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Fernando Alonso Barahona

Razones para el Siglo XXI

Fernando Alonso Barahona (Madrid, noviembre 1961). Abogado y escritor. Jurado de premios nacionales de literatura y teatro. Colaborador en numerosas revistas de cine y pensamiento así como en obras colectivas. Ha publicado 40 libros. Biografías de cine (Charlton Heston, John Wayne, Cecil B De Mille, Anthony Mann, Rafael Gil...) , ensayos (Antropología del cine, Historia del terror a través del cine, Políticamente incorrecto...) historia (Perón o el espíritu del pueblo, McCarthy o la historia ignorada del cine, La derecha del siglo XXI...), novela (La restauración, Círculo de mujeres, Retrato de ella...) poesía (El rapto de la diosa) y teatro (Tres poemas de mujer).

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España

Un proyecto sugestivo de vida en común frente al desafío independentista.

Cataluña de Gaudí y Espriu, de Eugenio D'Ors y Jacinto Verdaguer, de Josep Pla y Francisco Cambó, de Pere Gimferrer. Cataluña española y universal del genio de Salvador Dalí. Cataluña más que nunca belleza original y propia de las Españas.

 

Julián Marías ha analizado en España inteligible (Razón histórica de las Españas) el origen, la gestación y el proyecto común de esa realidad histórica indubitable que es España. Siglos de historia y proyectos que no pueden quedar a merced de la interpretación de políticos mediocres, independentistas agresivos o simplemente aventureros del avatar político.

 

Hay diversos formas de ser español ya que la realidad es un mosaico de costumbres, tradiciones, creaciones literarias y argumentos originales, pero en contra de las dudas que parecen aquejar a ciertos líderes políticos no hay naciones –ni nunca las hubo– en el devenir histórico de España, la nación más antigua de Europa.

 

La España actual hunde sus raíces en la Hispania romana cuando aún esa españolidad era una forma de ciudadanía romana. La época visigótica va ahormando ese proyecto que se ve quebrado con la invasión musulmana que rompe el ser hispano pero a la vez servirá como elemento catalizador para su recuperación.

 

Aunque parezca una paradoja –advierte Marías- el factor capital de la Reconquista, el motor de restauración de una España cristiana –europea, occidental– es la España perdida súbita e inesperadamente por la irrupción islámica. La España perdida se convierte en empresa. La Reconquista es múltiple, se hace desde todos los puntos territoriales que quedan libres del dominio musulmán, desde Asturias, Vasconia, Navarra, el Alto Aragón, la Cataluña pirenaica. Lo esencial fue su unidad proyectiva. La España que permanece cristiana después de la invasión del 711 hace de esa condición su proyecto histórico. La españolización de Castilla -continúa Marías- es el primer paso hacia la nacionalización, hacia la invención de esa nueva forma de convivencia histórica que es la nación. No ha habido ninguna nación antes de España. Y en este escenario la Gramática de Nebrija resulta decisiva en la fijación del idioma español, núcleo y vehículo de la unidad, la expansión y la modernidad. En vísperas de la unidad nacional en 1492, la situación de los reinos de Castilla y Aragón (que abarcaban la mayor parte de España) es lamentable: muy baja demografía, crisis económica provocada sobre todo por la caída en las relaciones comerciales, lucha enconada entre  Cataluña y el rey Juan II de Aragón. Todo ello conducía a una creciente desmoralización, una profunda negatividad, luchas y recelos entre las distintas partes enfrentadas. 

 

Ni en Aragón ni en Castilla había solución que se pudiera vislumbrar a corto plazo. Sin embargo muy pocos años después España unificada, se convierte en primera potencia de Europa y del mundo. ¿Cómo pudo acontecer semejante milagro político e histórico? La unidad y el proyecto común se revelaron fundamentales. No había en verdad solución castellana, ni solución aragonesa, ni catalana. Solo había solución española y el reto del tiempo y de su circunstancia  era encontrarla.

  
El desafío de esa imposible Cataluña independiente requiere una respuesta intelectual y cultural. ¿A qué llamamos España desde hace más de cinco siglos y aún antes en los tiempos de la monarquía visigótica? Julián Marías se lo pregunta en España inteligible y reflexiona aplicando los instrumentos intelectuales de la razón histórica: 
 
“Se parte de una realidad, la España presente, la sociedad en la que vive el que pregunta. Nos preguntamos qué es España mirando la realidad que nos envuelve, en la cual estamos hechos , que empieza en el pasado y nos remite al horizonte de nuestro porvenir, al mañana de los proyectos”.
 

