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¿Más regulación para evitar ventas fraudulentas?

El caso Knoedler y el mercado del arte

La galería Knoedler investigada por el FBI por venta fraudulenta reavivó el debate sobre la regulación del mercado del arte.
El mercado del arte es llamativo. En la década de 1990 pasó de ser una pequeña comunidad con apenas importancia a convertirse en un mercado que hoy mueve más de 50.000 millones de dólares, gracias en gran medida las medidas autoreguladoras que el propio mercado a dispuesto. Los precios, la autenticidad y otras normas y prácticas han conseguido elevar el mercado del arte a unas cotas que jamás se pensaron, sobre todo, sin recurrir al gobierno de turno. Es como el cumplimiento de un sueño, tantas veces soñado, de un mercado libre y sin restricciones. Aunque de vez en cuando salten escándalos, como el de la Galería Knoedler que cerró a finales del año pasado a causa de la investigación del FBI por la venta de 18 cuadros presuntamente falsificados, con un precio estimado entre 10 y 20 millones de dólares
 
"Con los años, hemos esperado que hubiera algún tipo de investigación" sobre la circulación de obras presuntamente falsas, dijo Richard Grant, el director ejecutivo de la Fundación Diebenkorn en una entrevista concedida al New York Times el pasado mes de  diciembre. 
 
Jack Flam, de la Fundación Dedalus, arguye que ´hay una asimetría básica en el sistema. Por ejemplo usted puede decir que un Motherwell es auténtico, y yo no le puedo denunciar. En cambio si yo digo que es falso usted sí me puede denunciar a mí. Por ello considero que para atajar la falsificación de obras de arte se ha de cambiar la ley para permitir el debate abierto de expertos y académicos. Sin coraje, honestidad y comunicación abierta las falsificaciones seguirán contaminando el mercado y distorsionando la historia del arte.´
 
William Cohan (New York Times), propone tirar de calzador
 
Pero da igual que en Estados Unidos, por citar un ejemplo, se abriera una investigación federal para perseguir y retirar del mercado las falsificaciones, las dudas sobre la regulación del mercado del arte han perseguido, y perseguirán, a marchantes, galerías y artistas. Claro ejemplo de esta desconfianza es un artículo publicado por el escritor William Cohan en el New York Times, en el que aseguraba que “el marcado del arte no está regulado. Hay pocas reglas, que no sean las básicos del comercio y de la ética. No está la Junta de la Reserva Federal ni la Comisión de Bolsa y Valores "
 
La propuesta de Cohan, que pasa por ser uno de los más célebres articulistas económicos del New York Times, lejos de ser la que proponen otros preclaros hombres de arte, a saber: crear una agencia reguladora del mercado del arte, era algo así como meter con calzador a la Oficina de Protección al Consumidor Financiero de Estados Unidos - o los organismos similares que existen en los demás países - en el mercado de obras de arte. Sin embargo, Cohan no hizo ningún esfuerzo para demostrar cómo la supervisión de esas oficinas estatales puede beneficiar a la transparencia en el mercado.
 
De hecho, en principio no habría problemas prácticos, casi en ningún país de Europa ni en Estados Unidos (América Latina es otro cantar), para implantar esa regulación del mercado del arte que Cohan, y muchos otros, solicitan desde hace años. No habría problema porque las obras de arte no son fungibles y su valor es imposible de calcular, en contra de cualquier medida que se imponga a este respecto. 
 
“Adornar” las obras para justificar su precio
 
El problema del mercado del arte no es la falta de leyes, sino la actitud de muchos galeristas, marchantes y coleccionistas, que compran obras sin hacer preguntas acerca de su procedencia o autoría. Es importante que el del arte, es un mercado como otro cualquiera, en el que hay competencia y por lo tanto, una lucha entre empresas; un mercado en el que rige la ley de la oferta y la demanda, por lo que es normal que se den atribuciones agresivas, eludiendo la procedencia de la obra e incluso haciendo la vista gorda con descubrimientos demasiado buenos para ser ciertos. Esto no es algo nuevo. Por todos es conocido como a partir de 1912, el historiador del arte Bernard Berenson ayudó al marchante Joseph Duveen a vender obras maestros, propiedad de plutócratas estadounidenses, “embelleciendo” la atribución y procedencia de las obras, para así justificar el precio que se pedía por ellas. 
 
