• EL PROYECTO
  • NEWSLETTER
  • BUSCAR
    BUSCAR

Alejandro Gutiérrez Liarte

La cuarta pared

A patadas con la cuarta pared. Debemos atravesar esa fina barrera que nos separa de la pantalla y ser partícipes, en la medida de lo posible, del gran regalo que nos entrega todo aquel que dedica su vida al cine. Encontremos una nueva fórmula de interacción entre el cine, nuestra pasión, y nuestra vida.

Veterinario, jugador de rugby, y aficionado al cine y a las letras.

cerrar

Cómete el cine

Julie and Julia.

TAGS PelículasGastronomía
El cine ha recurrido a la cocina como una herramienta más a la hora de llegar a él, de conquistarle con un olor que no huele y un sabor que nunca probará.

Pasarelas Cibeles, cárcel de Yeserías,

Puente de los Franceses, tascas de Chamberí.

 

Son numerosas las referencias artísticas y culturales a nuestro modo de disfrutar la vida y a nuestra afición ineludible por los bares, la comida, los restaurantes y el modo de gozar tan puramente salvaje y primitivo que es el comer. Tascas de Chamberí, con estos versos las ponía aún más en el mapa Joaquín Sabina en su canción Yo me bajo en Atocha, y es que rara es la canción que habla de Madrid y no la describe de noche o desde detrás de una barra.

 

Tanto a nuestra querida ciudad como a nuestra querida cultura entendida como forma de vida, se han dedicado múltiples versos y distintas obras, cantos al ocio, a la diversión, y a la vida, que han ido moldeando la manera de ser de sus habitantes, ubicándolos en el elíseo del sibarita sencillo. Pero no olvidemos que todo este crepitar que envuelve a estos pintorescos lugares se basa fundamentalmente en su cocina, en su cocina rebuscada, en su cocina de postureo, en la sencilla, en la conceptual, en la casera, en la de autor, etc. No existe un arte tan profundo y tan noble, y a la vez tan poco reconocido como la cocina, la de siempre, que interprete de un modo semejante la conquista del alma a través de los sentidos más primigenios del hombre.



Ahora sí, centrándonos en nuestra materia, ha llegado el momento de decir que el cine, con su elegante cometido de plasmar la vida en la pantalla y de evadir al espectador del mundanal ruido, ha recurrido a la cocina como una herramienta más a la hora de llegar a él, de conquistarle con un olor que no huele y un sabor que nunca probará. Se habla constantemente de lo complicado que es que el cine pueda hacernos sentir tantas cosas y de manera tan intensa. Pero es aún más difícil conseguir plasmar en la pantalla acciones que el espectador no puede oír o ver, porque tiene que tocarlas, sentirlas, olerlas o probarlas. La magia del cine nos supera una vez más y consigue evocar de nuevo los sentimientos que deberíamos experimentar en las situaciones en las que nuestro protagonista se encuentra, en ocasiones, más intensas que en nuestra propia vida real.

 

Como en cada post que escribo, se me vienen a la cabeza miles de títulos que podría usar para referenciar mi verdad particular, pero como siempre, dejaré unos cuantos en el tintero para no sobrecargar en exceso este sencillo artículo sobre el cine y el (buen) comer. Ha sido frecuente utilizar la cocina como una herramienta para desarrollar un cine amable, sin grandes aspiraciones, alardes, ni acomplejados dramas detrás. Es completamente lícito que el cine recurra a las ciencias y artes populares para tratar de hacer sentir cómodo al espectador y conducirlo dócilmente de telón a telón sin sobresaltos en el encefalograma. Aun así, he tratado de acercar a esta ventana algunos títulos que, por su trascendencia o calidad merecen una especial valoración, a pesar de no estar (casi) ninguno de ellos en el olimpo del cine. Y digo casi, porque el filme que estrena mi listado roza la perfección en cada uno de sus compases, dibujando una evidente película amable, pero cargada de significado, moraleja, belleza, y un poco de coaching. Se trata de la inconfundible Ratatouille, de la que ya hablamos en el post anterior, por lo que no me detendré más en ella, aunque me cueste.

 

Julie and Julia es una de esas películas que consiguió superar la barrera de la comedia simple, empleando para ello un gran tándem entre Amy Adams y Meryl Streep. Si bien la carga interpretativa de Meryl Streep podría haber sido más potente, dadas las infinitas cualidades de la actriz por antonomasia, su papel queda reducido a casi una refinada señora Doubtfire, que carga con el peso cómico de la cinta. Así, el drama y el legado quedan en manos de Amy Adams, que logra estar muy a la altura para acabar redondeando una película bonita, seria, y sobre todo, con mucha cocina.

 

Si seguimos avanzando hacia el punto más desenfadado que la cocina ocupa en el cine, nos encontramos de camino Sin reservas, otra amable película protagonizada por Catherine Zeta-Jones y su ficticia sobrina, la siempre genial Abigail Breslin, que aun estando genial no alcanza, evidentemente ni de lejos, el soberbio papel de Little Miss Sunshine. Es curioso ver como el toque “profesional” de la película lo aporta el tercero en discordia, el guaperas Aaron Eckhart, que no para de cocinar en ningún momento para tratar de ligarse a la siesa de Catherine, más centrada en cuidar de su sobrina y en ver si los manteles están bien planchados. No obstante, y a pesar de los tópicos recurrentes, acaba siendo una película divertida, amable y muy liviana, de domingo por la tarde.



Finalmente, en nuestro breve paseo por esta temática nos detenemos en Chef (no confundir con El chef), otro filme de corte clásico, en cierto modo de tópicos, pero que consigue conjuntar algunos elementos que hacen de ésta una película diferente, una película de sábado noche, no de hora de la siesta. Chef narra la historia de un jefe de cocina, que agobiado por las exigencias histriónicas del dueño del restaurante, decide dar un portazo a su vida y empezar de nuevo, en compañía de su hijo, su mejor amigo y su exmujer, poniendo en marcha desde cero un negocio culinario ciertamente alternativo. Y es precisamente el devenir de la película lo que va haciendo diferente a esta historia, es el toque macarra de nuestro protagonista Jon Favreau, actuando bajo sus propias órdenes, es su incomprendida idea de volver a empezar haciendo sándwiches cubanos en un food truck, y es también el impecable y radiante papel de Sofía Vergara como su exmujer. Pudiendo ser una película tópica, Chef rompe algunos moldes que nos hacen adorarla, y sin conseguir rayar la calidad necesaria para clasificarla en un escalón superior, si podemos decir que es una película diferente, que nos traslada y nos evoca nuevas sensaciones, y que es valiente con el desarrollo de una historia, nunca mejor dicho, bien cocinada.

 

Acabamos alabando de nuevo no sólo las virtudes del séptimo arte, sino su potencialidad y sus posibilidades. Hasta ahora, todas nuestras historias traspasaban la pantalla a través de nuestros sentimientos, los olores y sabores de las cocinas de nuestros cines subían desde nuestro estómago en una ficticia sensación que nos empujaba a salir de la sala y entrar en un restaurante, o a innovar con unas esferificaciones en el cocido del domingo. Ay de aquel que logre que el cine rompa una barrera más y nos consiga hacer sentir, de verdad, el olor y el sabor.