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Reportaje 21

Lo bueno, si breve...

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Ritmos 21 reúne a una selección de escritores para que desgranen el término 'aforismo'.

Shakespeare escribió que “la brevedad es el alma del ingenio”; Cervantes que no hay razonamiento gustoso “si es largo” y Gracián que “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Es este último escritor a quien algunos estudiosos señalan como uno de los padres de la tradición literaria que ha desembocado en el aforismo contemporáneo, que la RAE define como “máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte”. Sin embargo, a la académica definición le falta un perejil, una pincelada final que la ofrece Eugenio d’Ors: “una síntesis vale por diez análisis”. Del intelectual barcelonés también se ha de tomar otra frase: “la razón es también una pasión”. Con todo esto -brevedad, razón y pasión- pueden cocinarse ya los párrafos siguientes dedicados al aforismo, ése género que, dicen, vive un nuevo renacimiento gracias a Twitter.

        

García-Máiquez: "Un aforismo mío es la cicatriz de una herida"

Sobre qué es, no hay unanimidad. Manuel Neila, poeta, aforista y director de la colección A la mínima, dedicada al género, de la editorial sevillana Renacimiento, ya lo advierte. “El término aforismo suele emplearse de manera vaga y equívoca”. A veces, “se confunde con los refranes o sentencias”, otras veces “se identifica con los escritos fragmentarios”. Una imprecisión, recuerda Neila, que también llega a los diccionarios. “Pero, ¿es lo mismo una máxima o una sentencia?”, se pregunta. “Estas confusiones no se reducen a una mera confusión de términos, porque cuando se confunden las palabras, lo más probable es que se confundan también las cosas”. Por su parte, Enrique García-Máiquez, poeta, crítico literario y autor del libro aforístico Palomas y Serpientes (Ed. Comares), define el aforismo, no sin un punto de sorna, como una mezcla de “pereza y precisión”. Para el filósofo Greogorio Luri, autor de Aforismos que nunca contaré a mis hijos (Ed. La Isla de Siltolá), son el maridaje entre “la economía de palabras” y “el derroche del sentido”. Ramón Éder, uno de los aforistas imprescindibles de nuestro panorama, en la línea de Neila, se muestra escéptico en cuanto a la definición: “hay muchas, incluida la de la RAE, pero todas son insatisfactorias. Lo singular del aforismo es que no se deja definir”.

 

Preguntarse cómo surgen, es lograr también múltiples respuestas. No podría, por otro lado, ser de otra forma porque el aforismo comparte con la lírica esa dependencia de la inspiración. ¿Cómo surgen los aforismos? “Hay de todo -considera García-Máiquez- pero en regla general, un aforismo mío es la cicatriz de una herida”. Menos concreto, Éder cree que la mecha puede prender “al leer un libro, al tener una experiencia curiosa, al observar la vida cotidiana…”. Y aún menos concreto, Luri: “Hay días –tres o cuatro seguidos- en los que me andan revoloteando aforismos. Intento cazarlos al vuelo, porque son caprichosos y se mueven a su antojo”. Lo que parece claro es que, como afirma Éder, “lo importante a la hora de escribir aforismos es estar receptivo”.

 

        

Es llamativo el repentino repunte en la edición de libros aforísticos. “Hay un componente importante de capricho personal por parte de los editores”, apunta Neila. Porque se da por sentado que no se pone en marcha una colección de aforismos por su rentabilidad económica, a qué ponerla en marcha. “La edición de un libro o una colección de aforismos sólo se explica por una fe ciega en el libro, una confianza reiterada en la literatura, o mejor, en la probidad literaria”. ¿Y los lectores?. El director de A la mínima, colección que cumple ya seis años de existencia, se muestra convencido de que la colección aporta “una curiosa alianza entre tradición e innovación, de orden y aventura”. El buen aforismo es, precisamente, alianza, unión donosa de muchos elementos. “Un aforismo tiene que tener lucidez, agudeza y gracia”, opina Éder. Más lejos de esa visión, Luri afirma que “en realidad, el buen aforismo es el que mejor oculta que sólo es el esbozo de una idea y aparenta que es el resumen de un sistema”. Mas, aún con todo, claro queda que, como afirma García-Máiquez, un buen aforismo tiene que “ser necesario”.

        

"Lo singular del aforismo es que no se deja definir"

El aforismo, como la poesía, parece carecer de canon. Sin embargo, y al igual que la poesía, es un género que parece vivir una suerte de esplendor con las plataformas de microblogging como Twitter. Aunque tampoco en este renacimiento parece haber unanimidad. Máiquez cree que “como antídoto, sí” está renaciendo, mientras que Éder considera que, siendo un género “literario-filosófico” que viene de antiguo, “se ha acomodado bien a las nuevas tecnologías”. Aunque avisa: “un aforismo es lo contrario a un eslogan”. Sí que percibe esa suerte de vida nueva del género Manuel Neila, que, ofreciendo una razón para la incorporación de aforismos al catálogo de una editorial, remarca el “reciente auge del género, cifrado en un sorprendente número de autores, títulos y canales de difusión”, entre los que incluye Twitter.

        

En lo que, creo, sí habrá unanimidad es en que el aforismo, por su brevedad, por su concisión, es un género muy propio para nuestro tiempo, tan de píldoras. Sobre esto, Luri se muestra escéptico. “Los diálogos de Platón son un festín aforístico. ¿Y Cervantes, no es un filón? Posiblemente el mejor autor de aforismos español haya sido Antonio Pérez, sin olvidar al gran Baltasar Álamos de Barrientos. Pero nada más decir esto pienso en Gracián y en tantos otros…”. Tampoco Éder es taxativo: “el aforismo, sobre todo, se da en épocas caóticas en las que lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, como la nuestra”.

           

Basta. Como casi siempre en literatura, sucede que es mejor leerla. García-Máiquez, cuyo aforismo preferido es ese que dice “sed cándidos como palomas y astutos como serpientes”, parafrasea al príncipe de Lampedusa cuando se le pide que escoja a un aforista para este reportaje: “primero intentaría matar al monstruo -dicho sea con todos los respetos- que me hubiese hecho la propuesta; después, si no resultara, intentaría suicidarme, y si ni siquiera pudiera llegar a eso, pues bien, al final de todo elegiría a Joseph Joubert”. Y a uno que no quiso serlo, Carl Schmitt, escoge Luri, quien señala como uno de sus aforismos predilectos aquel que pudo leerse en una pancarta que llevaban unos obreros en una de las primeras manifestaciones libres que tuvieron lugar en Moscú tras la caída del Muro: “Proletarios de todo el mundo, perdonadnos”.