El galimatías de los intermediarios

Mucho ha llovido desde entonces y el mercado ha crecido exponencialmente, lo que implica de por sí, que haya muchas más personas involucradas en él. Por ejemplo, en el ya mentado caso contra la galería Knoedler y su responsable, Ann Freddman, acusados por el coleccionista francés Pierre Lagrange de venderle una obra falsa de Pollock por 17 millones de dólares, se convirtió en un galimatías legal por la gran cantidad de intermediarios que intervinieron en la compra.
 
En la venta fraudulenta sobraban intermediaros. Jaime Frankfurt y Taylor Timoteo actuaron como agentes y se pusieron en contacto con la Knoedler en nombre de Lagrange. La galería, por su parte, trataba con la marchante de Long Island, Glafira Rosales, quien supuestamente representaba al misterioso vendedor mejicano que poseía la obra.
 
Como decíamos, todo un galimatías de nombres que se cruzan. Quede claro que la existencia de intermediarios en las compras de arte no tiene porque ser malo per se, pero sí son un escollo a la hora de repartir responsabilidades cuando se ha cometido un delito; la cadena de personas involucradas en el caso de Lagrange parece haber creado una difusión de la responsabilidad.
 
Cualquier comprador serio en busca de un trabajo al más alto nivel de precios debe "saber con exactitud qué obras están ahí fuera, a quién pertenecen", dice el asesor de arte de Todd Levin, del Grupo de Arte Levin. Estas declaraciones hacen más que cuestionable la necesidad de intermediarios pues si uno se va a gasta más de 19 millones de dólares en una obra de arte, debería conocer la obra, su situación en el mercado, y más importante, la situación de esa obra dentro de la producción del autor.

Con intermediarios o sin ellos, está claro que el ímpetu de Lagrange en la compra, por 17 millones de dólares, de la supuesta obra de Pollock fue animada y reforzada por la Galería Knoedler, que usó el prestigio que le da tener más de 100 años de existencia y sus buenas relaciones con artistas de la Escuela de Nueva York, para cerrar el trato.

Existen también casos de honradez en el mercado del arte, como es el de Richard Feigen que abrió su primera galería hace más de 50 años y que tradicionalmente se ha dedicado al comercio de obras surrealistas y contemporáneas. Feigen vendió una obra Max Ernst, que resultó ser una de las 62 falsificaciones que realizó Wolfgang Beltracchi en Alemania. Cuando Feigen tuvo constancia del fraude, reembolsó automáticamente el dinero a su cliente.

El Estado de Nueva York está trabajando en varios proyectos de ley que obliguen a requerir garantías de autenticidad de una obra de arte (aunque ésta termina cuatro años a partir de la fecha de venta y no podrá ser prorrogada), una medida que debería ser suficiente para la correcta supervisión del mercado. 
 
En este sentido, las grandes galerías y salas de subastas que cuentan con grandes reservas financieras, tienen capacidad para seguir las obras que venden y controlarlas, garantizando así la viabilidad del mercado del arte y su transparencia.
 
Intereses y falta de medios: los expertos se retiran
 
Otro coladero que daña seriamente la autoregulación del mercado es la retirada, casi en tropel, de los académicos y expertos, encargados de elaborar catálogos fiables. Por ejemplo, estos académicos, temerosos de verse metidos en polémica, decidieron retirarse de la evaluación de un conjunto de dibujos de Francis Bacon. Los expertos están renunciando a tomar una postura pública sobre lo que es o no un trabajo legítimo, lo que pone de manifiesto la cantidad de intereses cruzados que existen en el mercado del arte.
 
Este retiro de los eruditos no sólo responde a intereses cruzados. Su causa  principal la hemos de situar en la retirada en muchos países - principalmente en Estados Unidos - de las becas y ayudas destinadas a elaborar esos catálogos de obras que garantizan la limpieza en el mercado del arte. Los expertos no tienen los medios suficientes como para mantenerse al día de los movimientos mercantiles y de vaivenes de precios. 
 
Sin embargo, este tipo de publicaciones siguen siendo vitales. Aunque Asher Edelman, un marchante de arte combativo y ex operador de Wall Street, dice tener constancia de la existencia de algunas pinturas auténticas de Pollock, pero que como oficialmente no consta en estos catálogos razonados, no pueden tocarse.
 
En última instancia, la mejor manera de proteger el mercado del arte y abordar la cuestión de la regulación,es salvaguardar la beca que haga viable la elaboración de estos catálogos razonados, una beca que es una prueba de la procedencia y rubrica de un mercado en expansión. A medida que el negocio del arte se sigue globalizando, su crecimiento depende de lo que estas ayudas y los eruditos que las emplean generen. Porque, al final, los expertos son los únicos que pueden orientar a los compradores de arte.
Álvaro Petit

Álvaro Petit

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