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Regina Navarro

El jardín del microcuento

Regina Navarro es periodista, especializada en periodismo cultural y lifestyle. Colaboradora habitual de Papel –el dominical del diario El Mundo– o la revista de Artes Escénicas Godot, explora el mundo de la micro-literatura desde el blog El jardín del microcuento, con el que busca el lado ficticio de la realidad. ¿O era la realidad dentro de la ficción?

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A través de la oscuridad

TAGS Microcuento
Las luces se apagaron por completo y abrí las cortinas. Dentro se respiraba esa calma contagiosa, que es cálida y blanda al mismo tiempo.

Las luces empezaron a apagarse hasta que la ciudad quedó totalmente a oscuras. Ni si quiera las farolas proyectaban su cálido abrazo. Tu silueta se volvió negra y tu sombra se fundió con la pared, era complicado saber en qué punto exacto de la habitación te encontrabas. Yo estaba fuera, bajo tu ventana, aguardando un pequeño despiste que me permitiera abrir las cortinas y entrar. Ansiaba descubrirte durmiendo bajo las sábanas finas, observar tu cuerpo, acariciarlo incluso. Quería que mis manos recorrieran tu cuerpo, se ajustaran a tu cuello y apretar... hasta dejarlo sin aliento.

 

Llevaba observándote mucho tiempo. Tanto que conocía tu vida de memoria. Tu rutina... la rutina... esa que me permitía cumplir mis objetivos. Todas las tardes, después de salir del trabajo ibas al gimnasio. Permanecías allí una hora larga. A veces, cuando había una clase que te gustaba -suposiciones, pero no creo que muy alejadas de la realidad- te alargabas hasta dos horas. Luego ibas a casa y te duchabas. Lo sé porque llegabas a la habitación envuelta en un toalla que a veces era blanca y otras amarillo pálido. El pelo caía mojado sobre tu espalda y lo peinabas una y otra vez. Hacías cenas ligeras: un batido de verduras, ensalada, algo de pescado en lata... y un yogurt. Desnatado, al menos eso es lo que vi en tu basura.

 

Las luces se apagaron por completo y abrí las cortinas. Dentro se respiraba esa calma contagiosa, que es cálida y blanda al mismo tiempo. Esa calma que asusta. Me escurrí hacia tu dormitorio. Había un bulto en medio de la cama y me excité pensando en tu cuerpo. Quería destaparte y ver como se movía tu estómago con cada respiración. Pero un ruido en la cocina hizo que me asustara. Me pegué a la ventana y me escondí detrás de las cortinas creyendo que ahí estaría a salvo. Otro ruido. Otro más. Nunca los había escuchado mientras te espiaba.

 

Había descubierto que vivías sola y trabajabas mucho. No tenías pareja, solo un par de amigas que de cuando en cuando se dejaba caer por tu casa. Bebíais vino, os reíais estrepitosamente y alargabais la velada hasta más allá de la media noche. A veces se quedaban a dormir contigo. Me gustaba cuando pasaba eso, aunque también me sentía celoso por no ser yo el que compartía tu cama. Quizá hoy hubiera una de ellas contigo. No, era imposible. Estabas sola, lo había comprobado bien...

 

Me acerqué a tu cama y quité las sábanas. Debajo no encontré tu cuerpo, solo tu almohada. Decidí salir de la habitación y seguí los ruidos que me llevaron a un rincón que no se veía desde las ventanas. Era una especie de armario grande empotrado o una despensa. Asomé la cabeza y te vi. Estabas arrodillada junto a algo, parecías muy concentrada en la tarea. Así que me acerqué con cuidado, controlando que mi respiración no se agitara demasiado. Te toque el hombro derecho y...

 

Después solo recuerdo un dolor muy fuerte en el costado. Rápido en el pecho. En la pierna. En un brazo. Tu cara se había llenado de sangre, de la mía. Algunas gotas resbalaban de la comisura de tus labios y las manos las tenías de un rojo intenso. Blandías un cuchillo. Era nuevo, o al menos nunca lo utilizabas para cortar las verduras de tus cenas sanas. Era grande, demasiado.