia pueden resultar unos privilegiados sobre los otros, hasta el punto de cambiar, incluso la relación física del espacio y del tiempo. El centro era la casa de Soledad y la periferia todos aquellos sitios donde Soledad nunca aparecía.

 

c) Nuestra visión de la realidad es esencialmente perspectivista. De la mujer concreta, soledad, no depende la realidad Madrid, pero en la narración de mi vida personal sí supone un ingrediente trascendental.

 

Ortega continúa escribiendo: “La ciudad donde se que está ahora, ayer indiferente, comienza a adquirir el más sugestivo modelado. Es un esquema cuyas líneas comenzasen a palpitar(...) todo, en fin, parece trastocar su ordenación e irse articulando en el sentido y bajo el influjo del nuevo centro geométrico de atracción sentimental”.

 

El amor no supone la fusión de dos personas; cada una continua siendo quien es, lo que se produce, en expresión de Julián Marías, es una “comunicación de las circunstancias”, o, lo que es lo mismo, “el enamoramiento consiste en que la persona de la cual estoy enamorado se convierte en mi proyecto”. En definitiva: mi proyecto la incluye.

 

El enamorado, señala Ortega, es el prototipo del erotismo, y se caracteriza por contener dos ingredientes:

 

a.    Sentirse encantado por el otro.

b.    Sentirse absorbido hasta la raíz por el otro.

 

En suma, sería no un querer entregarse, sino un entregarse sin querer.

 

Ortega lanza una idea sugestiva y discutible: “Podemos hallar en el amor el síntoma más decisivo de lo que una persona es (...). Con frecuencia oímos decir que las mujeres inteligentes se enamoran de hombres tontos, y viceversa, de mujeres necias los hombres agudos. Yo confieso que, aun  habiéndolo oído muchas veces, no lo he creído nunca”.

 

La manifestación amorosa muestra la intimidad radical de un ser humano; lo que sucede es que éste es lo suficientemente complejo como para provocar contradicciones, una de ellas que el hombre inteligente y bondadoso se enamore de una mujer pérfida o estúpida. Y al contrario, naturalmente. En definitiva, interesa remarcar que la consideración orteguiana del amor, como un género literario, encuentra reflejo práctico en los numerosos estudios existentes sobre diversas formas de amor conectadas e integradas por parámetros artísticos: el amor cortés, el romanticismo, el realismo.

 

Para que el amor se produzca se requiere una serie de ingredientes, de requisitos necesarios para su cristalización. Ortega lo dibuja con bellas palabras:



“Enamorarse es un talento maravilloso que algunas criaturas poseen, como el don de hacer versos, como el espíritu de sacrificio, como la inspiración melódica, como la valentía  personal, como el saber mandar (..) Muy pocos pueden ser amantes y muy pocos amados”.

 

Condiciones de percepción

Son imprescindibles para saber ver a la persona amada no sólo ver, sino reconocer en ella a quién se andaba buscando. Giorg Simmel, siguiendo a Nietzsche, había escrito que la esencia de la vida consiste en anhelar más vida, Ortega nos recuerda que, para percibir, es necesario una previa curiosidad: hay que ser, en una palabra, vitalmente curioso de humanidad.

 

Condiciones de emoción

Una vez hemos sido capaces de ver, necesitamos sentir la emoción precisa para que esa emoción pueda conmover, es decir, conectando con lo anterior; lo percibido ha de ser capaz de alterar nuestro sistema de atenciones.

 

Pfander definiría, en este sentido, el amor como un acto centrífugo del alma que va hacia el objeto, en flujo constante, y lo envuelve en cálida corroboración, uniéndonos a él y afirmando ejecutivamente su ser.

 

Condiciones de constitución

Son las que definen nuestro ser y las que darán impulso fuerte y duradero a lo que previamente se ha percibido y ha causado emoción. Ortega considera que el amor, aunque nada tenga de operación intelectual, se parece al razonamiento en que no nace en seco, sino que tiene su fuente psíquica en las calidades del objeto amado. El pensamiento –anotaba Leibniz- piensa una cosa porque ve que el objeto es amable y además no comprende que los demás no lo amen (origen de los celos).

 

C.S. Lewis, uno de los más inteligentes autores ingleses del siglo XX escribió, en su ensayo The four loves, una sugestiva descripción de los caracteres y relaciones entre las diversas manifestaciones del amor, y distingue: el afecto, la amistad, el Eros y la caridad.

 

El afecto es un sentimiento que sirve de base a todos los demás, pero es el más simple; podemos sentir afecto por cosas, por animales y por personas: el afecto acerca dos realidades diferentes y abre el camino para ulteriores desarrollos en la relación. La amistad tiene ya unos caracteres plenamente humanos y su relación con el Eros es, a la vez, fecunda y problemática. Para C.s. Lewis la coexistencia de amistad y Eros también puede ayudar a ver que la amistad es, en realidad, un amor.

 

El amor humano, ¿es un proceso inalterable basado en una naturaleza humana permanente o es, acaso, una invención humana? Ortega dirá, incluso, aun a sabiendas de la porción de error que la frase contiene, que el amor es un género literario.

 

La geometría sentimental, por tanto, se ocupa de la condición amorosa, integrándola en una visión perspectivista y circunstancial, como si se tratara de la descripción figurativa y geométrica de nuestros centros vitales y personales cuando entran en relación con los de otro. ¿Qué sucedería si ese proyecto, de repente, desapareciera?

 

Cuando yo estaba seguro de que iba a hallar en algún punto a Soledad, un camino largo hasta ella era para mí la más corta distancia, y en cambio un breve trecho recorrido sin esperanza de hallar a su cabo la suave piel mate de Soledad era una distancia interplanetaria.

 

Sería sin duda la desaparición total, dejar de amar es así dejar de vivir.

 

Amar entre versos y palabras, amar hasta desvanecer el sentido en toda su aguda geometría sentimental.