Fernando Alonso Barahona

Razones para el Siglo XXI

Fernando Alonso Barahona (Madrid, noviembre 1961). Abogado y escritor. Jurado de premios nacionales de literatura y teatro. Colaborador en numerosas revistas de cine y pensamiento así como en obras colectivas. Ha publicado 40 libros. Biografías de cine (Charlton Heston, John Wayne, Cecil B De Mille, Anthony Mann, Rafael Gil...) , ensayos (Antropología del cine, Historia del terror a través del cine, Políticamente incorrecto...) historia (Perón o el espíritu del pueblo, McCarthy o la historia ignorada del cine, La derecha del siglo XXI...), novela (La restauración, Círculo de mujeres, Retrato de ella...) poesía (El rapto de la diosa) y teatro (Tres poemas de mujer).

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Eduardo Rosales, en el recuerdo

'La muerte de Lucrecia' (1871). Eduardo Rosales

'La muerte de Lucrecia' (1871). Eduardo Rosales

Foto: Museo del Prado

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A propósito de los trabajos de Luis Rubio Gil.

“Tan feliz éxito me ha vuelto a traer en mientes, con más vehemencia que nunca, la ejecución de mi favorito proyecto, esto es el Testamento de Isabel; esta idea constituye mi más delicioso sueño”.

 

Descubrir la obra del pintor Rosales, visitar el Museo del Prado donde puedes admirar sus cuadros. Sin duda, una atractiva aproximación que debe mucho al experto Luis Rubio Gil.

       

Tuve el privilegio de conocer a Luis Rubio Gil en 1997 durante los preparativos para la gran exposición de homenaje a Rafael Gil, director de cine. Con la inestimable iniciativa e impulso de Rafael Gil hijo, Luis Rubio ejerció de comisario de la exposición que triunfó en Madrid en 1998 y recorrió después numerosos lugares de la geografía española. Fruto de aquel esfuerzo fue el extenso catálogo: Rafael Gil, director de cine, que recoge un ensayo escrito por mí sobre el autor de La calle sin sol, Una mujer cualquiera, El fantasma y doña Juanita, El clavo, La señora de Fátima, La guerra de Dios o Camarote de lujo.

 

Luis Rubio es experto en arte y pintura, sobre todo en Eduardo Rosales, el artista madrileño de quien se ha convertido –sin duda– en el primer especialista internacional sobre su vida y su obra. Bucear en los trabajos de Rubio supone adentrarse en el fascinante mundo pictórico de este artista  que con tan solo 37 años de vida ha logrado crear un mundo propio de colorido, atracción y belleza. El pintor bautiza una bella calle del Madrid clásico y que hunde sus raíces en la más pura tradición de la capital.

 

Eduardo Rosales Gallinas (Madrid, 1836 - 1873) vivió una infancia triste con gran escasez de recursos. Desde niño sufrió dolencias pulmonares. Estudió en las madrileñas Escuelas Pias de San Antón, en el Instituto de San Isidro y en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. A los 19 años, un vómito le avisó de la tuberculosis que le acompañará de por vida. A los 20 años ya había perdido a sus padres. Tuvo un hermano, Ramón, con el que siempre mantuvo un fuerte lazo fraterno y de él recibió las primeras ayudas económicas para hacer realidad su sueño de ser pintor.

 

Roma, el comienzo de todo

   

Roma para Rosales fue un auténtico viaje iniciático. En la pintura y en el arte, pero también en el amor y en la vida. Gozó y padeció amores decepcionantes e imposibles. Su primer amor juvenil lo vivió con Teresa López. Después llegó la pasión por una mujer casada, Carlota Giuliani. Por último, su matrimonio con Maximina Martínez Blanci, con quien se casó por poderes en 1868. Un año más tarde nació su hija Eloísa. La dulce mirada de la esposa quedó reflejada en el maravilloso retrato que se conserva de ella.

 

Rosales presentía tal vez una muerte joven y se volcó en el trabajo, en la pintura, en los cuadros que se iban convirtiendo en jirones de su propia existencia. En 1856, José de Madrazo le encargó el retrato de García Aznar (Conde de Aragón). A fines de ese año comenzó su colaboración en la obra de Rotondo sobre El Escorial. En 1857 iniciaría un nuevo y largo viaje que le llevó a tierras de Vitoria, Burdeos, Nimes, Génova, Pisa y Florencia, hasta que llegó en octubre a Roma, donde se instaló.

 

 

En 1859 obtuvo una pensión para estudiar pintura en el extranjero, y gracias a esta beca se formó en la Academia Española de Bellas Artes de Roma. En 1862 presentó en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid su obra La nena, que obtuvo mención honorífica ordinaria, y se le prorrogó la pensión por dos años.

 

En 1864, nuevamente en la Exposición de Bellas Artes, presentó el Testamento de Isabel la Católica, su primer gran cuadro, el más famoso y emblemático de entre los suyos, entre los que también destaca El Calabrés (Angelo) y Cabeza de estudio (Pascuccia). Hasta llegar al monumental y polémico La muerte de Lucrecia en 1871. Pintó a una Ofelia, herida por el desdén de Hamlet, o con un ramo de rosas, o en un boceto, sobre su muerte que nos impresiona por su poderío poético, por su modernidad.

 

La tragedia le golpeó meses después. En 1872 murió su hija Eloísa; marchó entonces a Murcia para regresar meses después a Madrid donde nacería Carlota, su segunda hija, el consuelo del duro golpe recibido que hirió su alma de dolor.

 

Pero el tiempo no se detuvo, la salud le consumía, hubo de rechazar varios puestos importantes que le fueron ofrecidos en los turbulentos meses de la Primera República. Ya agonizante recibió el nombramiento de director de la Academia Española de Bellas Artes, en Roma. Días después, 13 de septiembre de 1873, el artista murió a causa de la tuberculosis. Aún no había cumplido 37 años de edad.

 

 

Luis Rubio describe así su obra: “Impregnó sus cuadros con el nervio, la vivencia y la virilidad que hoy nos apasionan, nos admiran y nos obligan a amar su recuerdo y su presencia en cada pincelada. Con gran fidelidad a sí mismo pintó Rosales como sentía la pintura, sin atenerse a las clásicas normas academicistas, y desde el respeto a sus maestros, traspaso las barreras de su tiempo, poseyó un concepto del color que dimanaba de su intimidad poética y un admirable sentido de perfección en el dibujo”.

 

Eduardo Rosales, admirado años después por el gran Eugenio D, Ors (Mi salón de otoño, 1924) pinta y vive, transmite color, musicalidad y romanticismo a sus obras… Es inolvidable el magnífico desnudo femenino: Al salir del baño. Su modelo Nicolina, posa con naturalidad, en medio de una magistral sencillez de color que refleja la tersura de la carne.

 

En 1922 fue inaugurada en su homenaje, una gran estatua, esculpida por Mateo Inurria, en el paseo de la capital que lleva su nombre. En 1973, el Museo del Prado le dedicó la primera exposición antológica dedicada por esa importante institución a un pintor español del siglo XIX.

 

Acariciar la belleza de los cuadros de Eduardo Rosales supone hoy para el amante de las artes todo un festival de sensualidad y de luz. Merece la pena el descubrimiento.