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Renato Salas Peña

Los ojos de Tiresias

Renato Salas Peña (Lima 1971). Se dedica a la Docencia universitaria. Ha publicado los poemarios: Desde El Colchón, Lima-Vitarte y Corsé.

Fundó el grupo cultural Cultivo-Arte.

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Exámenes vs. evaluaciones

TAGS Educación
Es paradójico que muchos profesores “constructores” con inclinaciones informáticas y googleros de profesión terminen encerrando su nota en el examen final.

Jamás olvidaré las tenebrosas mañanas en las que, apoyado en mis dos flacuchentas piernecitas, me acercaba a esa señora que con su mirada inquisidora me hacía recitar la tabla de multiplicar del 2 hasta la del 9, mientras su cigarro se consumía en humo azul y a cada error estampaba un manazo en mi cabeza con corte escolar. Hoy, es definitivo, que una profesora así sería quemada por una turba de padres encolerizados que la denunciarían por malas prácticas profesionales y pedirían al Ministerio que vea la forma de anular – o al menos, aligerar- cuánta tabla antipática de multiplicar se presente en las currículas escolares.

 

Sí, es un hecho que la Educación ha cambiado, y con esta también los procesos de evaluación, porque es demasiado estresante llamarle examen al examen y los estudiantes no pueden recibir en “números” un resultado porque este afectaría su autoestima, entonces mejor le colocamos una letrita que abarque un cúmulo de posibilidades que de cierta manera ayude al jovencito a escoger qué numerito le agrada más.

 

“Evaluamos, en fin, el sistema educativo para valorar la adecuación, la pertinencia y la eficacia de las políticas educativas que impulsamos. En suma, evaluamos para mejorar, no por rutina o por el mero gusto de evaluar”.  Este es más o menos el resumen a lo que llegó la Conferencia Iberoamericana de Ministros de Educación en torno a la Evaluación, pero saltando la mera burocracia (o sea, la de los que discute lo que será la Educación sin haberse parado jamás en un salón de clases) a dónde debería apuntar una correcta evaluación (a valorar el conocimiento, actitud y rendimiento de una persona o de un servicio) o deberíamos tal vez anular los exámenes que no miden en realidad si el estudiante ha logrado el objetivo o “competencia” y registrar más bien el proceso en el que este ha estado inmerso durante más de 50 horas por bimestre, y que no quede registrado simplemente a los 45 minutos que duran estas pruebas de resistencia.

 

Ya hace algunos años, se han dado una serie de movimientos que están en contra de los exámenes escolares, ya que estos representan de cierta forma, la insignia de la educación tradicional, la que Freyre en su libro Pedagogía del oprimido, llamaría educación bancaria y que es simplemente la de pasar la información del libro-cuaderno al papel del examen. Y sí, aún es paradójico que muchos profesores “constructores” con inclinaciones informáticas y googleros de profesión terminen encerrando su nota en el examen final y obvien todo un proceso en el cual, se supone, han plantado andamiajes de saberes.

 

Las posibilidades son muchas el día de hoy, las escuelas han cambiado, creo que positivamente algunos conceptos que hace 30 años eran tomados como la regla a seguir, pero aún algunos profesores, padres, directivos persisten en que un 20 es mejor que un 15 y este a la vez que un 12, y claro, 10 siempre será jalado. Creo que allí está el verdadero cambio, el lograr entender que esa nota (porque no hay otra forma de conceptualizar una nota) no dice quién es mejor, y mucho menos, quién es el peor, sino que intenta explicar de cierta forma el resultado de un proceso en el que todos hemos aprendido (porque si estuve 50 horas sentado en un curso, algo se aprendió) solo que en diferente magnitud e intensidad. La evaluación solo es eso, una simple cuestión de actitud.