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Lucas Benet

Acontecimiento y Verdad

Alain Badiou tiene una consideración de los únicos cuatro acontecimientos que son verdaderos. El amor, la ciencia, el arte y la política son el único marco de posibilidad en que ocurren acontecimientos. El saber sólo puede ser simbolizado, sino no cuenta como tal. Para Badiou estos cuatro acontecimientos son el embudo del saber. De lo que tratará este blog será de los acontecimientos verdaderos (desde mis más modestas fuerzas) que acontezcan y su actualidad en el panorama de la cultura humana y mundial. 

 

Lucas Benet (Madrid, 1991) es posgraduado en Filosofía por la Universidad Autónoma de Madrid. Sus intereses están en el ensayo, el relato y la estampa literaria. Es cinéfilo desde una temprana edad y aprendiz de diversas técnicas artísticas como son el grabado y la escultura. Actualmente investiga sobre la performatividad (el acto de decir transformando o asentando una realidad) y sobre la posible combinación del pensamiento fenomenológico (Husserl y otros) con la Teoría de Sistemas de Ludvig Von Bertalanffy.

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Sobre la sociedad posfactual y sus derivas

TAGS BrexitDonald Trump

La mentira, si es rodeada por la ignorancia, puede ser también un acto performativo. Es un acto performativo en la medida en que es posfactual: se modifica un hecho objetivo y se tiñe al antojo de una determinada línea de partido político. La política entonces nos crea necesidades, lo que da como resultado un uso determinado de la racionalidad de los individuos. Los individuos conforman entonces una masa lineal, plana y unidireccional que pernea cualquier discurso psíquico con tal de ser convencidos por una ideología concreta. La ideología es entonces el intento nefasto y siempre auto-referencial de la superación de la subjetividad y de incorporarse al destino de un pueblo. El pueblo, por lo tanto, es el marco desiderativo del sujeto que decide la política sobre un mundo cambiante.

 

El mundo está ahora mismo cerrado, desde el siglo XX y el ocaso del colonialismo, en una única pregunta: ¿qué queremos de la Humanidad? De momento estamos todos tratando de responder a esa pregunta y hay diferentes respuestas para ella. La contempladora y conservadora o la pragmática y progresista.

 

¿Conservadurismo o progresismo?

 

La contempladora es la pregunta metafísica y poética acerca de la realidad y la búsqueda de sus principios. La pragmática, en cambio, es más observadora y dinámica: trata de poner en relieve cuál es la realidad más conveniente y cuál es el punto de partida para la acción humana (de hecho, esto es lo más parecido a la actividad política actual: no sólo es respetable, sino aconsejable el asumir desde lo que hay el punto de inicio para la puesta en marcha de una transformación).

 

Estas dos vertientes para la misma pregunta es de lo que tratará el presente texto, y el objetivo es el de articular una reflexión que dé por sentado cuál es el actual panorama político global y si podemos comprenderlo en su totalidad como sistema único.

 

Para la política contempladora y conservadora, la realidad sólo puede decirse tal y como es, y no en lo que devendrá. Esto sugiere una visión estática en la que las cosas no cambian de por sí. Por lo general, esta visión nos trae una realidad distorsionada que comprende el Universo como un caos amorfo y caprichoso que se modifica por fuerzas externas al mismo. Bien, hasta el siglo XIX esta visión científica era posible de utilizar para el entendimiento de elementos aislados, inconexos y puros que sólo pueden comprenderse si el observador los desvincula del medio en que son posibles.

 

La política pragmatista es más reciente y comprensiva, y es la que lleva la izquierda. Esta política trata de cómo las totalidades complejas sí pueden entenderse como un Todo que según la interconexión de sus partes se configura y auto-regula desde dentro de sí mismo.

 

 

Esta visión más reciente (recordemos el pragmatismo de John Dewey) incluye a todos los elementos de un sistema dentro de una totalidad que será siempre más importante que la suma de sus partes. Bien, ahora con el espacio democrático abierto podemos asumir que es esta visión positiva y nada especulativa la más racional y la que deberíamos asumir si todos queremos incluirnos dentro de un mismo horizonte de libertad.

 

Pero no vayamos tan rápido; la visión pragmatista es tan sólo la base para posibles modificaciones de la realidad, una realidad que puede ser fácilmente teñida y distorsionada por argumentaciones conservadoras. Es decir, el pragmatismo es la condición de posibilidad para la apertura de mundos y realidades democráticas, pero no excluye la apertura a realidades totalitarias.

 

Dado que el espacio democrático nos incluye a todos como iguales y libres, sólo es este comprensible como sistema que se regula según sus partes en conexión y no según fuerzas externas que lo modifiquen al antojo de una conciencia superior y omnipotente.

 

Superada ahora la perogrullada de que la metafísica ha sido consumada, podemos asumir que es en la actividad del pensamiento como podemos percibir la situación real en la que vivimos. Pero esta actitud positiva y racional no siempre puede desprenderse de su dialéctica irracionalista, se trata del conservadurismo y de la nueva metafísica: el crédito ficticio.

 

Esta nueva metafísica del dinero es la que ha llevado a Donald Trump y a los líderes del brexit a prometer por encima de las condiciones reales y materiales sobre las que vivimos. La metafísica del dinero es entonces la esperanza de crematística por encima del suelo que sostiene nuestra vida; o dicho con otras palabras, de explotar sobremanera el mundo que nos ha visto nacer y que nos verá morir.

 

 

Luego, esta mortalidad de los individuos debe hacernos pensar que políticas conservadoras e intuitivas no son más que el estímulo del sueño del pueblo por imponerse a otros eternamente y de alcanzar una autonomía nacionalista no Humanista. Pero aquí debemos hacer un matiz: la política sí es activada por los sueños de los votantes, de lo contrario no habría política. Lo problemático de los sueños políticos es que ellos no pueden conformar los planes de actuación de los líderes y gobernantes, porque eso ya no es política, sino brujería. Y es exactamente lo que está ocurriendo con la falta de pragmatismo en donde está acabando la democracia: no hay una reflexión ulterior acerca de nuestra situación y por la tanto nos estamos dejando convencer por actitudes fascistas como la de Trump o nacionalistas como la de los líderes del brexit.

 

El sueño que deberíamos proponer ahora a estos líderes sería el de (I) afrontar la realidad sistémica en la que vivimos, (II) retornar a las raíces del pragmatismo y (III) hacer política desde la tierra hacia el mundo, y no al revés.

 

De lo contrario caemos en un sueño de supremacía sobre pueblos a los que la “democracia globalizada” considera culturas iguales y falseamos la utilidad de lo político con fines oscuros y posmodernos en los que la sociedad es vista como un escenario perfecto, ideal y eterno. Y no, por el contrario, como lo que es: relaciones biológicas que han generado una especie que se sabe sabiendo (y que es autoconsciente de sus propias limitaciones).

 

Por lo tanto, debemos comprender la realidad como una ficción sistémica (que no sistemática) que nos incluya a todos los seres humanos, de la mano del gobernante, en un mismo marco igualitario y libre de elección racional y significativo, en el que ya no haya mentiras ni sueños, sino más bien actos performativos en el que la democracia deliberativa nos envuelva en una misma verdad programada.

 

Y esta verdad no es otra que decir lo que se hace en la realidad y de hacer lo que se dice en ella. El fin entonces no es sólo la interpretación del mundo, es también la transformación del mismo con la palabra o el discurso como instrumento y la percepción sensorial como única y efectiva constatación de la verdad democrática.