• EL PROYECTO
  • NEWSLETTER
  • BUSCAR
    BUSCAR

Ángela P.

El ambigú

El ambigú es la colaboración de Ángela P. en Ritmos 21. Un lugar al que ir en los entreactos. Una pequeña muestra de su visión personal sobre los temas más variopintos.

Ángela escribe el blog Pero qué broma es ésta. Lectora voraz, es autora del libro Relatos al ácido. Aficionada al teatro, al cine y a la música, a veces se calza las zapatillas de correr para compensar sus excesos gastronómicos.

cerrar

Loa al libro (que no sólo a la lectura)

TAGS Día del LibroLibrosSector editorialLiteratura
Tantos libros y tan poco tiempo.

"A todo el personal del 84 de Charing Cross Road:

Mil gracias por su maravilloso volumen. Jamás he tenido un libro con todos los cantos dorados.  ¿Creerán ustedes que, además, me llegó justamente el día de mi cumpleaños?

Habría deseado que no hubieran sido ustedes tan excesivamente correctos dedicándomelo en un tarjetón adjunto, en lugar de escribir su dedicatoria en la guarda del propio libro. Pero ustedes son libreros, claro…, y se les nota: han temido que una dedicatoria manuscrita en el libro le hiciera perder valor…, cuando para su actual propietaria lo habría incrementado muchísimo".

 

84, Charing Cross Road. Helene Hanff.

 

Todo se resume en esto: tantos libros y tan poco tiempo. Tantos buenos títulos esperando a que terminemos con el anterior para poder hincarles el diente. Ser un lector múltiple, simultanearlos, puede parecer indicativo de falta de paciencia y de ganas de ir por la vida avasallando, pero personalmente lo considero una bendición.

 

Sin embargo, no se trata tan sólo de la gracia de que un libro nos enganche, nos conmueva, nos enseñe, nos entretenga o cualquiera de las mil cosas, todas ellas legítimas, que podemos buscar en él. Existen muchas satisfacciones accesorias, además de las evidentes, que es justo ensalzar.

 

Hace tiempo, alguien me habló del placer que le provocaba no sólo el hecho de leer un libro, sino la tenencia física del objeto. Tomarlo en la mano, contemplarlo, la promesa de horas de dicha y solaz. Entendí perfectamente lo que quería decir.

 

Veamos.

 

Abrir la puerta de una librería y permitir con indolencia que la mesita de los más vendidos atrape inmediatamente nuestra atención. Recorrer, después, con la mirada, con parsimonia, las estanterías. Detenernos en una determinada sección o autor. Rozar los lomos con la yema de los dedos. Abrir uno, ojearlo y hojearlo. Respirar el olor a libro nuevo.

Biblioteca del Rijksmuseum (Ámsterdam). Foto: Ángela P.



Entrar en una biblioteca y sentir que el mundo entero se abre, gratis, frente a nosotros. Vernos desbordados por tantos libros, tantas posibilidades, y tan poco tiempo; la paradoja de la elección. Hacer una preselección, luego una selección más ajustada y, finalmente, llevarnos en préstamo todos los que se nos permita. Con dolor, dejar el resto, susurrando un “volveré” desgarrado.

 

Sentir empatía inmediata con otro lector en el metro. Enamorarse de una persona al ver las estanterías de su casa. Igualmente, descartarla definitivamente, de manera absolutamente inmisericorde, porque está claro que aquello no puede funcionar de ninguna manera. Comentar en Internet un libro con cualquier amable desconocido. Intercambiar sugerencias. Leer lo que leen nuestros enemigos. Admirarlos o despreciarlos por ello.

 

Buscar un libro para regalar. Dar vueltas y vueltas, cavilando, repasando los que nos gustaron en su día; comparar nuestro gusto con el del agasajado. Finalmente, consultarlo con el paciente librero. Llevarnos, además, otro para nosotros.

 

Irritarnos cuando interrumpen nuestra lectura; cuando es esta nuestra parada; cuando es esta nuestra estación. Cuando las obligaciones, las responsabilidades, nos alejan de nuestro objetivo vital (a fin y al cabo, no le pedimos más a la vida) y nos obligan a buscar el marcapáginas y a suspender la lectura. Pasar por nuestras tareas en una suerte de compromiso, anhelando el momento en que todo se detenga de nuevo y podamos regresar a nuestro libro.

 

Que nos regalen un libro. Por sorpresa y a traición; primorosamente envuelto y elegido aun con más esmero. Buscar instintivamente el ticket de compra por si tenemos que cambiarlo. Demasiados libros y tan poco tiempo; como para desperdiciarlo en lecturas poco placenteras. Que, en cambio, nos regalen un libro y resulte que nos encante; que se convierta en uno de nuestros preferidos. Y asociarlo, para siempre, a la persona que lo compró para nosotros.

 

Inaugurar un fin de semana o unas vacaciones con la mochila o el Kindle a rebosar. Desayunar con un libro, tomar el aperitivo con un libro, holgar perezosamente a la hora de la siesta, siempre acompañados de un buen libro. Quedarse leyendo hasta la madrugada porque, después de todo, al día siguiente no hay que trabajar.

 

Leer un libro en un día. Sentirnos, al terminar, un poco fuera del mundo, embotados (y con un leve dolor de cabeza). Saber que lo razonable sería tomárnoslo con calma, dejar que repose. Ser incapaces, sin embargo, de reprimir el impulso de coger otro de la pila. Que el ansia nos inunde el pecho, nos suba por el esófago y se aloje en nuestra garganta. No poder desprendérnosla, deshacernos de ella, curarnos de esa fiebre, más que empezando otro.

 

Tantos libros y tan poco tiempo. Tantos libros y tan poca vida.