Lo que los Reyes Católicos parieron juntos fue una nueva realidad, la nación española. Desde entonces no habrá más poder que el real, es decir, el del Estado. Es una empresa nueva la que arrastra a las poblaciones de toda España hacia algo que siempre habían buscado y nunca verdaderamente logrado. El argumento de toda la España medieval había sido la decisión de restablecer su condición cristiana y eliminar el dominio musulmán. Ahora el mundo se abría por momentos ante los asombrados ojos de los monarcas y de los españoles: la expansión europea, el descubrimiento del Nuevo Mundo. De repente las fronteras se habían ensanchado y los reinos de las Españas antes divididos ahora se proyectaban en una única dirección. Los problemas no habían desaparecido, desde luego, pero desde el nuevo punto de vista de la unidad se contemplaban de un modo bien diferente.

 

Manuel García Morente sostenía que la imagen intuitiva que mejor simboliza la esencia de la hispanidad es la figura del caballero cristiano. “La nación —la hispanidad— no es ni raza, ni sangre, ni territorio, ni idioma; es estilo, simbolizado por el caballero cristiano”. Morente lo describe con atributos de  paladín, grandeza, arrojo, altivez, intuición, personalidad, honorabilidad, desprecio de la muerte, religiosidad y sed de eternidad. Ramiro de Maeztu (Defensa de la Hispanidad) abundará en este concepto.

 

Visión espiritual del cristianismo, ansia de hispanidad. Como escribiera con verbo bello Rubén Darío:

 

Mientras el mundo alienta

Mientras haya una América oculta que encontrar                                                       vivirá España

   

El navegante y conquistador Alonso de Ojeda en 1509 resumió de forma admirable el espíritu de la Hispanidad. Pudo haber dicho a los indios que los hidalgos leoneses eran de una raza superior pero lo que les dijo fue simplemente: “Dios nuestro Señor creo el cielo y la tierra, un hombre y una mujer de los cuales vosotros, yo y todos descendemos”.

  

Cuando se examina la constitución ideal de España, el elemento moral que en ella se descubre como sirviendo de cimiento, es el estoicismo. Y aquí cabe recordar a Menéndez Pelayo: Donde no se conserva piadosamente la herencia del pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original.

 

La patria es un patrimonio espiritual: arte, idioma, literatura, tradiciones, hazañas. Todo ello hace de cada patria un tesoro de valor universal cuya custodia corresponde a un pueblo. Y la riqueza profunda de España fue capaz de  crear tres de los máximos arquetipos occidentales: Don Quijote, Don Juan, la Celestina. Tan solo Fausto, Hamlet o Raskolnikov les han igualado.

 

Ortega y Gasset refunde los esquemas del pensamiento a la altura del tiempo  en 1914 con unas palabras que resuenan extrañamente actuales:

 

No creemos que sea una vanidad la resolución de dedicar buena porción de nuestras energías —cuyos estrechos límites nos son harto conocidos— a impedir que los españoles futuros se encuentren, como nosotros, con una nación volatilizada. Por otra parte, no nos sentimos de temperamento fatalista: al contrario, pensamos que los pueblos renacen y se constituyen cuando tienen de ello la indómita voluntad. Todavía más: cuando una parte de ese pueblo se niega reciamente a fenecer. El brillo histórico, la supremacía, acaso dependan de factores extraños al querer. Pero ahora no se trata de semejantes ornamentos. Nuestra preocupación nacional es incompatible con cualquier nacionalismo. Nos avergonzaría desear una España imperante, tanto como no querer imperiosamente una España en buena salud, nada más que una España vertebrada y en pie.

 

La España una no nace así como una intuición de algo real, sino como un ideal esquema de algo realizable, un proyecto de voluntades, un mañana imaginario capaz de disciplinar el hoy y de orientarlo a la manera que el blanco atrae la  flecha. Si España quiere resucitar es preciso que se apodere de ella un formidable apetito de todas las perfecciones. Unamuno escribía  desde lo más hondo  No es la inteligencia sino la voluntad lo que hace el mundo.

 

El golpe de Estado planeado por sectores independentistas de Cataluña no solo desconoce la legalidad vigente (que ofrece los mecanismos jurídicos para cualquier cambio) sino un dislate histórico y cultural. La respuesta ha de de ser desde luego jurídica y activa al desafío del llamado referéndum de 1 de octubre, pero ello no bastaría. El escenario político, cultural y  social  ha sido abandonado en las últimas décadas. Se llega a aceptar la presencia residual del Estado en Cataluña, la subvención permanente con dinero público de todo el proceso o el hecho insólito en el mundo de que en un pedazo de España los ciudadanos no puedan escolarizar a sus hijos en el idioma oficial de España.

  

La recuperación de ese proyecto sugestivo de vida en común, de esa unidad de destino esencial que es España se antoja tarea ineludible para después del 1 de octubre. Y atañe a todos los que aman y sienten España.